30 de junio de 2013

Las dificultades de la felicidad

     Para doña Amancia, la vida era un valle de lágrimas literalmente. El mero hecho de que fuera deseada transformaba una cosa, a sus ojos, en un fenómeno insólito, casi contrario a las leyes de la naturaleza. La felicidad era, para doña Amancia, una ambición a contrapelo de la realidad. Siempre había algo o alguien que la volvía improbable o extremadamente difícil de alcanzar. Por eso, su mayor temor era toparse con un contratiempo o caer víctima de las contingencias porque para ella no existía un azar propiamente dicho; lo que sucedía sin estar previsto tendía a caer más veces del lado de la desgracia que del de la fortuna. Una religión como la católica, cuyo negro pesimismo se gestó en una oscura época de hambre, enfermedades y guerras, no podía menos de tener un gran predicamento en la asustada alma de doña Amancia, que vivía entregada al suplicio de la culpa y el temor al infierno.
     Pero su temor a la culpa la volvía cascarrabias porque, cada vez que le pasaba algo malo, acusaba a los demás de ser, directa o indirectamente, gestores de su daño o bien los agobiaba con quejas, rociadas en lágrimas, de no ser lo suficientemente bien protegida y cuidada por su familia. Y todo esto lo hacía por no quedarse ella con la culpa pues casi llegaba a darse cuenta de que no había nadie o nada tan responsable de sus infelicidades como ella misma pero, para la culpa, como para todo lo que la hacía infeliz, no había solución y su acto reflejo, indefectiblemente, era tirársela a sus semejantes como si fuera una sabandija asquerosa que le caminara por la mano.
     Durante veinte años, amargó a sus familiares, más aún que amargada estaba ella misma, quejándose de un dolor de cabeza que le acudía a las tres de la madrugada, ni un minuto más ni un minuto menos y le duraba hasta las tres cincuenta y cinco exactas. Gracias a nuevos fármacos con efecto retardado, consiguió liberarse de su dolor pero, muchos años después, aún programaba el despertador, a veces, para comprobar si seguía funcionando la medicina.
     Su vida fue un sufrimiento constante en cierta manera, no solo para ella sino también, y ante todo, para quienes tenía alrededor pero vivió, hasta cierto punto, satisfecha porque, y esto a fin de cuentas era lo que más le importó siempre, la desgracia nunca le pilló por sorpresa con el consiguiente disgusto que se siente en un caso de esos.

25 de junio de 2013

La noche de San Juan

A Josi Bustamante

    Pedro era muy tímido y, a sus 20 años, aún no había salido con ninguna chica. Por la noche, como no salía mucho de casa, solía escuchar programas de radio en la cama mientras le llegaba el sueño. Un sábado, escuchando un espacio de ciencias ocultas, oyó, a una quiromante y echadora de cartas, afirmando que, la noche de San Juan, si te bañabas en el mar a la luz de la luna, tenías la visión del rostro de la persona más importante de tu vida. Faltaban dos días para la noche de San Juan y a Pedro le encantó la idea de poder contemplar el rostro de la mujer de su vida pero, como le daba vergüenza bañarse de noche por si le veía alguien y pensaba que estaba loco, decidió aprovisionarse de una botella de agua mineral llena de agua del mar y bañarse con ella tranquilamente en casa.
     Cuando llegó la noche esperada, entró en el cuarto de baño y, tras apagar la luz y abrir la ventana para que entrara el influjo de la luna, se echó el agua embotellada sobre la cabeza. Esperó a tener la visión pero pasaron muchos minutos y no aparecía ante sus ojos. La oscuridad que había en el cuarto de baño propició que tropezara con el borde de la bañera y diera con su cabeza contra el suelo. Debido al golpe, pequeños puntos de luz se le empezaron a aparecer ante los ojos. Fue a secarse delante del espejo y, al encender la luz para ver si se había hecho una herida, creyó ver durante unas décimas de segundo reflejándose en el cristal por detrás de él una chica con una sonrisa muy alegre y una expresión vivaracha. El corazón le dio un vuelco y se le erizó la piel; estremecido, miró hacia atrás pero no había nadie y salió del cuarto de baño aterrorizado e intentando dar una explicación lógica al suceso. Pero, cuando se desprendió del horror que le inspiraba aquel episodio, contemplaba, con ilusión, la posibilidad de que aquella visión fuera la de la persona especial que le reservaba el futuro. Le dio la impresión de que la aparición era de una mujer mayor que él, de unos veintiocho años, pero de rostro tan agraciado que cada vez que lo recordaba, sentía un estremecimiento de placer.
     Pedro era demasiado tímido. Tenía horribles problemas de personalidad y, cuando acabó su carrera en la universidad, con muy malas notas porque su insatisfactoria vida emocional no le dejaba centrarse en los estudios, tuvo que renunciar a ejercer su carrera porque le avergonzaba hablar ante unos alumnos y no se sentía preparado para convertirse en profesor. Hubo, por tanto, de quedarse en casa de sus padres, e ingresar de aprendiz en el garaje de su padre.
     Transcurrían los años y Pedro no se atrevía a buscar novia. Pasaba todo su tiempo libre entregándose a leer clásicos de la narrativa o libros de parapsicología puesto que su temor a los seres humanos lo aliviaba entrando en un mundo de fantasía, horripilante a veces pero donde su autoestima estaba más a salvo que ante la mirada de otra persona. El miedo se fue introduciendo en su corazón cada vez más. Temía que los clientes del garaje le hicieran preguntas complicadas porque se sentía un completo estúpido. Además, trabajar de mecánico, un oficio tan lleno de pequeñas contingencias donde nunca se sabía lo que podría esperarte tras desatornillar una tuerca le llenaba de ansiedad y no descansaba su espíritu más que al final de la jornada cuando volvía a casa y cogía un libro y buscaba en él la escusa para reflexionar sobre su papel en el mundo como ser humano que era, lo que le hacía olvidarse de la ansiedad de todo el día y le permitía resistir su dura existencia.
     Su juventud pasó sin que encontrara una persona en la que depositar su ternura. Recordaba muchas veces la visión de aquella noche de San Juan y no cedía a la resignación de acabar solo en la vida pero su mundo estaba cada vez más fuera de la realidad y no se sentía capaz de abrirse no ya al bello sexo sino a nadie de su entorno más inmediato. Su vida la entregaba a un silencio que le atormentaba porque sentía que su alma necesitaba salir del claustro de su pensamiento y mostrarse ante alguien que apreciara su valor y belleza pero su timidez y su perturbación le impedían hacerse entender por nadie.
     A los cuarenta y ocho años, tenía cientos de poemas y cuentos escritos, producto de sus largos años de incomunicación. Su más hondo deseo era que alguien leyera aquellas obras y descubriera el mundo que escondía su callado interior. Por eso, considerando que era su única oportunidad de conseguir la felicidad a la que estamos todos destinados, decidió atreverse a ir a la universidad y depositar sus manuscritos en manos de un profesor.
     El día elegido, se puso en marcha a la universidad, entró en el departamento de literatura contemporánea y vio en una mesa a una mujer joven, inclinada sobre un libro. Pedro dijo intentando ser atendido:
     -¿Es usted una profesora?
     Y, cuando ella levantó el rostro, toda una avalancha de reminiscencias impactó contra su corazón y creyó reconocer en aquella joven, que rondaría los veintiocho, a la mujer que vio en el espejo veintiocho años atrás.
     -Sí, soy profesora, ¿qué deseaba? -dijo la joven.
     Pedro intentó sobreponerse al estupor y dijo:
     -Soy un empleado de un taller pero desde siempre he escrito y tengo estudios superiores. Traigo los manuscritos de mis mejores obras porque quisiera que me las valoraran personas con criterio.
     -Bien, déjelos aquí y yo se los entregaré al catedrático.
     Pedro no dejaba, dentro de su timidez, de tener buena dosis de ironía y el valor que le transmitía la fantasía, con la que jugaba su pensamiento, de que su destino estaba unido al de aquella hermosísima joven le hizo responder.
     -Deje usted al catedrático con sus obras completas de Azorín y con su historia del verbo castellano en veinte volúmenes. Prefiero que los lean unos ojos tan bonitos como los suyos porque no son para mentes obtusas sino para corazones ligeros y desnudos. Si no es molestia, me gustaría que fuera usted quien los juzgara.
     La chica rió alegremente y respondió:
     -Le agradezco enormemente su atención y no dude de que los leeré detenidamente aunque a don Manuel Pérez tampoco le gusta mucho Azorín.
     Pedro volvió a casa con el corazón saltándole en el pecho. Lo más excelso de su alma, lo más escondido y exquisito, iba a serle revelado a la mujer más hermosa que había visto jamás, tan parecida a la que pudo ver durante unas milésimas de segundo hacía casi dos décadas y que no había podido olvidar desde entonces. Una fiebre de amor le comenzó a recorrer las venas. Se sentía, de pronto, tan valiente y decidido que, lejos de intentar abandonar lo antes posible las calles, como su pavor a los humanos le obligaba a hacer normalmente, las recorrió durante horas disfrutando de los rostros de la gente, de los escaparates y de todo lo que alcanzaba su vista.
     Un mes después, con su timidez ya casi superada y la sensación de que la iba a desarraigar de su vida, volvió al departamento donde vio a la joven y, esta vez, solo halló a un hombre con barba y chaqueta. Le preguntó por la chica y este le respondió que estaba de vacaciones porque iba a contraer nupcias.
     Pedro volvió a casa con un humor sombrío pero ya no tenía miedo, solo desilusión y rabia. Se acordó de lo que sucedió hacía veintiocho años, de su botella de agua para no ser considerado un loco, en lo que ahora  veía una cobardía repugnante, y con la decidida intención de no importarle un bledo la ridícula cosa que quisieran pensar de él, se fue a tomar un baño a la playa bajo la luz de la luna y a jurar ante el astro de los enamorados que no iba a morir solo.
     Volvía ya de hacer esto cuando escuchó un portazo en un portal y a un hombre gritando:
     -¡Cásate con quien te entienda, monada! ¡A freír espárragos!
     Pedro se detuvo para observar por curiosidad y vio que detrás de él, apareció milagrosamente la chica a la que había dejado los manuscritos que, con una expresión triste, se quedó mirando al otro hombre marcharse.
     Pedro se aproximó a ella y dijo con ironía:
     -Parece que no hay boda, ¿no?
     -Sí. Mejor así. Ese hombre es una rata... -respondió ella.
     -¿No me conoce? -dijo Pedro.
     Ella le miró a la cara más detenidamente y dijo:
     -¡Por favor...! ¡Sus obras son maravillosas! ¡No le había reconocido! Es usted una persona de un talento asombroso...
     Pedro no sintió en ese momento movimiento de vanidad alguna sino la euforia de haber podido entrar en el corazón de aquella mujer de la que estaba ya enamorado desde el mismo instante en que la vio.
     -¿En serio? -dijo y, cuando ella respondió que por supuesto, pregunto:- ¿Cuántos años tienes?
     -Veintiocho -respondió ella.
     -¿Cómo te llamas?
     -Diana -dijo ella.
     Entonces, Pedro dijo:
     -Diana, me lo has hecho pasar muy mal desde que naciste, me has tenido como en una botella pero al fin me has empezado a dar alegrías...

