3 de mayo de 2013

El tío de Jaime

     Jaime acompañó a su padre al consultorio médico del pueblo. Tenía problemas de garganta y no había ido al colegio. No recordaba haber ido antes a ese lugar y sus sentidos estaban especialmente agudizados para observarlo todo. Pero lo que más se marcó en su recuerdo de ese día fue la imagen de su tío Juan, que decían que se iba a morir, riendo y contando chistes, pese a los momentos duros por los que estaba pasando.
     A Jaime, más allá de la mera especulación, tan solo por las señales que percibía en su rostro y en el tono de su voz, le sobrevino una viva sospecha de que lo que su tío deseaba en ese momento no era reír tanto, ni siquiera contar aquellos chascarrillos tan zafios. Sintió, en un principio, piedad hacia su tío porque pensaba que la gente de allí le estaba obligando a actuar así. Él sabía por su padre que no se comportaba uno igual en la calle que en casa y que ante los desconocidos había que fingirse indolente y tranquilo aunque le preocupara vivamente una cosa.
     Pero su tío no paraba de hacer su pantomima llegando incluso hasta el histrionismo; entonces, a su mente impresionable, se abrió una nueva perspectiva. Cayó en la cuenta de que su tío estaba enfadado consigo mismo y con los hombres de su pueblo precisamente por estar obligado a fingir tranquilidad cuando estaba muriéndose, por tener que contar chistes a las puertas de abandonar la vida, por no poder ser él mismo ni siquiera ahora que le quedaba muy poco tiempo para serlo. Vio muy claro que con su comportamiento solo perseguía causarse dolor a sí mismo y, al mismo tiempo, a todos los que le tenían que escuchar. Tras aquellas risas de todos, risas fingidas de compromiso, pudo su fantasía percibir el dolor inmenso y callado de todos aquellos hombres que morían sin poder ser ellos mismos y pensó también en el dolor físico de su tío, atormentándole e imaginó que, en su fuero interno, deseaba su sufrimiento para todos aquellos que reían con sus chistes forzados porque no le dejaban ser aun a las mismas puertas del fin.
     Muchos años después, Jaime aún temía ir a los lugares concurridos y huía, cuanto podía, el trato con los seres humanos.

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