24 de mayo de 2013

El seminarista

     Enrique quería ser un sacerdote ejemplar. Su aptitud para el estudio le había dado unas notas extraordinarias en el seminario. Pero estaba perturbado por una obsesión: sentía que su brillantez despertaba en su corazón el pecado del orgullo. Continuamente confesaba con el Padre Juan sus angustiosos remordimientos porque se amaba a sí mismo desmesuradamente, incluso deseando en lo más íntimo de su ser que los otros seminaristas fueran mucho más mediocres que él.
     -A quien se humilla, Dios lo ensalza, Padre Juan -decía en el confesionario un día-. Pero yo ansío la humillación de mis hermanos. ¡Qué puedo hacer! ¡El demonio está siendo más fuerte que yo, Padre!
     El Padre Juan le respondía echando mano de su escepticismo acerca del género humano:
     -Hijo, no somos más que una piltrafa, no valemos nada, todo nuestro valor procede de Dios, que nos ensalza cuando lo considera oportuno...
     Pensamientos como este y su acendrada aversión a la vanidad, que, sin poder evitarlo, contaminaba su espíritu, le impulsaban, sí... a castigar su cuerpo con el ayuno y, a veces también reteniendo sus otras necesidades fisiológicas. Pero él seguía deseando la humillación del resto de los estudiantes e incluso la de los profesores. Se veía superando al Padre Juan en una discusión teológica en latín o consiguiendo ser elegido obispo o ¿por qué no? llegar a cardenal y, después, ganar el papado.
     -Sí, eso te gustaría, maldito -se decía a sí mismo para causarse martirio-: ser Papa; para corromper la pureza del cargo con tu arrogancia maligna. No hay ser tan despreciable como tú en toda la Tierra...
     Tan mal le fue en su vida moral que acabó yendo a un psiquiatra porque el exorcista no consideró el caso como posesión.
     El psiquiatra, que, cosa poco común en los de su oficio, era irrespetuoso y de mal carácter, cuando Enrique le contó su historia, le soltó, lleno de sarcasmo:
     -Caballero, no es orgullo sino más bien humildad: ser mejor estudiante que los demás sería pura arrogancia de su parte si, aparte de eso, fuera algo más, lo que no es su caso...

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