20 de junio de 2013

Los nuevos

     Cuando los inquilinos del quinto A llegaron con su equipaje en una sábana liada, con sus ropas andrajosas y con su pelo despeinado, una corriente de indignación sublevó a todo el edificio. Alguien, no se sabía quién exactamente, había averiguado que eran gitanos rumanos. Con aquella compañía, ya nadie se sentía seguro ni feliz. Habría robos, tráfico de drogas con el consiguiente tráfago de drogadictos y personas indeseables por el edificio y, lo que es peor, personas de una cultura extraña y maligna, ignorantes de las reglas de la convivencia perturbarían constantemente la armonía de la vida vecinal. No era posible hacer nada, tenían los mismos derechos que los restantes vecinos. Pero lo tendrían verdaderamente difícil en lo que a estos se refería. Así se pactó entre todos ellos: "A los nuevos, ni agua".
     La gente honrada sabe cuándo ha permitido lo suficiente que se perturbe su paz y se atropellen sus derechos. Pero la honradez, cuando se solivianta, adquiere un no sé qué de villana canallada. Muy pronto, hubo que mostrar, a los nuevos, el férreo cerrojo que encerraba en una sola facción adversaria a todos los restantes vecinos. Las miradas de desprecio incluso a los niños, la negación del saludo y la evitación de una excesiva proximidad física, actuaron muy pronto, a modo de indicios, para los nuevos, de que, para sus vecinos, no eran gente de bien, ese tipo de gente que tiene verdadera conciencia y vive para ayudar a los demás.
     Los del quinto B y C se encargaron del trabajo más sucio. "Nunca, nunca, se le abrirá la puerta a uno de ellos si podemos evitarlo", se propusieron, "Rumanía se ha equivocado si quiere traer aquí sus costumbres estrafalarias". Pero hay, en los sentimientos humanos, un impulso al bien, por encima del prejuicio, una capacidad para ver la verdad que esconde lo más vivamente real, oculta para nuestros sentidos, que están apegados al concepto, y es algo que, fundamentalmente, realiza el amor. De tal modo es esto así que ninguno de los peligros consabidos que implicaba la relación con los Rumanos tuvo fuerza suficiente en el corazón de José, un muchacho de diecisiete años del quinto B, para que no brotara y creciera, hasta rebosarle en el alma, una poderosa e irresistible pasión por la bellísima hija mayor de los nuevos. La verdad es que, desde que estaban en el piso, los nuevos parecían bastante aseados y nadie hubiera dicho que eran delincuentes rumanos y, en el rostro y la figura de la chica, resaltaba una hermosura tan delicada que José pasaba los días cavilando tristemente con el vivo anhelo de conquistarla.
     Pero, un día, su espíritu se vio ante la encrucijada en la que se decide cuál de los dos grandes caminos de  la vida elegir. Y fue porque durante la cena se escuchó el timbre de la puerta de su casa al mismo tiempo que un estrépito de voces nerviosas; su padre fue a mirar mientras su madre le decía:
     -No abras, que son los rumanos.
     -No, si no abro -dijo el padre-; voy a mirar nada más, a ver qué es ese jaleo que están armando los desgraciados.
     Al poco regresó el padre y dijo:
     -No sé qué será. Están el rumano y su mujer con cara de susto andando nerviosos de un lado para otro delante de la puerta.
     -Será alguna jugarreta de esa gente, son muy teatrales y les gusta hacer el payaso -dijo la madre riendo tranquilamente.
     Pero José, que esa tarde había sido el último en entrar en casa y había podido apercibirse de algo que probablemente desconocía el resto de su familia, fue presa súbita del estremecimiento e, intuyendo el motivo del nerviosismo de los padres de su dorado sueño, se levantó de la mesa, corrió en busca de la cuerda que guardaban en casa para los viajes al campo y, con la mayor de las celeridades, descorrió cerrojos, accionó el picaporte y dejó que su casa se abriera a un padre asustado que, cuando vio la cuerda en las manos de José, se la arrebató, la ató a un hierro de la escalera e intentó descender con ella por el hueco del ascensor, por el que había caído su hija. Pero su peso era excesivo y José se apercibió de que no tenía habilidad ni fuerza suficiente para lograrlo por lo que se prestó él a hacer el trabajo.
     Una vez sobre el techo del ascensor, ató el cuerpo de la niña, que estaba inconsciente, por debajo de las axilas y las personas que aguardaban arriba tiraron de la cuerda para hacerla ascender. Los "nuevos" fueron objeto de la atención de los vecinos durante las siguientes horas pues no solo les proporcionaron hielo para evitar la inflamación, sino también medios de transporte para ir al hospital, bocadillos para sustituir la cena e, incluso, la compañía de un ATS del cuarto B, que se encargó de hablar con el personal del centro y asesorarlos en todo lo que fuera menester.
     Este ATS fue quien dijo, al día siguiente, a los cautelosos vecinos que los nuevos no eran delincuentes rumanos sino la familia de un ingeniero ucraniano a la que les habían robado las maletas al llegar a España después de dejarlos en un descampado. Hubieron de ir caminando hasta el piso que habían comprado acarreando como pudieron, lo poco que les habían dejado los ladrones, que, al parecer, sí eran de nacionalidad rumana.
     Dos días después, por su propio pie, subió las escaleras la hermosa chica con la que soñaba José. Él estaba allí, a la puerta de su casa, observándola fascinado. El padre de la chica le dijo algo a ella al oído y ella se aproximó a José y le dio la mano sonriéndole. José le quiso dar además dos besos en las mejillas y ella se ruborizó y sus ojos adquirieron más hermosura todavía.
     -Me llamo José -dijo él entonces-. ¿Y tú?
     -Klara -respondió ella, comprendiendo, por los gestos, lo que José le preguntaba; y dijo algo en su idioma que José no entendió pero, entonces, ella le cogió de la mano y le condujo al comedor de su casa, donde sus padres tenían previsto invitarlo a cenar.

