6 de junio de 2013

Dentro

     Carlos Henares tenía, desde su infancia, una amiga dotada de gran belleza física y, ante todo, de unas cualidades espirituales sobresalientes. Pero a Elena la consideraba tan familiar y tan propia que no pensaba en ella nunca como pareja. Lejos de eso, se dedicaba a seducir a mujeres en las que encontraba el estímulo de lo singular y desconocido. Pero, para su propia decepción, muy pronto su conquista empezaba a llenarle de tedio e insatisfacción. Y tanto la acosaba con todo tipo de exigencias, dudas y temores que la mujer acababa por abandonarlo, lo que le sumía en la más desesperante frustración.
     Su vida, por ello, era un camino de insatisfacción inacabable. Jamás hallaba descanso su búsqueda de la felicidad. Todo aquello que le seducía una vez acababa siendo insuficiente pasado un tiempo para un espíritu siempre ávido, siempre necesitado del placer de una recompensa. En medio de esta vida tan poco satisfactoria le sobrevino, en cierta ocasión, la extraña e intensa obsesión de que tenía una enfermedad grave e incurable que le iba a llevar a la muerte en muy poco tiempo. Un día sintió un dolor en el vientre. Muy preocupado durante unos días, acudió finalmente a un médico lleno de terror. El médico le indicó, tras ver la radiografía, que el dolor procedía en realidad de los músculos del abdomen y que no se debía más que al efecto de un esfuerzo brusco. Provisionalmente este diagnóstico le tranquilizó pero, andando los días, como su dolor continuaba, concibió la extrañísima sospecha de que el médico se había limitado a decirle una mentira piadosa y que, en realidad, tenía una enfermedad mortal para la que no había tratamiento posible.
     La angustia en que le sumieron estos pensamientos, en los que le hizo caer, sin apercibirse él de ello, la frustración de esa misma existencia gris y poco satisfactoria que llevaba ordinariamente, le hizo aislarse emocionalmente de sus conocidos y del resto del mundo. No contaba a nadie lo que le estaba ocurriendo; sentía que no obtendría de los demás más que un renovarse de las mentiras piadosas que intentarían consolarle y apaciguar su espíritu sin que la realidad que padecía cambiara nada. Solo había una luz de esperanza en su corazón y era que se calmara ese dolor del vientre o desapareciera porque, en ese momento, sus temores desaparecerían. Y eso fue lo que sucedió una semana después.
     Su bienestar regresó durante un par de días pero, al cabo de ellos, irrumpió en su mente el pensamiento más delirante que jamás había concebido su mente en estado consciente: que no porque su dolor hubiera cesado, dejaba de estar al borde de la muerte. Su obcecación había llegado al punto de continuar creyendo en una enfermedad imaginaria que nadie le había diagnosticado aún en ausencia total de síntomas.
     Como, en momentos de crisis, se recurre, cuando se tienen, a los amigos más íntimos, Carlos frecuentaba en este tiempo la compañía de Elena. Nunca le contaba lo que ocupaba su más hondo pensamiento pero sí comentaba con nostalgia los años de la infancia y la adolescencia junto a ella. Un día le explicó la vida infeliz y absurda que había llevado hasta allí y le expresó su desconcierto por sus continuados fracasos amorosos. Elena le dijo entonces:
     -Es que siempre estás buscando algo más fuera de ti y la felicidad no es eso; la felicidad la tenemos que encontrar dentro de nosotros, no fuera porque, si la buscamos fuera, cuando olvidamos la satisfacción pasajera que nos proporciona una novedad, volvemos a encontrarnos con el tedio que llevamos dentro y, si no nos ocupamos de él nunca, el mundo entero que nos dieran se nos antojaría poco.
     -Y según tú, ¿cómo sería la felicidad que se lleva dentro? -dijo Carlos.
     -Ay, Carlos -respondió Elena suspirando-, la felicidad que se lleva dentro necesita tan poco de las cosas del mundo que, apenas con un leve roce de la sombra de una ilusión, nuestro corazón ya rebosa de esperanza y alegría por toda la eternidad.
     Carlos reflexionó sobre estas palabras seriamente y se dio cuenta de que lo que tenía con las mujeres de su vida, trivial, corriente, obvio y frívolo, no soportaba confrontación con la palabra eternidad. Solo por una mujer era capaz de sentir algo intemporal, fuera de los sentidos, hondo y, en cierta manera, intenso y esa era Elena.
     Al día siguiente, se presentó en su casa y le dijo:
     -Elena, ya sé que no me amas como pareja pero somos amigos, nos amamos de una manera muy especial y yo te necesito en los últimos meses de mi vida. Necesito que actúes como mi pareja en el trayecto final de mi vida. Siento que nadie como tú puede darme la compañía que dé consuelo a mi alma en mi hora final en la Tierra. ¿Qué me dices a esto?
     Elena puso gesto de asombro y le dijo:
     -¿Vas a morirte?
     -Estoy convencido de que sí -dijo Carlos.
     -¿Convencido? ¿Pero es que no lo sabes seguro? -dijo Elena.
     Carlos se puso a reflexionar un instante y dijo:
     -La verdad, es tan solo una sospecha muy fuerte.
     -¿Pero es que tu médico no te lo puede confirmar o negar? ¿Qué enfermedad es la que tienes? -preguntó Elena.
     -En teoría, ninguna, Elena, eso es lo más terrible de todo... -dijo Carlos muy seriamente.
     -¿Cómo que ninguna? -dijo Elena, perpleja.
     Carlos, consciente de lo incongruente de las ideas que manifestaba a su amiga, se paró otra vez a reflexionar y dijo amargamente:
     -Solo cuento con la voz de mi interior para tener constancia de que va a ocurrir pero es suficiente para mí.
     -Carlos, ¿no será un truco para que salgamos juntos? No hace falta que hagas algo así, no me importa salir contigo...
     Carlos, al oír aquella declaración, sintió un súbito acceso de entusiasmo e, iluminado por la felicidad del momento, le dijo a su amiga:
     -Me haces el hombre más feliz de este mundo...
     En el trayecto de vuelta a su casa, sumergido en la alegría que le había proporcionado la respuesta de su amiga, comenzó a dudar seriamente de la obsesión que ocupaba su mente pero, para salir de una vez de toda incertidumbre, se presentó al día siguiente en la consulta de su médico y le pidió que le hablara claramente porque, aunque le doliera mucho saber que iba a morir, le interesaba vivamente el dato de cuánto tiempo le quedaba de vida. Finalmente, concluyó su solemne discurso diciendo:
     -Doctor, sea sincero, ¿voy a morir o no?
     -Sí -dijo el médico con sorna-. Si resiste lo suficiente, verá llegar el momento...

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