29 de mayo de 2013

Hombre de pasión

     José Carballal se encontró con su antiguo amigo de la adolescencia Evaristo Dominguez en una terraza de una plaza mayor veraneando en una ciudad costera. Ambos estaban solos en aquel momento y se saludaron con cierta efusión porque, aunque, tras hacer el balance de su relación de amistad una vez que la dieron por acabada, habían comprobado que predominaban las razones para la animadversión por encima de los acicates para el cariño, hacía mucho tiempo que no se veían y pesaba más la añoranza de las correrías del instituto que la tibieza del afecto que se despertaban entre sí.
     José, tras abrazar y dar la mano a Evaristo, se sentó en la mesa de aluminio en que estaba su antiguo amigo dispuesto a escuchar los sucesos más destacados de su vida mientras se tomaba una cerveza disfrutando de la agradable temperatura de la tarde. Varias historias suculentas se desplegaron durante la charla hasta que José le preguntó a Evaristo sobre su estado.
     -Estoy recién casado -respondió Evaristo-; hay que tener a alguien al lado de uno o eso dicen. No se puede tener todo en esta vida pero, al menos eso...
     José no entendió el pensamiento de Evaristo. Para él, su pareja era su felicidad absoluta. ¿Cómo se podía echar de menos nada si se tenía a alguien con quien compartir la vida? Pero lo dejó pasar, en principio, porque quiso pensar que la expresión no se puede tener todo en esta vida no se había pronunciado con verdadera amargura.
     -Para ti será la mujer más guapa del mundo, ¿verdad? -ironizó José para lanzar a continuación una carcajada.
     -No, hombre, no soy tan exigente... -respondió Evaristo.
     Esta respuesta sí le pareció a José que confirmaba que su forma de entender el significado de una relación era muy diferente a la de su antiguo amigo. Pero, no muy seguro de ello, dijo entonces:
     -Oye, y estarás en el séptimo cielo con ella, ¿a que sí?
     -Yo prefiero poner los pies sobre la tierra, no me quiero engañar con quimeras -respondió Evaristo.
     José, después de esto, no volvió a atreverse a insinuar más que, en la vida de su antiguo amigo, brillara luz de esperanza y felicidad alguna. Pero, por salir de dudas, dijo:
     -¿La quieres?
     -Sí, claro; su físico no está del todo mal -respondió Evaristo con el mismo laconismo que en las anteriores ocasiones.
     José sintió entonces como si estuviera hablando con un robot que replicara exactamente todas las partes de la anatomía humana pero carente por completo de emoción alguna. Respiró hondo, se repantigó en el asiento y estiró las piernas y dijo para cambiar de tema.
     -¿Qué hay de aquella afición tuya por el aeromodelismo?
     Solo al oír la palabra aeromodelismo, a Evaristo se le iluminó la mirada y comenzó un entusiasta y locuaz relato de sus adquisiciones y sus premios y le transmitió, con enfáticas expresiones, el placer de contemplar un avión de juguete levantar el vuelo y ascender hasta la altura de la ropa tendida a secar, las antenas de televisión y los pararrayos y veletas. Más de media hora empleó Evaristo en su apasionado monólogo causando perplejidad en José por el ardor y gusto con que hablaba de su afición y abrumándolo con la abundancia de tediosos datos técnicos con que adornó su, de improviso, desatada verborrea.
     Entonces, José, en pleno ataque de malicia y perversidad, decidió descargar sobre aquel hombre todo el peso de su sarcasmo y dijo:
     -¡Cómo hablas del aeromodelismo, Evaristo! La verdad, no entiendo cómo te decantaste por las ciencias si lo tuyo es la Poesía...

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