18 de junio de 2013

Especies irracionales

   Hay un animal que no está nunca satisfecho. Si consigue ahorrarse un trabajo por medio de una argucia, derrochará todo su tiempo en conseguir otro ardid que le ahorre más trabajo aún. Siempre está trabajando para evitarse trabajo y cada vez trabaja más. Para evitar trabajar en exceso, logra que parte de su manada trabaje el doble o el triple y coma mucho menos, por lo que, para que algunos trabajen lo suficientemente poco, hace falta que cada vez haya proporcionalmente más especímenes que trabajen cada vez más y coman cada vez menos.
     Otro tipo de animal que vive en su mismo hábitat, en cambio, es feliz desde que nace hasta que muere. No cree necesitar más que el alimento que cada día le proporciona la naturaleza, la compañía de sus congéneres y el aire y la luz para disfrutar del ocio y de su ininterrumpido júbilo. Sin embargo, la acción perversa de la primera especie, le está empezando a hacer difícil su subsistencia aunque no por ello deja de manifestar su alegría y olvidarse del mañana.
     El segundo animal del que hemos hablado son los pájaros, dichosas criaturas que viven bajo el cielo y el primero, los hombres modernos, esclavos, en su mayoría, de un absurdo menosprecio hacia todo el bien del que disfrutan.

