18 de mayo de 2013

Desamor

     Pablo conducía en silencio con el entrecejo fruncido y la boca torcida en un rictus de rencor. De pronto estalló en una exclamación:
     -¡María, deja de llorar de una vez, me estás poniendo nervioso!
     -Pablo, ¿por qué tienes que ser tan crudo conmigo? -dijo María sollozando-. Ten compasión...
     -¡No puedo tener compasión contigo, no puedo tener compasión...! -dijo, con algo más de calma, Pablo-. Te he visto llorar hasta en la iglesia. Eso es una vergüenza, ¿me entiendes? Tienes que dominarte.
     -No me amas, Pablo, no me quieres, ¿por qué? -dijo María-. ¿Qué te he hecho yo? ¿Qué ha cambiado desde que nos casamos?
     -No pienso seguirte la corriente, María -dijo Pablo-. Si te aburres, ve a la ópera pero no te entregues a tus fantasías delirantes. Sabes que soy un buen marido, María. Lo sabes. Tu padre me aprecia de verdad. No puedes tener queja alguna de mí.
     María con la mirada perdida más allá del parabrisas, los ojos todavía humedecidos y con el rimmel corrido, dijo de pronto, sintiéndose ella misma como una loca en medio de una visión:
     -Quiero el divorcio, Pablo. Quiero rehacer mi vida con un hombre que me quiera.
     Pablo lanzó una carcajada.
     -¡Qué cosas tienes! -dijo-. ¿Y qué quieres, un escándalo? Venga, María, que sí te quiero, y déjame ya en paz...
     María, con el tono de una niña pequeña dolida porque no le dan su capricho, respondió:
     -Ojalá me hubiera casado con Alberto; él me querría más que tú.
     -¡Toma, y yo con Ana! -dijo Pablo-. Pero no eran de buena familia. El matrimonio hay que hacerlo con la cabeza y no con los pies.
     María calló. Embargada por la desolación, sintió que su dolor no tenía remedio alguno. Para siempre, la torturarían las dudas acerca del afecto de su marido, un afecto en el que no tenía fe porque, aunque no lo supiera, tampoco ella lo amaba a él.

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