7 de junio de 2013

El amor de los otros

     Juan tenía cáncer; no había curación posible. Durante toda su vida, había pensado que tenía que hacer cosas para que los demás sintieran afecto por él pero ahora, con la nueva perspectiva que adquiría su vida, se dio cuenta de que el afecto de los demás, aun en el más excesivo de los casos, no le compensaba una sola de sus renuncias a sus deberes consigo mismo. ¿Qué significaba lo que había en el corazón de otro, siempre envuelto en la tiniebla de la incertidumbre y la duda? ¿Para qué había derrochado tanto amor a su familia, tanta dedicación a sus conocidos, a la sociedad, a todas aquellas personas a las que dio algo alguna vez pero que ya nunca más volvió a ver? ¡Qué poco, se decía, importaba lo que ellos sintieran por él, en realidad! Ahora que iba a morir, nadie lloraría lo suficiente por él, nadie sentiría en la misma medida que él ese amargo y espantoso trance por el que estaba a punto de pasar.
     Un día estaba sentado en un parque, con el bastón en sus manos y se le aproximó un niño que llevaba la mochila del colegio. Era un niño descarado que le dijo con desparpajo:
     -Abuelo, tienes el pito postizo, eres más viejo que un mono...
     A continuación, se marchó corriendo y desapareció tras el seto que limitaba con la calle.
     En principio, Juan se sintió completamente indignado y al borde de la desesperación pero se le olvidó el enfado porque se puso a pensar, de repente, en dónde demonios estaba la felicidad de este mundo. ¿Se podía ser feliz siendo, como ese niño, un ser odioso para los demás? Ese niño aparentaba estar, al menos, muy contento. Lo estaba porque se había regalado a sí mismo una travesura; él mismo era su propia fuente de felicidad, no necesitaba que nadie aprobara su conducta, era la conducta que a él le hacía feliz y con eso bastaba.
     Hizo recuento entonces de cuántas cosas había dejado de hacer que habrían sido indispensables para otorgarse a sí mismo su propia felicidad, pues entendió, al fin, que nadie más que uno mismo podía hacerse feliz. Recordó el momento más delicioso de su vida, cuando se enamoró de una chica a la que, con el tiempo, acabó abandonando, atormentado por los celos y las dudas. Era la chica más hermosa que jamás conoció pero el alma de aquella mujer le parecía más bella todavía. Qué bondad, qué delicadeza, qué dulzura había en su carácter. No había vuelto a conocer a nadie tan digno de ser amado.
     Pudo, en ese momento, llenarse su pecho de aflicción y dejó que unas lágrimas le brotaran de súbito y empañaran sus ojos. No lloraba de dolor sino de la felicidad que sentía al comprender que, al menos una vez, su corazón había podido, en medio de los mil errores y malas interpretaciones de una relación complicada, darse a sí mismo el privilegio de amar a un ser tan bello y amarlo solo por su belleza, solo porque sentía que la virtud que había en ese ser era merecedora de un raudal infinito de afecto.
     La perdió buscando en ella un sentimiento semejante, cuando, en realidad, ese afecto que ella pudiera tenerle no añadía nada a su hermosura, a su asombrosa bondad, a su maravillosa ternura, prendas que hacían que amarla iluminara su vida con una resplandeciente esperanza. Además, toda la felicidad que estaba en manos de ella darle se la había concedido pues no se trataba sino de la generosidad que había tenido de aceptar su afecto, de dejarle que la amara.
     Intentó recuperarla de alguna manera colocando su nombre en los buscadores de internet. Puso anuncios en los periódicos e hizo otras locuras. No quería morir sin volver a sentir la felicidad de amar, de expresar su devoción incondicional por aquella mujer tan extraordinaria. Su corazón alcanzaría la dicha infinita solo por demostrarle ese afecto sin interés alguno aunque ella tuviera un marido celoso y varios nietos ya en la Universidad.
     El cáncer avanzaba con rapidez, le quedaba muy poco tiempo ya cuando ella apareció. La vio tan bella como cuando la conoció. Estuvo tan solo media hora junto a su cama. Escuchó las palabras de reverencia y adoración que él le dirigió cogiendo su mano y dejó que le besara su mejilla con la ternura de un niño en sus labios. Antes de marcharse, con los ojos húmedos, le dijo que ella también le quería y que estuviera tranquilo y feliz.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Gracias por su comentario