3 de junio de 2013

El mal pianista

     En el patio de butacas de una sala de conciertos, un hombre no cesaba de poner rictus de desagrado y de hacer sarcásticos gestos de consternación. Para ver si el vecino de asiento se reía con sus cosas y compartía su opinión sobre la actuación, volvió más de una vez su rostro hacia él pero, al verlo siempre arrobado y sonriente mirando hacia el escenario, le dijo:
     -¿No me diga que le gusta a usted el pianista?
     -Le comprendo, amigo -respondió el otro-. Este solista es pésimo en su arte y merece una crítica áspera desde el punto de vista técnico y, además, entiende el espíritu de la obra que interpreta bajo una perspectiva que se aleja de la sensibilidad habitual. No diré que, en su lugar, yo sería mucho más honrado y no actuaría de cara al público pues se me alcanzaría que, como pianista, poca utilidad tenía para los demás y no merecía la atención de nadie. Sé que su actitud puede calificarse de ególatra, en cierta manera, pues, a cambio de un protagonismo que no merece porque el trabajo que realiza no es útil para nadie, nos obliga a soportar su odiosa forma de interpretar a Chopin y a Beethoven. Admito todo eso pero para mí tiene más peso la admirable e insólita personalidad que quiere manifestarse tras ese sonido con que nos castiga, tan imperfecto para nuestro punto de vista pero en el que podemos ver el miedo, la inseguridad, el horror a no ser nadie para los demás, la desolación que se ha adueñado de su espíritu en la absoluta seguridad de que, para poder seguir viviendo, hay que luchar sin tregua por no ser uno más, por salir del círculo de los que no son nada para los demás, los hombres comunes, los que no son artistas célebres, los que tienen oscuros oficios que ejercen con imperfección, porque alguien ha imprimido en su mente la falacia absurda de que todos ellos están fuera del redil de los verdaderamente humanos. Muchos verían en él un cobarde y añadirían, con toda probabilidad, otros defectos a la forma en que imaginan su modo de ser pero yo no veo defecto alguno en este hombre, absolutamente ninguno porque los hombres no somos infinitas ejecuciones del mismo modelo sino seres únicos e irrepetibles que encuentran la felicidad únicamente cuando logran ser lo que en realidad son.
     El otro, absolutamente estupefacto por estas palabras, volvió su rostro al escenario y, mientras escuchaba la desastrosa ejecución de una pieza de Mozart, pensó que era un triste consuelo ese de ser perfecto solo como uno mismo y que, si, de pronto, en el mundo, se asentara la convicción moral de que ser uno mismo era perfecto, no habría manera de que sus perezosos empleados le obedecieran.

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