8 de junio de 2013

El morro de cerdo

     -Quiero morro de cerdo.
     Estas fueron las palabras que pronunció en su eterno lecho de muerte el padre de Andrés un domingo por la mañana. Su esposa juntó las manos y exclamó:
     -¡Dios bendito, Victorino, todo lo que quieras! Ya que vida te queda poca, por lo menos, que des gusto a tu cuerpo.
     Pero Victorino no escuchaba estas agoreras palabras pues enseguida volvió a quedarse dormido como un tronco y a roncar estruendosamente.
     Andrés no se había casado por deseo de su exigente madre, que quería que le ayudara a cuidar de su padre, que estaba enfermo de muerte desde hacía nueve años. A esa hora estaba aún acostado porque se había pasado la noche, por mandato de su madre, vigilando el sueño de su padre para que no le dejara roncar y, de ese modo, pudiera ella dormir tranquila porque la noche anterior la había pasado despierta haciendo espiritismo con las amigas. Sin embargo, su madre entró en el dormitorio de su hijo y tras echarle una mirada de admiración por las formas que se insinuaban en la penumbra, le dijo:
     -Despierta, hijo, y ve a la carnicería y trae un morro de cerdo.
     Andrés medio dormido, pero como atormentado y lleno de horror, dijo:
     -No, por favor, necesito dormir, si no, moriré...
     -Hijo, es por tu padre, que quiere morro de cerdo -dijo su madre.
     -¡Por favor, no! ¡No puedo más...! -dijo Andrés con la débil exclamación de un hombre con la lengua dormida.
     Su madre, enfurecida, gritó:
     -¡Salta de la cama, mal hijo, y ve por un morro para tu pobre padre! Estoy segura de que vas a ir al astral bajo de los espíritus cuando mueras. Tienes diez minutos para asearte, vestirte y ponerte en camino a la carnicería. Si tardas y no quedan morros, ¿qué haremos, tontorrón?
     Andrés era incapaz de tener la conciencia tranquila si se salía un paso de la voluntad de su madre, de modo que hizo lo que ella le dijo y fue a la carnicería más cercana pero no quedaban morros. Consciente de la vital importancia que tenían en casa los asuntos relacionados con su padre, incluso los más triviales, recorrió toda la ciudad en busca de un morro y, al no hallarlo por ninguna parte, tanto horror tenía a su madre y a su intransigencia que fue al pueblo a pedirle a un porquero el morro de uno de sus cerdos.
     Los hombres del campo son serviciales y el porquero al que se lo pidió adelantó la matanza del cerdo seis meses solo por darle gusto a él y a la veleidad de su padre, enfermo de muerte, como hemos dicho. Mas, cuando volvió, que eran ya las nueve de la noche, su madre se le echó encima y, cogiéndole de los pelos, le gritó:
     -¡Descastado, bastardo...! ¿Dónde has estado? Seguro que con mujeres malas mientras tu padre echaba su último suspiro... -y se echó a llorar y a gemir estrepitosamente como enloquecida mientras dos vecinas la cogían y la intentaban calmar con citas de Allan Kardec.
     Andrés metió el morro en el frigorífico y se vistió el luto que guardaba desde hacía nueve años, dispuesto a pasar una noche más en vela para dar lustre y apariencia al velatorio de su padre. Su madre seguía llorando desconsolada pero, en lo hondo de su alma, estaba contenta de tener aún a su hijo porque, en sus planes ocultos, había decidido hacía mucho tiempo que ella no se quedaba sin un hombre en casa.

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