11 de mayo de 2013

El hombre sensible

     Federico demostró en la escuela un talento inaudito y la maestra propuso a sus padres, personas de muy escasa capacidad económica dedicadas al duro trabajo en el campo como jornaleros, que permitieran al niño trasladarse a su propia residencia donde tendría un ambiente más enriquecedor para sus capacidades intelectuales que en su casa paterna. Ella y su marido se encargarían de darle la manutención, educación y hasta el cariño necesario hasta el momento en que terminara sus estudios. Sus padres aceptaron el compromiso con cierta tristeza, atendiendo a que el futuro del niño estaría mejor garantizado de esa manera y también, acaso, a que las aptitudes de su hijo les sacarían de la miseria. 
     Federico consiguió con los años una esmerada educación. La maestra que lo adoptó era de familia acomodada; su cultura, sus costumbres y sus maneras eran extremadamente refinadas y estas pasaron también a formar parte de la forma de ser de Federico. Su sensibilidad en este ambiente, se agudizó en extremo y destacó como poeta en los años de la universidad. Conoció a una muchacha de la que se enamoró ardientemente. Las reticencias que ella sentía a acceder a las demandas amorosas de él, exacerbaron su sentimiento amoroso y solo cuando le demostró que la amaba con la más absoluta generosidad, sin sombra de interés posesivo alguno, ella le abrió su corazón de par en par.
     Pero, con el pasar de los meses, mientras que en sus poemas brillaba una generosidad sublime, su novia Andrea se sentía encadenada a una relación en la que apenas contaban sus deseos y su manera de ser pues Federico parecía querer hacer de ella solo el recipiente en el que verter sus impulsos, frustraciones y dudas. Tanto dolor le causó esta actitud que decidió cortar la relación repentinamente. Federico, angustiado por este fracaso amoroso, empleó las súplicas más conmovedoras que concibió su excitable sensibilidad pero la decisión de Andrea se mostró irrevocable y los días y semanas siguientes fueron, para él, un tiempo de sombría amargura. 
     Su madre biológica enfermó en ese momento y él, muy a su pesar, pues no tenía el pensamiento más que para su amada Andrea, hubo de visitarla. Hacía muchos años que no visitaba a sus padres y, al volver a la casa paterna, se vio perturbado por un sentimiento de repugnancia e impaciencia cuando comprobó la rudeza de maneras de ellos y la falta de delicadeza que manifestaba su conversación. Por ello, alguna vez, levantó el tono de su voz para mostrar agriamente su descontento por estar allí en aquel momento y, al apercibirse de esto su madre, le dijo, con ánimo censurador:
     -Federico, un hombre no es bueno por lo que aparenta sino por lo que hace. 
     Ya de vuelta al hogar adoptivo, en la soledad de su habitación, marcó el número de teléfono de Andrea para suplicarle por enésima vez que regresara con él pero no contestó la llamada. Era la cuarta vez ese día que llamaba a Andrea sin que descolgara. Andrea estaba de viaje por Europa y su imaginación, alterada por la culpabilidad que sentía por haber tratado de aquella manera a su madre enferma, le hizo temer con la intensidad casi de una evidencia que a Andrea le había ocurrido una desgracia. Sumido en la angustia por la separación, a la que ahora se añadía la ansiedad que le producían las dudas sobre el estado de Andrea, le encontró la madrugada. Su desesperación era tan intensa que salió a la calle a pasear. 
     En las solitarias calles, encontró un poco de serenidad para recapacitar. Pensó en el abandono de Andrea, en las razones que le expuso para tomar aquella decisión, recordó lo que había hecho que se abriera su corazón: aquel amor generoso que no pedía nada a cambio de que estaban llenos sus poemas y del que, sin embargo, había carecido su corazón. Recordó la frase de su madre: "Un hombre no es bueno por lo que aparenta sino por lo que hace", su corazón se conmovió y las lágrimas le vinieron a los ojos. Quizá ya era tarde, quizá su error ya no tenía remedio. Pero, en ese momento, supo que la felicidad, que solo se construye sobre la bondad, exigía, de él, un esfuerzo; no le devolvería a Andrea su talento persuasivo sino entregarse, en su interior, al verdadero amor. Y, como el verdadero amor, es entrega generosa, su entrega había de ser igual aun si ella no volvía. Decidió que la amaría toda la vida, que jamás amaría a otra mujer, que guardaría sus fotos y sus mensajes como la compañía que iluminaría su corazón hasta el día de su muerte porque, por encima de lo que había intentado hacer de ella todos aquellos meses de relación, su corazón la había amado de verdad con la intensidad de los volcanes o los torrentes, había amado su belleza, la belleza de su ser, lo que más inherente a ella podía haber en su persona, el territorio de su libertad.
     Federico volvió a casa de su madre al día siguiente; besó su rostro y le pidió perdón por su comportamiento del día anterior. Andrea no respondió a sus llamadas tampoco ese día, ni al siguiente. Sospechaba que había tenido un accidente; temía que hubiera muerto y sentía el ánimo triste pero, por encima de eso, había felicidad en su corazón porque sabía que había encontrado la luz de su destino, entregarse para siempre como signo de un ser profundamente hermoso.
     Una semana después, volvió Andrea de Europa, completamente ilesa, tan solo había perdido su móvil. Federico se encontró con ella en la universidad y, tras acercarse a ella, le dijo:
     -Siempre te amaré, aunque yo no te importe ya. Las promesas de los hombres no son nada en sí mismas, la virtud no está en ellas sino en el corazón. Yo me olvidé de la generosidad que te prometí para que me dieras tu afecto, ahora te la vuelvo a prometer, aunque esta vez no me lo des porque, esta vez, te la estoy prometiendo con el alma. 
     Tras estas palabras, Federico esperó en silencio la respuesta de Andrea y, como no la recibió, se marchó. Al día siguiente, Andrea apareció de la mano con otro chico. Federico sintió la herida de la decepción en su ánimo pero, con todo, siguió creyendo en la belleza inmensa y asombrosa de Andrea y se reafirmó en su propósito de serle fiel en su corazón hasta el último de sus días. Pasaron las horas de clase y Federico emprendió, en solitario, su camino hacia el exterior. En el pasillo, se encontró a Andrea, le miraba sonriendo, como si le esperara a él.
     -¡Qué hermosa eres, Andrea! -le dijo Federico-. Espero que seas feliz con ese chico, tu felicidad es lo más importante para mí.
     Andrea se carcajeó y puso una cara burlona.
     -¿Qué chico? ¿Rafael? -dijo-. Solo es mi primo, bobo.
     Andrea cogió entonces de la mano a Federico y marcharon juntos hasta el exterior, seguros ambos de que el uno y el otro estaban repletos de hermosura.

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