27 de mayo de 2013

La hermana de Andrés

     Andrés Hidalgo sabía que, cuando le llevaron al orfanato, con dos años, iba acompañado de su hermanita de escasos meses y que ambos estuvieron allí hasta que unos padres distintos adoptaron a cada uno de ellos. Cuando tuvo veintisiete años, inició la búsqueda de su hermana, que le llevó por muchos lugares siguiendo pistas que luego resultaban falsas. Finalmente dio con una chica que tenía gran parecido con él siguiendo uno de esos indicios. Ella se mostró dispuesta cuando le pidió que se sometiera a la prueba del ADN. Los resultados, para alegría de ambos, fueron positivos y, a partir de entonces, comenzaron a verse tan frecuentemente y a pasar juntos tanto tiempo que muy pronto sintieron el uno por el otro un afecto profundo que alcanzó tanta fortaleza que ya nunca nada lo podría quebrar. Una sutil similitud había en sus naturalezas que los volvía tan afines y tan propensos a congeniar que muy pronto se sintieron como si se hubieran conocido de toda la vida.
     Tanto se querían ya que sentían celos de sus parejas y casi preferían pasar el tiempo ellos dos juntos que con su novia o su novio. Pero el rayo de una decepción fulminó el espíritu de Andrés cuando recibió una carta dándole una información que había pedido mucho tiempo antes y que le permitió descubrir que su hermana, a los pocos meses de haber ido al orfanato había vuelto a la casa de su madre y vivía actualmente con ella muy lejos de donde había encontrado a la que hasta entonces pensaba que era su hermana. Andrés, antes de desplazarse a ese lugar, quiso volver a hacer la prueba del ADN y fue esta segunda prueba la que confirmó que la chica no era su verdadera hermana.
     Ambos se despidieron muy tristemente un día de abril, el mismo en que él emprendió el viaje a la ciudad donde vivían sus padres y su hermana para tener su primer encuentro con ellos. La alegría de sus padres a su llegada por haber recuperado a su hijo tras tantos años de ausencia y vicisitudes, le fue manifestada muy ostensiblemente por ellos. Sin embargo, la actitud de su hermana le pareció más bien arrogante y desapegada. Su carácter le pareció mezquino, altanero y lleno de frívola trivialidad. Quisiera haber pasado una larga temporada en casa de sus padres biológicos pero la presencia ingrata de la hermana le hacía odiosa la estancia en aquel hogar y volvió a casa de sus padres adoptivos, a seguir con su trabajo de diseñador gráfico y a salir con su novia de siempre.
     Pero, cuando estaba con su novia, no podía evitar acordarse de la adorable y maravillosa chica que había considerado su hermana durante unos meses y el dolor de haberla perdido era la única emoción fuerte que emergía en esas ocasiones, haciendo desaparecer todo rastro de amor por su novia. Tan manifiestamente se mostraba ese desapego que ella decidió dar por terminada la relación y Andrés, sin muchas muestras de disconformidad, proclamó el nihil obstat.
     Ante este fracaso amoroso, Andrés quiso enterrarse en su trabajo diseñando las portadas para autores autofinanciados más excepcionales que su talento lograra jamás pero, tras tres días leyendo bazofia, montó en su coche y sin decir a nadie dónde iba, fue a visitar a la encantadora chica que había usurpado el papel de su auténtica hermana durante los meses más maravillosos que recordaba de toda su vida. Quería volverla a ver siquiera unas horas, hablar con ella, mirarla otra vez a aquellos ojos tan bellos que tenía, verla sonreír, besarla en la mejilla, cogerla de las manos, abrazarla... y despedirse otra vez de ella, no importaba si era ya para siempre.
     Elvira, la chica, le recibió con una alegría desbordante y muy pronto se volvió a manifestar entre ellos la corriente de afinidad y complicidad que los unía cuando estaban juntos. Hasta tal punto se hizo esto evidente que su novio le puso un ultimatum y ella se vio en la necesidad de despedir a su hermano fingido. En el momento de volverse a separar, Andrés la abrazó con fuerza y, cuando volvió a mirarla, tanto dolor sintió creyendo que jamás iba a volver a verla que se le cayeron las lágrimas. Ella le secó el rostro con los dedos y le dijo:
     -No llores, hermanito; mi novio es un idiota. Es a ti a quien yo prefiero.
     -Pero tú necesitas una persona con la que formar una familia -dijo Andrés entre pucheros.
     Elvira le dio tres o cuatro besos seguidos en la mejilla, volvió a secar sus lágrimas y le dijo:
     -Tontín.

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