29 de mayo de 2013

Purificado por el dolor

     Alberto Vázquez fue un niño algo miedoso, educado en el amor a Dios y el desprecio de la naturaleza humana. Amaba la libertad, acostumbrado a corretear por los senderos llenos de hierba que circundaban las tierras de cultivo de sus padres pero sobre su alma se fueron sedimentando como losas las sucesivas semanas santas donde la eclosión lujuriosa de la primavera que engalanaba la naturaleza que le rodeaba pasaba a sus sentidos a través del tamiz de una historia de tortura e infamia que hacía de los seres humanos criaturas profundamente indignas que no alcanzaban su perfección ni siquiera después de interminables procesos de purificación, tan duros casi como las penas de después de la vida para los que no querían someterse a ellos.
     Muchos años después, con un oficio de pintor, consiguió liberarse de semejantes creencias pero no de una atormentada aversión por lo humano y de un exigente e inflexible perfeccionismo que, a modo de residuo de ellas, le quedaron en el carácter. Veía natural poner en cuestión su propio valor como artista y como persona cuando, en realidad, nada le torturaba más que la idea de su imperfección. Cuando le elogiaban como artista, pensaba que era una actitud insincera, alentada por un exceso de urbanidad o incluso por un oculto sentimiento de superioridad nacido en el ánimo del hombre que le halagaba, mientras que, cuando el elogio faltaba y su obra solo cosechaba un silencio riguroso, pensaba que era porque le faltaba calidad.
     Muchos años permaneció Alberto sin encontrar a una persona que le ayudara a salir de su soledad pero, cuando Beatriz entró en su vida, tal magia operó en él con su sencillez y su bondadosa manera de ser que, de pronto, sintió como si su vida saliera de una larga condena y descubriera la libertad por primera vez. Pero el veneno de su escepticismo seguía atosigando su espíritu y acabó pensando que la diferencia de edad entre ellos dos solo por una momentánea veleidad había sido pasada por alto por Beatriz pero que pronto se sentiría seducida por un hombre más joven que él, de una edad mucho más próxima a la de ella.
     Como no podía ser de otra forma en un hombre que sentía tal desprecio por sí mismo, los celos le convirtieron en causa de tormentos para la mujer que amaba. Tan pronto escrutaba los sentimientos de ella obsesivamente buscando desesperadamente una prueba firme y contundente de su amor como la acusaba de no amarlo y de haber llegado a su vida para hacerle sufrir y reírse de su vejez, pues se castigaba pensando que era ya un viejo a pesar de no tener sino cuarenta y siete años. Ella llegó a sentir miedo de él y muchas veces se marchó de su lado y pasó largo tiempo alejada, dolida con estas muestras de intransigencia y posesividad. Pero el alma de Alberto, al fin y al cabo, era noble y con tanto afecto suplicaba a Beatriz que volviera, aunque solo fuera para ofrecerle una amistad libre de todo compromiso romántico, que esta acababa accediendo no solo por estas súplicas sino además porque también ella sentía algo muy especial por él.
     Pero, un día, siempre impelido por la desconfianza que sobre su propio valor tenía, Alberto llevó demasiado lejos las quimeras que forjaba su frustración pues llegó a decir en público que Beatriz no era más que una niña ligera que le había seducido para burlarse de él y que los cuadros magistrales que había pintado con ella como modelo eran un botín de celebridad que se llevaría pese a sus perversas intenciones. Se había marchado para siempre, decía, dejándole solo ruina y desolación.
     Estas declaraciones, hechas en medio de la excitación nerviosa por uno de los alejamientos de ella, fueron causa de que Beatriz fuera víctima de una pequeña agresión física por parte de un perturbado que la conocía. Poco después, Alberto la visitó y, lleno de arrepentimiento, le pidió perdón por su comportamiento irresponsable y le advertía que había actuado en medio del delirio y la desesperación.
     -Te perdono y no siento rencor por ti -respondió entonces Beatriz-. Lejos de lo que tú opinas de ti mismo, pienso que eres una persona digna de mi respeto. Pero tengo ahora la convicción de que, quizá sin ser consciente de ello, deseas alejarme de tu vida. Tu más profundo deseo es expulsarme de tu lado para entregarte al dolor y la autocompasión. No puedo seguir sometiéndome a tus vacilaciones y manejos, no te daré más oportunidades; lo siento, es mi última palabra.
