17 de mayo de 2013

El desmedido interés del panadero

     Un trabajador autónomo del sector de la harina y sus derivados concibió lo que parecían románticas aspiraciones por una mujer que trabajaba en el sector servicios, en el ramo de la estética. En sus sueños primaverales, el panadero se veía sumando, con la ayuda del sueldo de la peluquera, una renta mensual paradisíaca y más aún contando con que planeaba subir muy pronto el precio de su pan.
     Con estos y otros pensamientos, se enamoró tan perdidamente de la belleza de la peluquera que imaginó que su amor era eterno y que todo lo que deseaba en el mundo era abrazarse a esa mujer y fundirse con ella en un beso apasionado para sellar la más ardiente de las pasiones amorosas. De paso, también le tocaría los pechos y le sobaría el trasero porque era lo primero que le venía a la cabeza cuando la veía.
     Llegó irremediablemente el difícil momento de someter al veredicto de su amada sus pretensiones y, cuando halló adecuada ocasión para declararle a la peluquera su deseo, con franqueza, se lo declaró.
     Ella, muy amablemente, respondió que no le importaba ser amada de aquella manera tan profunda pero que, lamentablemente, no podía corresponder en la misma medida a aquel afecto tan halagador para ella. En todo caso, le dijo, podía contar con su afecto de amiga.
     El panadero, al ver que no era correspondido, tanto se quería a sí mismo por encima de todo el resto del mundo que su amor por la peluquera se esfumó como una pelusa tragada por un aspirador y ni siquiera sintió interés por la oferta de amistad que ella le hizo. Pero como era amigo de las matemáticas y de las elucubraciones hipotéticas, por curiosidad, le preguntó cuánto ganaba en la peluquería. La respuesta de la peluquera le pareció un sueldo tan escuálido que, aunque hubiera cambiado en ese mismo instante de opinión y hubiera correspondido al amor que le había declarado minutos antes, su antes arrebatadora pasión habría permanecido en el figurado cubo de la basura al que la acababa de tirar.

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