16 de junio de 2013

El rayo verde

     Hay, en nuestras vidas, recodos siniestros que nos sacan súbitamente de la tranquilizadora atmósfera habitual y nos introducen de lleno en una horrenda pesadilla. Entonces, somos presas de una sobrecogida perplejidad pues ignorábamos que algo así pudiera sucedernos a nosotros o, ni siquiera, que tuviera cabida en el mundo que nos rodea. Nuestra necesidad de ser felices nunca sufre interrupción, por lo que un acontecimiento de ese tipo pone a prueba nuestra resistencia. El ser humano es una criatura increíblemente fuerte y puede hacer, aún en medio del sufrimiento, que la vida siga ofreciéndole su tributo de normalidad hasta el momento en que otro recodo le saque al fin de un tormento de cuya gravedad nunca se ha querido ser consciente para no sucumbir a la desesperación.
     Cuando llegué a la edad de 48 años, mis aspiraciones habían desembocado casi en la nada. Mi trabajo había dejado de resultarme estimulante, mi esposa, con tres hijos a los que atender, apenas me dedicaba el afecto que necesitaba, los amigos habían entrado en una fase vital de adocenado conformismo y pasividad que me contagiaba desesperanza y, como consecuencia de esto, una sed de novedad, que buscaba la excitación de lo extraño en experiencias intensas con el sabor de la aventura, me llevó a ser protagonista de conductas que condenarían las mentes con cierto grado de firmeza moral. Mi actitud cínica se agudizaba día a día de manera que muy pronto me hice odioso para la gente que me había querido hasta entonces y ganaba prestigio ante un círculo de seres que caminaban sobre el abismo sin importarles mucho el siguiente día. Un día de esos, con mi mente rebosando de sustancias tóxicas, llegue a hacer un gesto amenazante a mi esposa con el dorso de la mano y ella tomó la determinación de trasladarse, con todos mis hijos, a casa de sus padres y tramitar la separación.
     Es terrible lo profundamente que erosiona nuestros sentimientos el tráfago del tiempo. Mi esposa lo había sido todo para mí, la luz de mi esperanza, mi motor en la vida, pero, en aquellos momentos, su decisión apenas me afectó y la consideré incluso una buena ocasión para profundizar en mis actividades desordenadas pues la soledad en que me dejaba el resto de mi familia me permitía invitar a mi casa a los inquietantes amigos que había hecho en mi nueva vida de desenfreno y autodestrucción.
     Una noche, uno de mis amigos, que me admiraba especialmente porque tengo una profesión de cierto prestigio y tenía conmigo una actitud enfermizamente sumisa, esperó a que se marchara el resto de la pandilla para mostrarme, en la palma de la mano, un diminuto objeto prismático de color azul. Con una sonrisa maliciosa y cierta complacencia, me dijo:
     -Prueba esto. Te tritura el cerebro. Es lo más fascinante que puedes tomar en tu vida. Es una genialidad inventada en un laboratorio.
     Sin dudarlo, arrebaté de su mano la píldora y me la eché a la boca. Sospechaba que me haría daño, que algo ahí dentro de mi cabeza se resentiría de lo que había hecho pero, para mí, no existía el mañana, solo el hoy y el ahora, a los que me entregaba con una voluptuosidad irresponsable porque una euforia injustificada me hacía confiar en la ilimitada resistencia de mi organismo.
     Lo que sucedió el resto de aquella noche se ha perdido para mi memoria definitivamente. Tan solo recuerdo los primeros minutos después de tomar la droga, en los que una insoportable e intensa sensación de desencanto y absoluta tristeza estremeció lo más hondo de mi ser y deseé acabar con mi vida lo más pronto posible. Ignoro el motivo por el que no lo hice pues lo que siguió a esos primeros minutos ha desaparecido de mi conciencia. Lo siguiente que recuerdo es un rayo de sol hiriéndome en los ojos doloridos al despertar en plena calle, echado en un portal.
     No notaba más que un leve dolor de ojos y maldije al amigo que me había suministrado la droga puesto que tan mal efecto me había hecho. En el trabajo, logré disimular cierto malestar espiritual que me comenzó a afectar. Tenía la sensación de que algo inconmensurablemente inmenso que, paradójicamente, sentía en mi interior, estaba precipitándose e iba a caer pero nunca caía del todo, siempre la sensación se desvanecía antes de que el golpe contra el suelo hiciera estallar en mil pedazos los nervios de mi cabeza. Todo el día experimenté con reiteración desesperante ese desvarío pero lo peor estaba por suceder. Fue al salir del trabajo. Cuando vi la esfera apagada y roja del sol poniente sobre los edificios del final de la larga avenida, un presentimiento de lo que de más siniestro puede concebir la imaginación más perturbada, heló mis venas y anhelé que el sol no acabara nunca de ponerse. La noche cobró, ante mi sensibilidad perturbada y delirante, un significado tan espantoso que el miedo paralizaba mi voluntad pero era la visión de ese sol, moribundo y triste, lo que traía más inquietud y desazón a mi interior, era como si fuera no el fin de aquel día sino el de todos los días. Esa bola roja y apagada, de pronto, ya no la veían mis ojos como el objeto más familiar y esencial de mi vida sino como un frío e indolente ejecutor de mi final. Mis desordenadas impresiones mentales me hacían creer que el sol deseaba consumar no ya mi muerte física sino la espiritual. Fui absurdamente a mi casa a una enloquecida velocidad, no quería ver el último rayo desapareciendo tras el horizonte porque sentía que, si lo veía, mi alma caería, como caía él, en un precipicio y, acto seguido, mi conciencia naufragaría en la nada. Conduje mi coche a toda velocidad durante los diez kilómetros que distaban de mi casa a través de tierras de labor intentando con desesperada inquietud que el sol no se ocultara antes de que yo entrara en casa. Si lo hacía, estaba perdido, aquel ocaso se llevaría mi alma.
     Una vez dentro de casa, cerré todas las ventanas y encendí cuantas luces pude de casa. Atormentado pero más tranquilo, comencé a pasear de un lado a otro intentando poner en orden mis pensamientos. Pero no conseguía desprenderme de la sensación de terror en que me sumía mi fantasía de extinción y absorción en la nada. Lleno de pavor hacia todo lo que procediera de la calle, porque la noche ya reinaba en ella, no atendí a las insistentes llamadas a la puerta de mis amigos de la pandilla, que se marcharon lanzándome maldiciones, enfadados por mi negativa a abrirles y a darles dinero. Esa noche no concilié el sueño y, en el trabajo, al día siguiente, me fue casi imposible concentrarme. El miedo helaba mis venas cuando recordaba que, en unas horas, volvería el ocaso y mi alma se volvería a jugar su supervivencia. Ahora ya no me bastaba con llegar antes del anochecer a casa pues mi exigente fantasía me imponía ahora el deber de entrar en mi hogar antes de que el sol tocara sobre el horizonte. Una vez que cielo y tierra se tocaran en un punto, no habría ya esperanza para mí, mi alma entraría en un vórtice y mi mente quedaría despojada de conciencia. La más arbitraria veleidad dominaba mis creencias pero se asentaban en mi espíritu con la firmeza de una certeza.
     Conseguí ese día salvarme de mi quimérico final pero al día siguiente, nuevamente sin haber podido dormir gran cosa, mis temores se incrementaron. El ocaso, siempre el ocaso, atormentaba mi conciencia y su presencia en mi pensamiento llegaba a suponer una tortura, no ya por el horror que me producía la imagen sino por la insistencia reiterativa con que aparecía en mi mente. Tanto se repetía la idea del sol en su postura que adquirió en mi conciencia casi la consistencia de un cuerpo extraño y, a veces, yo mismo encontraba tan insólita la apariencia que había llegado a tener en mis adentros ese fenómeno celeste que me asombraba y experimentaba un amago de escepticismo que un miedo renovado frustraba. No importa lo inverosímil de un peligro para que no lo temamos; basta que no tengamos una razón en la vida para el valor para que cualquier quimera nos estremezca.
     Mi más anhelante deseo era salir de aquel suplicio pero no podía encontrar un remedio. Mi espíritu parecía definitivamente atrapado en su delirante obsesión sin apenas vislumbrar un horizonte distinto para sus pensamientos y sensaciones. Pero fuera del miedo, mi conciencia conservaba su lucidez y en el mero terreno de la razón, mi escepticismo era el suficiente como para determinarme a buscar la ayuda de un médico. La inmensa inquietud bajo la que contemplaba ahora todos los acontecimientos de mi vida, me hizo muy dura aquella visita al psiquiatra. Pensaba que sería objeto de las prácticas malévolas de un sádico deseoso de víctimas. Los medicamentos, en un principio, me permitieron, al fin, dormir lo suficiente como para que se interrumpiera la escalada de mi obsesión. Tras un descanso de diez horas, la primera idea que me apareció no fue el ocaso sino el alejamiento de mi esposa; una ola de amargo dolor me sacudió interiormente y, aunque temía que la había perdido para siempre, deseé recuperarla desde lo más profundo de mi ser.
     Fui a donde se había refugiado con mis hijos y, arrodillándome delante de ella, le supliqué perdón por lo que le había hecho sufrir. Le dije que la amaba tal y como la había amado cuando me enamoré de ella por primera vez, incluso más aún porque cada día aumentaba más mi amor. Le dije que, si la perdía, perdería mi alma y la esperanza se extinguiría en mi vida.
     Ella se mostró inflexible y me negó toda posibilidad de recuperarla. Sin embargo, he de decir que mi amor había despertado después de un letargo de años de rutina y ahora volvía a ser tan fuerte que no veía obstáculo alguno para él; cualquier abismo abierto entre ella y yo sabía que podía ser vencido por la inmensa intensidad a la que brillaba mi afecto. De pronto, me sentía tan enamorado de mi esposa que la vida me volvía a parecer excitante aun en su rutina más cotidiana puesto que mi alma volvía a tener un espejo fascinante en el que mirarse.
     Salí de la casa donde ahora vivía mi esposa con cierta inquietud pero, muy pronto, me dí cuenta de que el amor colmaba mis entrañas y eso era suficiente para que mi alma rebosara de esperanza. Se aproximaba el ocaso, entré en mi coche rápidamente al recordarlo, aceleré y conduje rápidamente hasta mi casa; aún no había tocado el sol en la montaña que daba al oeste. Pero iba a entrar corriendo en casa cuando mi corazón recordó a mi esposa, a mi dulce esposa, el tesoro más querido de mi pecho. Me di la vuelta y contemplé el sol poniéndose. Pensé en la novela de Verne, en ese rayo verde con que se despide el sol que solo ven los enamorados que han encontrado a su alma gemela. El temor ya no me sobrecogía ante aquel espectáculo colosal, el sol, con su brillo apagado, se sumergía lentamente detrás de la montaña. Y, cuando el último fragmento del disco desapareció, lo vi, vi el rayo verde y ya nunca más he perdido el goce de vivir.

