9 de mayo de 2013

El anuncio de lavadoras

     Una agencia de publicidad se decidió por hacer, para la marca de lavadoras alemana que la contrató, un anuncio cómico y la víctima de las afiladas ironías fue el amor humano porque suponían que era un sentimiento insustancial, lleno de banalidad, solo proclive a la cursilería más disparatada y en el que se demostraba la debilidad de la especie humana, donde había que reconocer que la naturaleza había hecho verdaderas chapuzas. La audiencia acogería esta parodia de tan trivial sentimiento con el júbilo que produce en los maliciosos la crueldad más sangrante y las lavadoras alemanas saldrían de la crisis porque nadie se resistiría a comprar un producto promocionado en un anuncio que ponía en su lugar definitivamente pasión de tan escasa dignidad.
     Al pase que se hizo para que vieran el anuncio los representantes de la marca, asistió un primo del portero de la empresa, al que invitaron para que diera su opinión también, porque obedecía al prototipo de espectador medio y su opinión ayudaba a hacerse una idea de cómo sería recibido el anuncio por la masa social. Él, que estaba charlando campechanamente con su primo en la sala de entrada, cuando le pidieron que diera su opinión, hinchó el pecho y dijo que no le importaba nada darla y que, de hecho, tenía mucha costumbre de ver anuncios y era un poco experto, con toda la modestia del mundo, claro está...
     Los productores se tocaban con el codo cuando vieron al primo del portero entrar con aquel aspecto que presentaba de hombre despreocupado y corriente porque se prometían risas y celebraciones abundantes por parte de semejante sujeto cuando visionara el spot. Pero el breve anuncio acabó, se encendieron las luces y el primo mostró en su rostro la expresión desconcertada de quien no sabe lo que ha visto. Le preguntaron si le gustaba el anuncio y respondió que no lo había entendido porque, si lavar con aquella lavadora era mejor que estar con Julieta, ¿qué era Romeo, gilipuertas?

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