15 de mayo de 2013

El corazón del agricultor

     Luis Felipe trabajaba de sol a sol desde su adolescencia. Lo mismo regaba una plantación que dispersaba insecticidas soportando durante horas a la espalda una mochila de 15 litros, cortaba miles de alcachofas en una mañana con atropellada ligereza o plantaba lechugas con el ímpetu y regularidad de una máquina. Del mismo modo, al llegar el domingo, con la diligencia y voluntad de un trabajador inagotable navegaba vientres en los prostíbulos, a los que iba acompañado de los compañeros de profesión, gente sacrificada siempre dispuesta a cumplir su obligación de hombres dondequiera que estuvieran. Inmediatamente después de la precipitada cópula, era costumbre ir al bar a embriagarse con sucesivos vasos de vino barato mientras conversaban sobre las tareas de la semana y sobre las miserias y fragilidades de las vidas de la gente del pueblo, en lo que mostraban una virulencia especial de censores colmados de indignado rigor.
     Luis Felipe, una semana, comenzó a sentir en su corazón el peso de tanto esfuerzo y desgaste. Había visto el lunes, al ir a una tienda, a una chica con un rostro tan hermoso y delicado que un dolorcillo dulzón le martirizó el alma mientras cortaba alcachofas o brócoli o peleaba con su viejo motocultor a lo largo de inmensos huertos de naranjas.
     -Nunca me querría a mí esa chica tan guapa... -se decía de cuando en cuando-. Soy feo, no tengo maneras, no soy hombre de mundo ni sé expresarme con delicadeza.
     Lo cierto es que, por las noches, Luis Felipe leía mucho y no carecía de cierta dosis de cultura pues había ido al instituto hasta el último año. Ahora, a esas horas, no paraba de leer un poema de Bécquer del que le obsesionaba sobre todo esta estrofa:

Mientras la ciencia a descubrir no alcance
las fuentes de la vida,
Y, en el mar o en el cielo, haya un abismo
que, al cálculo, resista;
mientras la humanidad, siempre avanzando,
no sepa a dó camina;
mientras haya un misterio para el hombre,
¡habrá poesía!

     No sabía por qué, necesitaba creer en la existencia de una dimensión distinta a la que mostraba la conversación implacable y llena de obviedad de los compañeros los domingos en el bar, algo que no supiera explicarse ni un científico, que, a fin de cuentas, no dejaba de ser como cualquier cliente de los bares pero con un poco más de conocimientos. De tal manera se abatió su ánimo, que el domingo se quedó solo fuera del prostíbulo a esperar a los amigos como si fuera a ir con ellos luego al bar aunque, cuando llegó el momento, ni siquiera los acompañó y volvió a casa solo, completamente sobrio, musitando los versos de Bécquer.
     El lunes volvió a la tienda de la anterior semana y, para tormento de su corazón, volvió a actuar sobre su corazón la causa de su melancolía pues de nuevo vio allí a la hermosa muchacha de la otra vez. Su entendimiento no hallaba la forma de atravesar el muro que le separaba de aquella persona, todo era diferente en ella, no parecía tener nada en común con él, a su juicio; no se le ocurría una sola palabra que decirle, no era como uno de los hombres del bar. Sin embargo, sus sentimientos le decían que, en la belleza de aquella mujer, había algo tan familiar que dejar de aprovechar, en ese instante, la oportunidad de crear un lazo con ella era tan incomprensible como no saludar a un hermano al que no se ha visto desde hace años. Pese a esa familiaridad, su corazón palpitaba como frente a un misterio inefable ante el que se experimenta la inquietud de la incertidumbre. Era tan grande el clamor de su corazón, que, pese a lo impenetrable de la barrera que le separaba de ella, pese a que su entendimiento le decía una y mil veces que era imposible encontrar el puente hacia aquella otra orilla donde se manifestaba la hermosura tan abundantemente que le recordaba a un mar, su voluntad, tan férrea siempre para negarse los deseos de su libertad y para cumplir debidamente con sus obligaciones, esta vez le impulsó a realizar el sueño más dulce jamás concebido durante su vida. Se aproximó a la muchacha y le dijo, de pronto, sin importarle que no hubiera lógica de ningún tipo tras aquellas palabras:
     -Te llamas Poesía... 

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