23 de mayo de 2013

Curar en salud

     Javi no quería que a su gato le hicieran una intervención quirúrgica a la que iba completamente sano pero de la que saldría grotescamente mutilado. Su padre sí quería porque, aunque se vanagloriaba de su amor a los animales y denunciaba cualquier maltrato del que tuviera noticia con la fuerza reivindicativa de un sindicalista de los animales, la verdad es que no quería que, cuando el gato fuera más adulto, molestara nada en casa. A su madre, le daba algo más de pena pero era la que tenía que limpiar el hogar y era, además, de esas mujeres a las que les gusta tirar de los hilos, arrancar pelotillas y cortar todo lo que cuelga como a Dalila. Su hermana era la más ferviente defensora de la castración de Fredy, el gatito de Javi, porque decía que su hermano siempre tenía todos los caprichos que quería y ella no y que ya era hora de que cumpliera con su obligación y dejara que al gato le hicieran lo que está mandado y decretado para los arrogantes machos.
     La mañana del sábado, Javi, con la circunspección de un verdugo piadoso, metió a Fredy en su jaulita y, llevándola de la mano, fue con su padre al aparcamiento del sótano para ir en coche hasta la prestigiosa clínica del veterinario más célebre de la ciudad, don Ramón Repelo.
     Don Ramón Repelo había ganado su prestigio hablando de sus experiencias de alumno de privilegiado talento en su época de la Sorbona. No se conocía ningún testigo de su presencia en la Sorbona, ni siquiera de que hubiera estado ausente de la ciudad los años en que decía que había estado estudiando en Francia; de hecho, si él no introdujera a cada momento en su cháchara ampulosa y retórica el tema de sus estudios en la Sorbona, los que le conocían de muchos años atrás habrían vacilado incluso a la hora de asegurar que hubiera superado los estudios de Bachillerato.
     Javi, al entrar en la clínica y ver, en el pasillo, aquel cuadro con las caras de todos los licenciados en Veterinaria de la Sorbona de la promoción de don Ramón Repelo, así recortaditas las cabezas y con aquel semblante tan adusto, se acordó de la Revolución Francesa y pensó si, para Fredy, el veterinario utilizaría también una guillotina por ser un instrumento indoloro y compasivo.
     Una enfermera les condujo a la sala de espera. Y, desde allí, pudieron oír cómo don Ramón se negaba a voz en grito a dar tratamiento a la serpiente de un cliente, a pesar de que, con lágrimas en los ojos, le rogaba que hiciera un milagro con ella.
     -¡En mi vida me he sentido tan humillado, amigo mío! -decía el veterinario-. La enfermedad de esa cosa es demasiado sencilla para mí. Llévela a otro veterinario de menos categoría, hágame el favor... ¡Yo he estudiado en la Sorbona, señor, no en una facultad de provincias!
     -Por favor, la he llevado a otros y no saben lo que tiene... -decía el cliente haciendo pucheros.
     -Caballero, respéteme, por favor -dijo el veterinario-. Es mi última palabra.
     Al cabo de mucho esperar, le tocó el turno al gato de Javi. Fredy era un gato muy vital; siempre estaba corriendo, saltando y jugueteando con todo. Su energía era asombrosa para cualquiera que le viera en acción en sus momentos de mayor entusiasmo. Eso hacía que a Javi le doliera más el trance por el que estaba a punto de pasar.
     Al parecer, tan nervioso había quedado don Ramón con el incidente de la serpiente que, en lugar de inyectarle a Fredy anestesia, le puso un simple antibiótico. Por eso, en cuanto Fredy notó que una parte suya tan vital de su anatomía como la excusada era objeto de manipulaciones, se revolvió con la agilidad del felino que era y, sin que nadie viera cómo había conseguido subir hasta allí (tan rápido fue su salto), quedó sujeto por las uñas al rostro del insigne sorbonense mientras le mordía la nariz, provocando tales alaridos en el hombre que cualquiera diría que había visitado la cínica una especie rara.
     Cuando Fredy se soltó de la venerable cara de don Ramón y Javi consiguió recogerlo de debajo de un armario donde se había refugiado, el ilustre veterinario, con el rostro hecho un ecce homo, pidió al padre de Javi que se marchara a otra clínica a hacer la castración porque, le dijo, el animal que asocia a un veterinario con el peligro es incapaz de dejarse manipular por él y esa era una ley inexorable que había aprendido él en su asignatura de cuando estudió en la Sorbona, Psicoanálisis Animal.
     Javi y su padre se marcharon en busca de otro veterinario y, preguntando a la gente, consiguieron hallar uno que había estudiado en Murcia pero que les recomendó que dejaran al pobrecito animal con los testículos en el sitio en el que se los había puesto la naturaleza porque, con toda seguridad, era donde más los iba a disfrutar el bichito. El padre de Javi, dio un resoplido y le dijo a su hijo que cogiera la jaulita de Fredy porque volvían a casa y que ojalá Fredy disfrutara muchos años de sus atributos de gato.

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