2 de junio de 2013

El hombre que temía a sus semejantes

A I. D.

     Todo es tan extraño en el Universo si se observa desde la perspectiva de un exiliado del país de la nada, que es lo que somos los seres humanos, que, cuando nos sentimos solos, aislados y olvidados de nuestros semejantes, hasta el más trivial y común de los objetos nos parece rodeado de un halo siniestro y hasta nuestra propia naturaleza se vuelve objeto de sospecha e inquietud. Hubo una vez un hombre que vivió una infancia terrible en un ambiente aparentemente convencional y dentro de la más tranquilizadora normalidad. Suele suceder que las tragedias humanas mayores no son bombas o terremotos que en un instante acaban de improviso con mil o cien mil vidas sino el horror que va sedimentando lentamente en un alma frágil el transcurso cotidiano de la vida. Este hombre, al que pusieron el nombre de Alberto, creció bajo la tutela de unos padres pragmáticos y autoritarios, reticentes a la expresión de emociones y preocupados por la opinión, en un lugar y un tiempo donde había una única manera posible de ser y comportarse y donde los seres humanos tenían un valor variable según estuvieran o no conformados con cada uno de los rasgos del ideal.
     Alberto era un niño dotado para la generosidad pero su felicidad la encontraba siempre lejos de las actividades de los demás niños que, como no comprendían su retraimiento, fomentaron en él una sombría y pertinaz actitud de autocrítica con sus crueles manifestaciones de desprecio. No es raro que quien tiene inclinaciones naturales muy distintas a los demás acabe contagiándose del desprecio que despierta en los otros dirigiéndolo sobre todo hacia sí mismo. En los años que siguieron a la niñez, edad donde se redescubre el mundo y la inseguridad hace zozobrar nuestro ánimo, Alberto se sumergió en un laberinto de dudas y terrores, de desesperadas incógnitas y amarga impotencia. Su mismo anhelo de libertad de la infancia le condujo, a lo largo de la adolescencia y durante toda su juventud, a la cautividad y el aislamiento que generan en el ánimo la perturbación del horror.
     A Alberto le despertaba una irreprimible angustia ese territorio desconocido y absolutamente extraño a nosotros que es el pensamiento de otro ser humano. Su imaginación excitable le hacía presentir profundos abismos de desprecio y odio tras las sosegadas palabras de un amigo o la mirada de un desconocido. Frecuentemente sentía incluso la ilusión de ser objeto del escarnio o agravio soterrado de un grupo de desalmados en situaciones en las que apenas había, en realidad, si acaso, una sosegada charla entre amigos. La vida en sociedad era para él tan inestable, peligrosa y siniestra como una tormenta en el mar a bordo de un velero. En el alma de cualquier otro ser humano no veía más que odio, frialdad y absoluto desencuentro. Pero era tanto el miedo que apresaba su espíritu que no sentía la tentación de volcar la ternura de su alma sobre otra persona. Sus únicas emociones eran el miedo, la indignación y la melancolía; jamás el amor llamaba a su puerta con verdadera fuerza, pues todos sus esfuerzos por superar la barrera que le separaba de otro ser se frustraban ante la magnitud de sus dudas e incertidumbres.
     Pero la experiencia de la muerte de su hermano, angustiosa y agotadora, transfiguró su ánimo. A sus casi cuarenta y cinco años, sintió lo breve de la vida, su habitual miedo a la conciencia de los otros se vio sustituido por otro mayor, el de no hacer partícipes a los demás de la suya propia antes de que la muerte le cerrara definitivamente las puertas al mundo. Se sintió, de improviso, tan capaz de menospreciar el valor de la opinión como valiente para decir a los otros con total claridad y sinceridad lo que sentía y pensaba. No había en su pecho un desprecio mayor que el que sentía hacia el flácido autoritarismo del espíritu gregario. La realidad, para él, empezó a iluminarse con las luces del conocimiento por obra de una inteligencia cada vez más agudizada. Ya no se sentía indefenso en ningún lugar ni ante nadie, su pensamiento había adquirido una penetración intelectual que le capacitaba para moverse en cualquier terreno social. Pero su espíritu aún se sentía encadenado, no conocía la luz verdadera, no se había desprendido de las ataduras del yo y sentía como una losa sobre su alma que nunca acababa de desterrar el sórdido influjo del interés, el prejuicio y la soledad.
     Entonces, conoció a una mujer que, desde el primer instante, ofreciéndole una dulce amistad, arrancó de su pecho la tiranía que la idea de propiedad ejerce sobre el espíritu. Esa mera amistad, sin el concurso de las relaciones sexuales, desprovista de todo interés, sin pacto de intercambio alguno, oasis de amor puro en un mundo idólatra y obsesionado con las cosas, fue el territorio donde al fin su alma halló la liberación. Compartir con aquel ser tan bello e insólito un mismo espacio de conciencia, le hizo vencer definitivamente su supersticioso temor hacia la humanidad. Tan gozoso le era impregnar sus sentimientos con su perfume de extrañeza como haberla convertido en parte indispensable y vital de su propia esencia pues, sin dejar de ser un enigmático objeto de asombro, participaba de un aura de intensa familiaridad que no encontraba en ningún otro ser. Y, mientras el mundo seguía debatiéndose, como en su lejana infancia, por hallar un modelo único de ser humano al que rendir culto incondicional, mientras, en cada esquina, brotaba un profeta deseoso de imponer su autoridad, Alberto y su bella amiga se entregaban a su relación sin etiquetas, donde lo importante era solo amarse y encontrar cada día nuevas razones para una felicidad cómplice.

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