12 de junio de 2013

El Panza

     Le llamaban el Panza y era todo tripa, si se quiere, con una boca también para comer y ofender. En verano, se negaba a pasar calor e iba con la camisa desabrochada casi hasta el abdomen. Si eras alguien a quien conocía de primeras, te miraba con el ceño fruncido y con cara de fastidio, como albergando el vivo temor de que le ibas a irritar con ociosas y pesadas delicadezas. Para él, no había más que dos cosas importantes: comer y afectar hombría. Una mujer, en cambio, según su pensamiento, tenía otras dos únicas cosas a las que atender y de las que preocuparse: limpiar y callar.
     Era agricultor de toda la vida aunque su auténtica afición eran los banquetes. Comía como quien se aplica a un trabajo: echándole interés y horas. Su vozarrón siempre estaba al servicio del énfasis, sobre todo, sobre su propia valía. Él era, según su habitual jactancia, el hombre más rico y que menos esfuerzo hacía para vivir de toda la comarca. Algo de verdad había en ello pero las razones por las que eso era así no eran precisamente de las que honran a un hombre honesto aunque sobre ese asunto pediremos un esfuerzo de imaginación al lector y una disculpa por no ser más explícitos.
     Por sus venas, paseaba con frecuencia más alcohol del que su poco privilegiado cerebro podía asimilar y salía de los bares, muchas veces, forzado por un comité de hombres responsables después de llegar a las manos con alguien que contemporizaba mal con sus fanfarronadas.
     Para él, fuera del fútbol y los toros, la cultura era una porquería. Su esposa quiso que comprara un DVD para ver españoladas porque en la televisión siempre ponían las mismas. Pero cuando ella encendía el aparato, se quedaba frito en el sofá y roncaba tan fuerte que no le dejaba escuchar la película.
     Murió como vivió: sobrevalorando sus fuerzas. En la boda de una sobrina, encontró tan exquisita una botella de brandy que se bebió más de media. Cuando iba a levantarse para marcharse notó que las piernas no respondían.
     -¡Venga, hombre! ¿Aún no te has hartado? -dijo su mujer impaciente al ver que seguía sentado después de esperarle de pie diez minutos.
     -¡Espera, me cago en tu padre, que no puedo levantarme! -dijo él.
     Ella se asustó un poco y llamó a algunos de los presentes, que le cogieron de los brazos y le ayudaron a incorporarse. Él, cuando se vio de pie, quiso desembarazarse de las manos de los otros y dijo:
     -Vale, vale, ya estoy mejor.
     -¿De verdad? -dijo uno de los que le llevaban.
     -¡Qué sí, me cago en diez! -gritó él con su vozarrón jactancioso.
     Entonces se apartaron de él. Su esposa se cogió en ese momento a su brazo para salir junto a él pero, súbitamente, el Panza dio en descargar sobre la nuca de un cuñado que permanecía sentado todo lo que llevaba embuchando desde hacía dos horas y media.
     Lo último que vieron sus ojos fueron la expresión de espanto de su cuñado al revolverse; a continuación los cerró, atacado por un infarto fulminante, y se desplomó sobre el piso de la sala de fiestas.

11 de junio de 2013

La inconsciencia de Salvador

     Salvador no entendía el motivo por el que su esposa deseaba separarse de él. Tampoco comprendía por qué sus dos hijos pequeños evitaban su presencia y le ponían malas caras. ¿No era él un buen esposo y padre? ¿No era tan buena persona como cabía esperar? Por eso, intentó convencer a su mujer de que lo que había ocurrido no tenía importancia; aquella discusión que había tenido con ella no pasaba de ser un incidente de lo más habitual en la vida de una pareja, a su entender, y considerarlo como motivo de separación era la más exagerada de las reacciones por parte de ella. Así se lo fue a decir a ella un día, desesperado ante la perspectiva de perder a su esposa a la que tanto necesitaba y quería.
     Pero su esposa le recibió con una hosquedad que le hacía una extraña a sus ojos. Salvador dijo entonces para dar inicio a su intento de reconciliación:
     -Marta, no te tomes las cosas tan a pecho. No hubo mala intención en lo que dije.
     -Me insultaste, Salvador, me llamaste imbécil lleno de furia. Me dejaste marcados los dedos en el brazo. Pero eso no es lo peor. Lo peor es que empujaste a tu hijo en medio de tu arrebato de ira. ¿A dónde quieres que lleguen tus actos de agresividad para empezar a creer justo que me los tome a pecho?
     Salvador estuvo una hora disculpándose consternado y tratando de que Marta recapacitara y se arrepintiera de su decisión. Cuando vio que eran inútiles todos sus intentos, con mucha tristeza, se marchó. Algunas lágrimas empañaron sus ojos cuando volvía al chalet familiar donde dormía y vivía provisionalmente desde que Marta le pidió que la dejara sola. Veía muy probable la posibilidad de que Marta no cambiara de opinión y la separación se llevara a cabo. Recordó la minucia por la que se había iniciado la discusión y la amargura que se siente ante toda fatalidad conmovió su pecho y le hizo llorar.
     Pero, en la madrugada, en medio de una atormentada búsqueda interior de una salida para sus sentimientos, rodando su pensamiento por obsesivos laberintos de dolor y desesperación, una nube de rencor cubrió su lucidez mental y, hecho un completo erial su alma, sin espacio para piedad alguna, algo en su interior crujió y bramó, demandando una venganza desproporcionada, vil y espantosa.
     Necesitamos una pausa en nuestras reflexiones o determinaciones para ver el reflejo que nos las muestra en su auténtica forma, no desfiguradas por la euforia del instante. Por eso, cuando Salvador se dispuso a acostarse para liberarse de sus sensaciones de dolor y rabia, tras darse una ducha fría y comer un poco, logró, de improviso, representarse en su interior la magnitud de la iniquidad que había poseído su espíritu unos minutos antes, comprendió hasta qué punto sus emociones estaban fuera del control de su voluntad y, lleno de horror a sí mismo, en un acto de lucidez y valentía poco comunes, tomó la determinación de pedir ayuda a un psicólogo.
     Muy pronto, en la primera cita con el terapeuta, fue consciente del reinado de despotismo y terror al que había sometido inconscientemente a su familia, vio, con claridad, hasta qué punto era desconcertante la indolencia a cuya luz había contemplado sus sucesivos actos de agresividad y violencia, y como era un hombre, en el fondo, bastante honrado, se propuso acabar para siempre con aquellas sombras que corrompían su alma. Al poco, una noche, con el corazón desbordado por unas emociones que no podía contener, afligido por la pérdida de su esposa y sus hijos, lloró desconsoladamente derramando un raudal de lágrimas pero, en su dolor, podía vislumbrar la presencia dulce de un significado que llenaba aquellas lágrimas de esperanza y era todo aquel sufrimiento cuya materialización había sido capaz de impedir.

8 de junio de 2013

El morro de cerdo

     -Quiero morro de cerdo.
     Estas fueron las palabras que pronunció en su eterno lecho de muerte el padre de Andrés un domingo por la mañana. Su esposa juntó las manos y exclamó:
     -¡Dios bendito, Victorino, todo lo que quieras! Ya que vida te queda poca, por lo menos, que des gusto a tu cuerpo.
     Pero Victorino no escuchaba estas agoreras palabras pues enseguida volvió a quedarse dormido como un tronco y a roncar estruendosamente.
     Andrés no se había casado por deseo de su exigente madre, que quería que le ayudara a cuidar de su padre, que estaba enfermo de muerte desde hacía nueve años. A esa hora estaba aún acostado porque se había pasado la noche, por mandato de su madre, vigilando el sueño de su padre para que no le dejara roncar y, de ese modo, pudiera ella dormir tranquila porque la noche anterior la había pasado despierta haciendo espiritismo con las amigas. Sin embargo, su madre entró en el dormitorio de su hijo y tras echarle una mirada de admiración por las formas que se insinuaban en la penumbra, le dijo:
     -Despierta, hijo, y ve a la carnicería y trae un morro de cerdo.
     Andrés medio dormido, pero como atormentado y lleno de horror, dijo:
     -No, por favor, necesito dormir, si no, moriré...
     -Hijo, es por tu padre, que quiere morro de cerdo -dijo su madre.
     -¡Por favor, no! ¡No puedo más...! -dijo Andrés con la débil exclamación de un hombre con la lengua dormida.
     Su madre, enfurecida, gritó:
     -¡Salta de la cama, mal hijo, y ve por un morro para tu pobre padre! Estoy segura de que vas a ir al astral bajo de los espíritus cuando mueras. Tienes diez minutos para asearte, vestirte y ponerte en camino a la carnicería. Si tardas y no quedan morros, ¿qué haremos, tontorrón?
     Andrés era incapaz de tener la conciencia tranquila si se salía un paso de la voluntad de su madre, de modo que hizo lo que ella le dijo y fue a la carnicería más cercana pero no quedaban morros. Consciente de la vital importancia que tenían en casa los asuntos relacionados con su padre, incluso los más triviales, recorrió toda la ciudad en busca de un morro y, al no hallarlo por ninguna parte, tanto horror tenía a su madre y a su intransigencia que fue al pueblo a pedirle a un porquero el morro de uno de sus cerdos.
     Los hombres del campo son serviciales y el porquero al que se lo pidió adelantó la matanza del cerdo seis meses solo por darle gusto a él y a la veleidad de su padre, enfermo de muerte, como hemos dicho. Mas, cuando volvió, que eran ya las nueve de la noche, su madre se le echó encima y, cogiéndole de los pelos, le gritó:
     -¡Descastado, bastardo...! ¿Dónde has estado? Seguro que con mujeres malas mientras tu padre echaba su último suspiro... -y se echó a llorar y a gemir estrepitosamente como enloquecida mientras dos vecinas la cogían y la intentaban calmar con citas de Allan Kardec.
     Andrés metió el morro en el frigorífico y se vistió el luto que guardaba desde hacía nueve años, dispuesto a pasar una noche más en vela para dar lustre y apariencia al velatorio de su padre. Su madre seguía llorando desconsolada pero, en lo hondo de su alma, estaba contenta de tener aún a su hijo porque, en sus planes ocultos, había decidido hacía mucho tiempo que ella no se quedaba sin un hombre en casa.

