6 de mayo de 2013

Miconisa y el juglar

     El rey Arcalaús, cien años antes de que reinara el rey Arturo en el admirable Camelot, cuando su bellísima hija Miconisa tuvo edad de pretender marido, como era costumbre en aquella época, convocó unas justas para competir por su mano. El valeroso caballero que venciera en ellas contraería matrimonio con la princesa y además sería el futuro rey, puesto que Arcalaús carecía de heredero varón. 
     Unos doscientos caballeros llegaron de todas partes del país para participar en las justas. La mayoría eran tan bellacos y cazurros pese a su ascendencia noble que hacían rezar a la piadosa princesa una avemaría tras otra para que no le tocaran en suerte tan malos partidos. Pero, pese a sus fervientes oraciones, como era de esperar, ganó las justas el más vil, jactancioso, marrullero y perverso de los caballeros, el de menos escrúpulos, el más desapegado y el de espíritu más trivial e insustancial. Como indicio de su carácter, cuando ofrecía la lid a la princesa, en lugar de inclinar su cabeza y mostrarle respeto, sacaba su larga y obscena lengua como amenazándola de no sé qué locos devaneos en el lecho nupcial. El rey, que no quería aumentar su impopularidad porque había subido los impuestos, tragaba su indignación cada vez que veía fuera la lengua de este individuo aunque tanta ira le atacaba al ánimo que temía que su corona se pusiera al rojo. 
     Cuando finalmente venció este deleznable personaje, fue despojado de su armadura y un grupo de hermosas doncellas lo bañaron con agua caliente, rociaron su cuerpo con aceites aromáticos y le vistieron unas prendas tejidas con hilo de oro y adornadas con piedras preciosas que hubieran convertido en galán al más feo de los murciélagos pero que, en el caso del vencedor de las justas, no obraron un cambio demasiado sensible pues su comportamiento era el de un brutal ogro sin corazón ni cabeza.
     Cuando llegó a la sala real y vio, en el trono, a su prometida, se lanzó contra ella y, sin recato alguno, comenzó a disfrutar de sus formas femeninas tocando con sus vellosas manos cuanto su apetito lascivo le dio a entender. La princesa lanzó fuertes alaridos y el rey, sin poderse ya reprimir, con el cetro, que llevaba en la mano por requerirlo la solemnidad de la ocasión, asestó al procaz caballero tan fuerte golpe en la nuca que acabó con su vida inesperadamente pese a la corpulencia de tan audaz guerrero.
     El rey, que temía despertar la enemistad profunda de su vasallo, el padre de tan desdichada criatura, le honró con la propiedad de un ducado y enterró a la víctima de su indignación de padre, con altos honores de jefe de estado, en la capilla real.
     Pero, quedando pendiente todavía la cuestión del casamiento, el rey, escarmentado con los guerreros, decidió escoger entre sus cortesanos al prometido de su hija. Y fue el caso que tanto rezó y con tanta devoción la princesa Miconisa, que Dios obró el milagro de que su padre escogiera al hombre por el que penaba su corazón, un juglar que escribía los más bellos poemas de amor y esto fue así porque el rey pensó que, si el pretendiente era de extracción humilde, le debería todo a él y podría dirigirlo a su antojo hasta el momento de su muerte, además, el juglar era muy sabio y este saber pensó que sería muy provechoso para el gobierno de su reino.
     Sin embargo, cuando el rey, muy ufano, quiso comunicarle su benevolente decisión al juglar diciéndole que había encontrado una mujer para él, el juglar respondió: 
     -Señor, yo no quiero una mujer. 
     El rey, sospechando sodomía, le preguntó si tenía aversión hacia las mujeres.
     -No más que hacia los hombres -respondió el juglar-. Muy al contrario, considero que son unas criaturas deliciosas; sin embargo, no quiero a cualquier mujer.
     El rey, al oír esto, se alegró para sus adentros considerando que, como la princesa no era una mujer cualquiera sino la hija del más grande de los monarcas de Inglaterra, asombraría y dejaría atónito al juglar cuando le dijera la mujer que quería darle. De modo que, lleno de vanidad, le dijo que la mujer en cuestión era la princesa Miconisa, heredera del poderoso reino de Inglaterra. Pero el juglar, sin inmutarse, replicó: 
     -Señor, quisiera que me dispensarais de contraer matrimonio con una princesa. 
     El rey le preguntó lleno de ira qué tenía de malo una princesa.
     -No tienen nada de malo, bien pensado las hay muy bellas, de la misma manera que muy feas, muy bondadosas de la misma manera que malvadas, sin embargo no quiero compartir mi vida con una princesa.
     Miconisa, que estaba presente, al oír esto, derramó unas lágrimas pues amaba al juglar con lo más hondo de su corazón.
     El rey, antes de mandar ajusticiar al juglar por agravio a la familia real, le quiso preguntar cuál era entonces la razón por la que no quería casarse con una princesa.
     -La razón es que hay una mujer, hermosa y llena de bondad, a la que amo -respondió el juglar-. Su corazón es sencillo como el de un niño y, aunque sus padres son de noble ascendencia, mi pensamiento no ha podido evitar hacerla infinitas veces objeto de mi desvelo y mis anhelos, aunque mis labios no han hablado hasta ahora y he sufrido en soledad la llaga de este afecto porque sabía que nada había más imposible en este mundo que cumplir mi deseo.
     -¿Y qué tiene esa mujer que no tenga mi hija, bufón? -dijo el rey colérico-. ¿Acaso no tiene mi hija sangre más noble que ella? ¿No es la más bella, la más bondadosa, la más delicada de la corte?
     -Lo que esa mujer tiene y no tiene la princesa es una belleza que no podría encontrarse en ningún otro ser humano del mundo porque corresponde a ella y nadie la puede ver sino el que la ama como yo. 
     El rey calló y, cuando ya estaba a punto de ordenar la prisión y ajusticiamiento del juglar, este, volviendo a hablar, dijo:
     -Claro que, hablando en rigor, la mujer que amo no tiene nada que envidiar en nobleza y linaje a su hija y es tan guapa y delicada como ella. 
     -¡Esto es intolerable, bufón! -gritó el rey en la cumbre de su cólera-. ¿De qué mujer me estás hablando? ¡Os ahorcaré a los dos!
     -Hablo de Miconisa, la muchacha más bella y tierna que jamás he conocido -respondió el juglar tranquilamente-. Es vuestra hija, señor, pero jamás me casaré con la princesa sino con la muchacha dulce, encantadora y fascinante que hay debajo de su corona. 
     El rey lanzó una estruendosa carcajada, pensando que había sido una broma perversa de su juglar, siempre ingenioso y capaz de alegrarle los días pero la princesa, aunque muy feliz, se ruborizó y, con la respiración entrecortada, sintió casi que la estaban volviendo a manosear.

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