5 de junio de 2013

El largo razonamiento de una madre

     Pablo le pegó en la cabeza a su hermano pequeño porque le había metido, sin querer, un lápiz en el ojo. Su madre supo, entonces, que tenía que enseñar a Pablo el valor que debe tener, para un ser humano, la felicidad de los otros porque lo que le había mostrado aquel comportamiento permitía pronosticar, con un grado sumo de certeza, que el niño iba a convertirse, si no lo corregía antes, en un traidor. Y lo pensó así porque comprendió que, si había pegado a su hermano, no era por ánimo justiciero, pues no le había metido el lápiz en el ojo voluntaria sino accidentalmente, sino por envidia, pues no consentía que su hermano le hubiera podido hacer daño y él, en cambio, no a su hermano. Si sentía envidia de quien causaba sufrimiento era porque, para él, era un motivo de orgullo hacer sufrir a otra persona. Y una persona envidiosa que, además, siente incrementarse su autoestima cuando hace daño siempre hará algo en perjuicio de cada persona a la que envidie porque eso le hará superar su sentimiento de inferioridad con respecto a ella. Si Pablo reaccionaba ante la envidia haciendo daño a cada ser al que envidiaba, la gente con la que conviviría normalmente o tenía que carecer de cualquier motivo para ser envidiada por él, cosa imposible si Pablo iba a ser, como demostraba el suceso, un envidioso impenitente, o sería por necesidad envidiada en ocasiones por él y tendría que soportar sus ataques y agresiones. Pero en nuestro mundo es complicado ser tolerado si descubren que hacemos daño por envidia, por lo que Pablo no tendría más opción que acabar, con los años, camuflando el daño que hiciera a los demás haciendo que aparentara ser un acto de justicia y bondad. Cuando su cerebro aprendiera el arte del disimulo, con su envidia, su ansia de causar dolor y su falta de consideración por la gente con la que convivía, se convertiría en el más perfecto, acabado y dañino traidor y sus víctimas se acordarían de su madre y dirían cosas muy feas de ella. De modo que se acercó a Pablo y, sin pegarle ni reñirle, le sentó en sus rodillas y empezó diciendo:
     -Hijo mío, la felicidad de los demás forma parte de la tuya...

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