7 de junio de 2013

El amor de los otros

     Juan tenía cáncer; no había curación posible. Durante toda su vida, había pensado que tenía que hacer cosas para que los demás sintieran afecto por él pero ahora, con la nueva perspectiva que adquiría su vida, se dio cuenta de que el afecto de los demás, aun en el más excesivo de los casos, no le compensaba una sola de sus renuncias a sus deberes consigo mismo. ¿Qué significaba lo que había en el corazón de otro, siempre envuelto en la tiniebla de la incertidumbre y la duda? ¿Para qué había derrochado tanto amor a su familia, tanta dedicación a sus conocidos, a la sociedad, a todas aquellas personas a las que dio algo alguna vez pero que ya nunca más volvió a ver? ¡Qué poco, se decía, importaba lo que ellos sintieran por él, en realidad! Ahora que iba a morir, nadie lloraría lo suficiente por él, nadie sentiría en la misma medida que él ese amargo y espantoso trance por el que estaba a punto de pasar.
     Un día estaba sentado en un parque, con el bastón en sus manos y se le aproximó un niño que llevaba la mochila del colegio. Era un niño descarado que le dijo con desparpajo:
     -Abuelo, tienes el pito postizo, eres más viejo que un mono...
     A continuación, se marchó corriendo y desapareció tras el seto que limitaba con la calle.
     En principio, Juan se sintió completamente indignado y al borde de la desesperación pero se le olvidó el enfado porque se puso a pensar, de repente, en dónde demonios estaba la felicidad de este mundo. ¿Se podía ser feliz siendo, como ese niño, un ser odioso para los demás? Ese niño aparentaba estar, al menos, muy contento. Lo estaba porque se había regalado a sí mismo una travesura; él mismo era su propia fuente de felicidad, no necesitaba que nadie aprobara su conducta, era la conducta que a él le hacía feliz y con eso bastaba.
     Hizo recuento entonces de cuántas cosas había dejado de hacer que habrían sido indispensables para otorgarse a sí mismo su propia felicidad, pues entendió, al fin, que nadie más que uno mismo podía hacerse feliz. Recordó el momento más delicioso de su vida, cuando se enamoró de una chica a la que, con el tiempo, acabó abandonando, atormentado por los celos y las dudas. Era la chica más hermosa que jamás conoció pero el alma de aquella mujer le parecía más bella todavía. Qué bondad, qué delicadeza, qué dulzura había en su carácter. No había vuelto a conocer a nadie tan digno de ser amado.
     Pudo, en ese momento, llenarse su pecho de aflicción y dejó que unas lágrimas le brotaran de súbito y empañaran sus ojos. No lloraba de dolor sino de la felicidad que sentía al comprender que, al menos una vez, su corazón había podido, en medio de los mil errores y malas interpretaciones de una relación complicada, darse a sí mismo el privilegio de amar a un ser tan bello y amarlo solo por su belleza, solo porque sentía que la virtud que había en ese ser era merecedora de un raudal infinito de afecto.
     La perdió buscando en ella un sentimiento semejante, cuando, en realidad, ese afecto que ella pudiera tenerle no añadía nada a su hermosura, a su asombrosa bondad, a su maravillosa ternura, prendas que hacían que amarla iluminara su vida con una resplandeciente esperanza. Además, toda la felicidad que estaba en manos de ella darle se la había concedido pues no se trataba sino de la generosidad que había tenido de aceptar su afecto, de dejarle que la amara.
     Intentó recuperarla de alguna manera colocando su nombre en los buscadores de internet. Puso anuncios en los periódicos e hizo otras locuras. No quería morir sin volver a sentir la felicidad de amar, de expresar su devoción incondicional por aquella mujer tan extraordinaria. Su corazón alcanzaría la dicha infinita solo por demostrarle ese afecto sin interés alguno aunque ella tuviera un marido celoso y varios nietos ya en la Universidad.
     El cáncer avanzaba con rapidez, le quedaba muy poco tiempo ya cuando ella apareció. La vio tan bella como cuando la conoció. Estuvo tan solo media hora junto a su cama. Escuchó las palabras de reverencia y adoración que él le dirigió cogiendo su mano y dejó que le besara su mejilla con la ternura de un niño en sus labios. Antes de marcharse, con los ojos húmedos, le dijo que ella también le quería y que estuviera tranquilo y feliz.

