12 de junio de 2013

El Panza

     Le llamaban el Panza y era todo tripa, si se quiere, con una boca también para comer y ofender. En verano, se negaba a pasar calor e iba con la camisa desabrochada casi hasta el abdomen. Si eras alguien a quien conocía de primeras, te miraba con el ceño fruncido y con cara de fastidio, como albergando el vivo temor de que le ibas a irritar con ociosas y pesadas delicadezas. Para él, no había más que dos cosas importantes: comer y afectar hombría. Una mujer, en cambio, según su pensamiento, tenía otras dos únicas cosas a las que atender y de las que preocuparse: limpiar y callar.
     Era agricultor de toda la vida aunque su auténtica afición eran los banquetes. Comía como quien se aplica a un trabajo: echándole interés y horas. Su vozarrón siempre estaba al servicio del énfasis, sobre todo, sobre su propia valía. Él era, según su habitual jactancia, el hombre más rico y que menos esfuerzo hacía para vivir de toda la comarca. Algo de verdad había en ello pero las razones por las que eso era así no eran precisamente de las que honran a un hombre honesto aunque sobre ese asunto pediremos un esfuerzo de imaginación al lector y una disculpa por no ser más explícitos.
     Por sus venas, paseaba con frecuencia más alcohol del que su poco privilegiado cerebro podía asimilar y salía de los bares, muchas veces, forzado por un comité de hombres responsables después de llegar a las manos con alguien que contemporizaba mal con sus fanfarronadas.
     Para él, fuera del fútbol y los toros, la cultura era una porquería. Su esposa quiso que comprara un DVD para ver españoladas porque en la televisión siempre ponían las mismas. Pero cuando ella encendía el aparato, se quedaba frito en el sofá y roncaba tan fuerte que no le dejaba escuchar la película.
     Murió como vivió: sobrevalorando sus fuerzas. En la boda de una sobrina, encontró tan exquisita una botella de brandy que se bebió más de media. Cuando iba a levantarse para marcharse notó que las piernas no respondían.
     -¡Venga, hombre! ¿Aún no te has hartado? -dijo su mujer impaciente al ver que seguía sentado después de esperarle de pie diez minutos.
     -¡Espera, me cago en tu padre, que no puedo levantarme! -dijo él.
     Ella se asustó un poco y llamó a algunos de los presentes, que le cogieron de los brazos y le ayudaron a incorporarse. Él, cuando se vio de pie, quiso desembarazarse de las manos de los otros y dijo:
     -Vale, vale, ya estoy mejor.
     -¿De verdad? -dijo uno de los que le llevaban.
     -¡Qué sí, me cago en diez! -gritó él con su vozarrón jactancioso.
     Entonces se apartaron de él. Su esposa se cogió en ese momento a su brazo para salir junto a él pero, súbitamente, el Panza dio en descargar sobre la nuca de un cuñado que permanecía sentado todo lo que llevaba embuchando desde hacía dos horas y media.
     Lo último que vieron sus ojos fueron la expresión de espanto de su cuñado al revolverse; a continuación los cerró, atacado por un infarto fulminante, y se desplomó sobre el piso de la sala de fiestas.

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