     Alberto lloró ante ella suplicándole que volviera pero Beatriz gélidamente le rogó que saliera de su casa y se marchara.
     Alberto tenía muy escasa confianza en sí mismo pero la intensidad y autenticidad de su amor compensaban su poco espíritu de tal forma que comenzó a enviarle cartas a Beatriz cargadas de un afecto infinito donde se mostraba la generosidad del amante que no pide más que el privilegio de poder expresar su amor. Tenía la firme sospecha de que todas sus cartas iban a la basura sin ser leídas siquiera pero ello no le impedía seguir derramando en sus mensajes los sentimientos más hermosos ante la posibilidad de que una sola de aquellas cartas fuera abierta.
     Pero pasaban las semanas y Beatriz no respondía. Ignoraba, además, si seguía en la ciudad o se había marchado, quizá para siempre pues no conseguía que le abriera la puerta ni que contestara a sus llamadas. Su angustiado escepticismo le hacía sentir un presagio de horror tras la ausencia de Beatriz. Creía que podía haber muerto o que jamás la volvería a ver porque había huido de él para ocultarse definitivamente bajo el manto de la muchedumbre anónima que formaban los habitantes del mundo. Nada podía imaginar tan doloroso para él como perder a Beatriz, no volver a ver nunca más a aquella chica tan dulce que había liberado su espíritu con su inocencia de niña. Las lágrimas que derramó pensando en la puerilidad de los intereses que le llevaban a discutir con ella y, por contra, la importancia del afecto que acababa de perder, para siempre quizá, fueron infinitas y amarguísimas.
     Como el dolor no puede mantenerse en su agudeza más alta indefinidamente, cierto día, Alberto comprendió que debía calmar la tempestad de su ánimo; pensó que las posibilidades de que Beatriz hubiera huido de la ciudad o muerto, sin que hubiera de ello más indicio que las infundadas elucubraciones de su mente, eran tan escasas que no debía tenerlas en cuenta y, en cuanto a las cartas, el hecho de que ella las leyera era solo un capricho sin mucha importancia, podía tirarlas todas a la basura pero eso no impedía que supiera que él seguía queriéndola y recordándola. Su alma, como si de verdad hubiera seguido las recomendaciones de su antigua religión, se había purificado por el dolor y ahora empezaba a comprender que los seres humanos eran criaturas de una profunda dignidad, pese a sus miserias; algo divino había en un ser que, como él, podía sentir algo tan puro y generoso por un semejante. Quizá había perdido para siempre el amor de Beatriz pero el dolor que había dejado en su corazón su ausencia se transfiguraba en devoción por un ser que tan profundo amor le había inspirado y que estaba dotado de una perfección tan absoluta.
     Se dedicó entonces a pintar a hombres y mujeres vulgares que encontraba en la calle y aprendió a ver el raudal de nobleza que los conforma, la inmensa belleza de cualquiera de los seres humanos, incluso el más deforme, incluso el más malvado. Perdonó en su corazón a sus semejantes y, por ello, pudo perdonarse también a sí mismo. Fue entonces cuando de verdad sintió que merecía a Beatriz. Se plantó en la puerta de su piso con unos bocadillos y una botella de agua con la intención de esperar todo el día si fuera necesario a que apareciera. Y, en efecto, apareció aunque muy de madrugada. Traía en las manos las cartas del buzón, las últimas que él le había mandado.
     -Beatriz -le dijo entonces-, tal vez no seas distinta de las otras mujeres pero solo por ti puedo sentir lo que siento. Y yo no soy el más perfecto de los hombres, soy simplemente un hombre pero eso sería una razón suficiente para que todas las estrellas del cielo brillaran esta misma noche solo para mí. Jamás volvería a hacerte daño porque me he perdonado definitivamente y no queda en mi espíritu ansia alguna de sufrimiento. Si dejas que busquemos juntos la felicidad que nuestros corazones nos reservan, yo seré tu espejo y, en él, no verás más que belleza y bondad.
     Beatriz rompió a llorar y se abrazó a él y dijo:
     -Entre tú y mi abuela, que está enferma de muerte y tengo que ir a cuidar cuando salgo del trabajo, no paro de llorar...

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