6 de junio de 2013

Dentro

     Carlos Henares tenía, desde su infancia, una amiga dotada de gran belleza física y, ante todo, de unas cualidades espirituales sobresalientes. Pero a Elena la consideraba tan familiar y tan propia que no pensaba en ella nunca como pareja. Lejos de eso, se dedicaba a seducir a mujeres en las que encontraba el estímulo de lo singular y desconocido. Pero, para su propia decepción, muy pronto su conquista empezaba a llenarle de tedio e insatisfacción. Y tanto la acosaba con todo tipo de exigencias, dudas y temores que la mujer acababa por abandonarlo, lo que le sumía en la más desesperante frustración.
     Su vida, por ello, era un camino de insatisfacción inacabable. Jamás hallaba descanso su búsqueda de la felicidad. Todo aquello que le seducía una vez acababa siendo insuficiente pasado un tiempo para un espíritu siempre ávido, siempre necesitado del placer de una recompensa. En medio de esta vida tan poco satisfactoria le sobrevino, en cierta ocasión, la extraña e intensa obsesión de que tenía una enfermedad grave e incurable que le iba a llevar a la muerte en muy poco tiempo. Un día sintió un dolor en el vientre. Muy preocupado durante unos días, acudió finalmente a un médico lleno de terror. El médico le indicó, tras ver la radiografía, que el dolor procedía en realidad de los músculos del abdomen y que no se debía más que al efecto de un esfuerzo brusco. Provisionalmente este diagnóstico le tranquilizó pero, andando los días, como su dolor continuaba, concibió la extrañísima sospecha de que el médico se había limitado a decirle una mentira piadosa y que, en realidad, tenía una enfermedad mortal para la que no había tratamiento posible.
     La angustia en que le sumieron estos pensamientos, en los que le hizo caer, sin apercibirse él de ello, la frustración de esa misma existencia gris y poco satisfactoria que llevaba ordinariamente, le hizo aislarse emocionalmente de sus conocidos y del resto del mundo. No contaba a nadie lo que le estaba ocurriendo; sentía que no obtendría de los demás más que un renovarse de las mentiras piadosas que intentarían consolarle y apaciguar su espíritu sin que la realidad que padecía cambiara nada. Solo había una luz de esperanza en su corazón y era que se calmara ese dolor del vientre o desapareciera porque, en ese momento, sus temores desaparecerían. Y eso fue lo que sucedió una semana después.
     Su bienestar regresó durante un par de días pero, al cabo de ellos, irrumpió en su mente el pensamiento más delirante que jamás había concebido su mente en estado consciente: que no porque su dolor hubiera cesado, dejaba de estar al borde de la muerte. Su obcecación había llegado al punto de continuar creyendo en una enfermedad imaginaria que nadie le había diagnosticado aún en ausencia total de síntomas.
     Como, en momentos de crisis, se recurre, cuando se tienen, a los amigos más íntimos, Carlos frecuentaba en este tiempo la compañía de Elena. Nunca le contaba lo que ocupaba su más hondo pensamiento pero sí comentaba con nostalgia los años de la infancia y la adolescencia junto a ella. Un día le explicó la vida infeliz y absurda que había llevado hasta allí y le expresó su desconcierto por sus continuados fracasos amorosos. Elena le dijo entonces:
     -Es que siempre estás buscando algo más fuera de ti y la felicidad no es eso; la felicidad la tenemos que encontrar dentro de nosotros, no fuera porque, si la buscamos fuera, cuando olvidamos la satisfacción pasajera que nos proporciona una novedad, volvemos a encontrarnos con el tedio que llevamos dentro y, si no nos ocupamos de él nunca, el mundo entero que nos dieran se nos antojaría poco.
     -Y según tú, ¿cómo sería la felicidad que se lleva dentro? -dijo Carlos.
     -Ay, Carlos -respondió Elena suspirando-, la felicidad que se lleva dentro necesita tan poco de las cosas del mundo que, apenas con un leve roce de la sombra de una ilusión, nuestro corazón ya rebosa de esperanza y alegría por toda la eternidad.
     Carlos reflexionó sobre estas palabras seriamente y se dio cuenta de que lo que tenía con las mujeres de su vida, trivial, corriente, obvio y frívolo, no soportaba confrontación con la palabra eternidad. Solo por una mujer era capaz de sentir algo intemporal, fuera de los sentidos, hondo y, en cierta manera, intenso y esa era Elena.
     Al día siguiente, se presentó en su casa y le dijo:
     -Elena, ya sé que no me amas como pareja pero somos amigos, nos amamos de una manera muy especial y yo te necesito en los últimos meses de mi vida. Necesito que actúes como mi pareja en el trayecto final de mi vida. Siento que nadie como tú puede darme la compañía que dé consuelo a mi alma en mi hora final en la Tierra. ¿Qué me dices a esto?
     Elena puso gesto de asombro y le dijo:
     -¿Vas a morirte?
     -Estoy convencido de que sí -dijo Carlos.
     -¿Convencido? ¿Pero es que no lo sabes seguro? -dijo Elena.
     Carlos se puso a reflexionar un instante y dijo:
     -La verdad, es tan solo una sospecha muy fuerte.
     -¿Pero es que tu médico no te lo puede confirmar o negar? ¿Qué enfermedad es la que tienes? -preguntó Elena.
     -En teoría, ninguna, Elena, eso es lo más terrible de todo... -dijo Carlos muy seriamente.
     -¿Cómo que ninguna? -dijo Elena, perpleja.
     Carlos, consciente de lo incongruente de las ideas que manifestaba a su amiga, se paró otra vez a reflexionar y dijo amargamente:
     -Solo cuento con la voz de mi interior para tener constancia de que va a ocurrir pero es suficiente para mí.
     -Carlos, ¿no será un truco para que salgamos juntos? No hace falta que hagas algo así, no me importa salir contigo...
     Carlos, al oír aquella declaración, sintió un súbito acceso de entusiasmo e, iluminado por la felicidad del momento, le dijo a su amiga:
     -Me haces el hombre más feliz de este mundo...
     En el trayecto de vuelta a su casa, sumergido en la alegría que le había proporcionado la respuesta de su amiga, comenzó a dudar seriamente de la obsesión que ocupaba su mente pero, para salir de una vez de toda incertidumbre, se presentó al día siguiente en la consulta de su médico y le pidió que le hablara claramente porque, aunque le doliera mucho saber que iba a morir, le interesaba vivamente el dato de cuánto tiempo le quedaba de vida. Finalmente, concluyó su solemne discurso diciendo:
     -Doctor, sea sincero, ¿voy a morir o no?
     -Sí -dijo el médico con sorna-. Si resiste lo suficiente, verá llegar el momento...

5 de junio de 2013

El largo razonamiento de una madre

     Pablo le pegó en la cabeza a su hermano pequeño porque le había metido, sin querer, un lápiz en el ojo. Su madre supo, entonces, que tenía que enseñar a Pablo el valor que debe tener, para un ser humano, la felicidad de los otros porque lo que le había mostrado aquel comportamiento permitía pronosticar, con un grado sumo de certeza, que el niño iba a convertirse, si no lo corregía antes, en un traidor. Y lo pensó así porque comprendió que, si había pegado a su hermano, no era por ánimo justiciero, pues no le había metido el lápiz en el ojo voluntaria sino accidentalmente, sino por envidia, pues no consentía que su hermano le hubiera podido hacer daño y él, en cambio, no a su hermano. Si sentía envidia de quien causaba sufrimiento era porque, para él, era un motivo de orgullo hacer sufrir a otra persona. Y una persona envidiosa que, además, siente incrementarse su autoestima cuando hace daño siempre hará algo en perjuicio de cada persona a la que envidie porque eso le hará superar su sentimiento de inferioridad con respecto a ella. Si Pablo reaccionaba ante la envidia haciendo daño a cada ser al que envidiaba, la gente con la que conviviría normalmente o tenía que carecer de cualquier motivo para ser envidiada por él, cosa imposible si Pablo iba a ser, como demostraba el suceso, un envidioso impenitente, o sería por necesidad envidiada en ocasiones por él y tendría que soportar sus ataques y agresiones. Pero en nuestro mundo es complicado ser tolerado si descubren que hacemos daño por envidia, por lo que Pablo no tendría más opción que acabar, con los años, camuflando el daño que hiciera a los demás haciendo que aparentara ser un acto de justicia y bondad. Cuando su cerebro aprendiera el arte del disimulo, con su envidia, su ansia de causar dolor y su falta de consideración por la gente con la que convivía, se convertiría en el más perfecto, acabado y dañino traidor y sus víctimas se acordarían de su madre y dirían cosas muy feas de ella. De modo que se acercó a Pablo y, sin pegarle ni reñirle, le sentó en sus rodillas y empezó diciendo:
     -Hijo mío, la felicidad de los demás forma parte de la tuya...

