17 de mayo de 2013

El congreso crepuscular

     Hace unos años, en Pennsylvania, EE.UU. se celebró un congreso de Erotología, en el que se intentó alcanzar una definición aceptable de lo que era el amor. Pero en las más de treinta ponencias que se hicieron, no hubo ninguna coincidencia, ni siquiera en las cuestiones más básicas. Unos decían que el amor era cosa de la entrepierna, otros que del cuerpo entero, otros que del cerebro, otros que del corazón. Unos hablaban de relación carnal, otros de sentimiento espiritual, otros de borrachera del alma, otros de cordura y armonía vital. Al final, se reunieron todos los ponentes en una sala en secreto para intentar averiguar a qué se debía tanta disparidad de visiones sobre un mismo tema. Uno de los ponentes dijo, para empezar, que había elaborado su intervención basándose en sus propias experiencias; estaba convencido de que el amor era desfogue y poco más porque era lo que le ocurría a él. Lo mismo dijeron todos los demás, sorprendidos del error cometido. Ninguno de ellos había dicho del amor una cosa que no le ocurriera a él mismo.
     Uno de ellos, una persona muy modesta que había dicho que el amor era sentirse valorado por otro, dijo que estaba dispuesto a modificar su criterio por otro más válido. En cambio, el que había dicho que el amor era generosidad y entrega puras dijo:
     -No es necesario que nadie modifique su criterio. Es claro que cada persona vive el amor a su manera porque ama a un ser único usando un corazón también único. Propongo que nos dediquemos al cultivo de orquídeas y que cada hijo de vecino haga de su corazón lo que le venga en gana.
     Y así fue como la Erotología se recicló derivando sus actividades a la jardinería para que sus estudiosos no se quedaran en el paro.

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