3 de junio de 2013

El mal pianista

     En el patio de butacas de una sala de conciertos, un hombre no cesaba de poner rictus de desagrado y de hacer sarcásticos gestos de consternación. Para ver si el vecino de asiento se reía con sus cosas y compartía su opinión sobre la actuación, volvió más de una vez su rostro hacia él pero, al verlo siempre arrobado y sonriente mirando hacia el escenario, le dijo:
     -¿No me diga que le gusta a usted el pianista?
     -Le comprendo, amigo -respondió el otro-. Este solista es pésimo en su arte y merece una crítica áspera desde el punto de vista técnico y, además, entiende el espíritu de la obra que interpreta bajo una perspectiva que se aleja de la sensibilidad habitual. No diré que, en su lugar, yo sería mucho más honrado y no actuaría de cara al público pues se me alcanzaría que, como pianista, poca utilidad tenía para los demás y no merecía la atención de nadie. Sé que su actitud puede calificarse de ególatra, en cierta manera, pues, a cambio de un protagonismo que no merece porque el trabajo que realiza no es útil para nadie, nos obliga a soportar su odiosa forma de interpretar a Chopin y a Beethoven. Admito todo eso pero para mí tiene más peso la admirable e insólita personalidad que quiere manifestarse tras ese sonido con que nos castiga, tan imperfecto para nuestro punto de vista pero en el que podemos ver el miedo, la inseguridad, el horror a no ser nadie para los demás, la desolación que se ha adueñado de su espíritu en la absoluta seguridad de que, para poder seguir viviendo, hay que luchar sin tregua por no ser uno más, por salir del círculo de los que no son nada para los demás, los hombres comunes, los que no son artistas célebres, los que tienen oscuros oficios que ejercen con imperfección, porque alguien ha imprimido en su mente la falacia absurda de que todos ellos están fuera del redil de los verdaderamente humanos. Muchos verían en él un cobarde y añadirían, con toda probabilidad, otros defectos a la forma en que imaginan su modo de ser pero yo no veo defecto alguno en este hombre, absolutamente ninguno porque los hombres no somos infinitas ejecuciones del mismo modelo sino seres únicos e irrepetibles que encuentran la felicidad únicamente cuando logran ser lo que en realidad son.
     El otro, absolutamente estupefacto por estas palabras, volvió su rostro al escenario y, mientras escuchaba la desastrosa ejecución de una pieza de Mozart, pensó que era un triste consuelo ese de ser perfecto solo como uno mismo y que, si, de pronto, en el mundo, se asentara la convicción moral de que ser uno mismo era perfecto, no habría manera de que sus perezosos empleados le obedecieran.

2 de junio de 2013

El hombre que temía a sus semejantes

A I. D.

     Todo es tan extraño en el Universo si se observa desde la perspectiva de un exiliado del país de la nada, que es lo que somos los seres humanos, que, cuando nos sentimos solos, aislados y olvidados de nuestros semejantes, hasta el más trivial y común de los objetos nos parece rodeado de un halo siniestro y hasta nuestra propia naturaleza se vuelve objeto de sospecha e inquietud. Hubo una vez un hombre que vivió una infancia terrible en un ambiente aparentemente convencional y dentro de la más tranquilizadora normalidad. Suele suceder que las tragedias humanas mayores no son bombas o terremotos que en un instante acaban de improviso con mil o cien mil vidas sino el horror que va sedimentando lentamente en un alma frágil el transcurso cotidiano de la vida. Este hombre, al que pusieron el nombre de Alberto, creció bajo la tutela de unos padres pragmáticos y autoritarios, reticentes a la expresión de emociones y preocupados por la opinión, en un lugar y un tiempo donde había una única manera posible de ser y comportarse y donde los seres humanos tenían un valor variable según estuvieran o no conformados con cada uno de los rasgos del ideal.
     Alberto era un niño dotado para la generosidad pero su felicidad la encontraba siempre lejos de las actividades de los demás niños que, como no comprendían su retraimiento, fomentaron en él una sombría y pertinaz actitud de autocrítica con sus crueles manifestaciones de desprecio. No es raro que quien tiene inclinaciones naturales muy distintas a los demás acabe contagiándose del desprecio que despierta en los otros dirigiéndolo sobre todo hacia sí mismo. En los años que siguieron a la niñez, edad donde se redescubre el mundo y la inseguridad hace zozobrar nuestro ánimo, Alberto se sumergió en un laberinto de dudas y terrores, de desesperadas incógnitas y amarga impotencia. Su mismo anhelo de libertad de la infancia le condujo, a lo largo de la adolescencia y durante toda su juventud, a la cautividad y el aislamiento que generan en el ánimo la perturbación del horror.
     A Alberto le despertaba una irreprimible angustia ese territorio desconocido y absolutamente extraño a nosotros que es el pensamiento de otro ser humano. Su imaginación excitable le hacía presentir profundos abismos de desprecio y odio tras las sosegadas palabras de un amigo o la mirada de un desconocido. Frecuentemente sentía incluso la ilusión de ser objeto del escarnio o agravio soterrado de un grupo de desalmados en situaciones en las que apenas había, en realidad, si acaso, una sosegada charla entre amigos. La vida en sociedad era para él tan inestable, peligrosa y siniestra como una tormenta en el mar a bordo de un velero. En el alma de cualquier otro ser humano no veía más que odio, frialdad y absoluto desencuentro. Pero era tanto el miedo que apresaba su espíritu que no sentía la tentación de volcar la ternura de su alma sobre otra persona. Sus únicas emociones eran el miedo, la indignación y la melancolía; jamás el amor llamaba a su puerta con verdadera fuerza, pues todos sus esfuerzos por superar la barrera que le separaba de otro ser se frustraban ante la magnitud de sus dudas e incertidumbres.
     Pero la experiencia de la muerte de su hermano, angustiosa y agotadora, transfiguró su ánimo. A sus casi cuarenta y cinco años, sintió lo breve de la vida, su habitual miedo a la conciencia de los otros se vio sustituido por otro mayor, el de no hacer partícipes a los demás de la suya propia antes de que la muerte le cerrara definitivamente las puertas al mundo. Se sintió, de improviso, tan capaz de menospreciar el valor de la opinión como valiente para decir a los otros con total claridad y sinceridad lo que sentía y pensaba. No había en su pecho un desprecio mayor que el que sentía hacia el flácido autoritarismo del espíritu gregario. La realidad, para él, empezó a iluminarse con las luces del conocimiento por obra de una inteligencia cada vez más agudizada. Ya no se sentía indefenso en ningún lugar ni ante nadie, su pensamiento había adquirido una penetración intelectual que le capacitaba para moverse en cualquier terreno social. Pero su espíritu aún se sentía encadenado, no conocía la luz verdadera, no se había desprendido de las ataduras del yo y sentía como una losa sobre su alma que nunca acababa de desterrar el sórdido influjo del interés, el prejuicio y la soledad.
     Entonces, conoció a una mujer que, desde el primer instante, ofreciéndole una dulce amistad, arrancó de su pecho la tiranía que la idea de propiedad ejerce sobre el espíritu. Esa mera amistad, sin el concurso de las relaciones sexuales, desprovista de todo interés, sin pacto de intercambio alguno, oasis de amor puro en un mundo idólatra y obsesionado con las cosas, fue el territorio donde al fin su alma halló la liberación. Compartir con aquel ser tan bello e insólito un mismo espacio de conciencia, le hizo vencer definitivamente su supersticioso temor hacia la humanidad. Tan gozoso le era impregnar sus sentimientos con su perfume de extrañeza como haberla convertido en parte indispensable y vital de su propia esencia pues, sin dejar de ser un enigmático objeto de asombro, participaba de un aura de intensa familiaridad que no encontraba en ningún otro ser. Y, mientras el mundo seguía debatiéndose, como en su lejana infancia, por hallar un modelo único de ser humano al que rendir culto incondicional, mientras, en cada esquina, brotaba un profeta deseoso de imponer su autoridad, Alberto y su bella amiga se entregaban a su relación sin etiquetas, donde lo importante era solo amarse y encontrar cada día nuevas razones para una felicidad cómplice.