21 de mayo de 2013

Cómo Hospy llegó a ser Hopy

     Hospy tenía mucho más sentido del humor que el hombre solitario y triste en cuya casa vivía y al que se empeñaba en vano en alegrarle la vida. Muchas veces interrumpía sus tareas frente al ordenador interponiendo su cuerpo dúctil entre él y el aparato y brindándole su pelaje cuya superficie oscilaba gradualmente del blanco amarillento al marrón oscuro, que era el color de sus orejas y la mayor parte de su rostro. Pero el hombre le cogía entonces y lo encerraba en la cocina, con lo que quedaban desairadas su belleza y su sensualidad, tan generosamente entregadas al disfrute del otro. Su nombre lo debía al negro humor y al pesimismo de ese hombre pues, habiendo sido el regalo de su sobrina tras una hospitalización para alegrarle la vida, a este hombre, llamado Diego Fernández, se le ocurrió que sería gracioso ponerle ese apelativo, tan impregnado de sarcasmo e indisimulado rencor por la vida.
     Por la noche, si Diego olvidaba cerrar la puerta del dormitorio por pura desidia, Hospy subía a su cama y, pasaba largo tiempo acostado tranquilamente sobre el cuerpo, embutido bajo las mantas, del hombre, quien no se dignaba a moverse para liberarse del peso del intruso por esa pereza que da la sabiduría de los pesimistas, que piensan que, si se lucha contra un mal, vendrá otro peor más tarde.
     Un día a Diego se le cayó al suelo la dentadura mientras la cepillaba y Hospy salto sobre ella alegremente a hacerla moverse con sus bracitos peludos. Ni Hospy entendía que no había que jugar con las prótesis vitales ni Diego entendía que la vida es festiva y feliz: eran dos caracteres opuestos pero, había que reconocer que, pese a todo, se llevaban bien.
     Así habrían seguido siendo ambos sin problemas hasta el fin de sus vidas de no ser porque Diego, que todavía gozaba de una edad relativamente joven sufría con su soledad tanto que, en ocasiones, agachaba el rostro y comenzaba a sollozar mientras Hospy, el regalo que tenía la misión de alegrar su vida, se plantaba inmóvil frente a él, moviendo hacia atrás las orejas con desconcerto. Algo en concreto le hacía llorar de aquella manera y era que su corazón se había encaprichado de su hermosa vecina, que vivía con su pareja justo en el piso de al lado.
     Diego observaba a su vecina desde su ventana del salón cuando ella se sentaba en el balcón a leer un libro. Ella lo había advertido alguna vez y le había devuelto miradas que habían herido gravemente su pecho con la quemadura del amor. Los obstáculos para las ambiciones de un enamorado sumen a este en la tribulación pero, al mismo tiempo, son acicates para persistir en su deseo e incluso, en la locura del amante, se sienten a veces como si fueran, en realidad, razones que alientan la esperanza. Pese al pesimismo de Diego, su corazón no vio del todo imposible, por este motivo, que aquella mujer le pudiera llegar a amar y de ahí que hubiera concebido unas aspiraciones cuya dificultad extrema le llevaba a la desesperación.
     Así marchaban las cosas cuando, un día, el corazón de Diego dio un vuelco cuando, al abrir la puerta de su casa porque había escuchado sonar el timbre, apareció frente a él la hermosísima vecina. Como suele suceder en estos casos, no venía a aliviar su soledad profunda y doliente sino a pedirle un poco de sal porque siempre se le olvidaba comprarla en el supermercado. Pero, en ese instante, Hospy aprovechó que la puerta estaba abierta para darse una escapadita y no se le ocurrió otra cosa que lanzarse como una flecha al interior de la casa de la vecina.
     Diego, con enfado, le llamó mientras la vecina reía e iba en busca del gato. Diego la siguió a su casa pero, en un buen rato, Hospy no llego a aparecer. Al final, la vecina lo encontró, hecho un ovillo, acostado tranquilamente en el interior del cubo de basura del baño. La vecina lo cogió en sus brazos para dárselo a su alterado dueño, al que el corazón le galopaba por estar tan cerca del objeto de sus sueños. Pero, cuando Diego iba a cogerlo, se mostró extrañamente arisco y, desembarazándose de los brazos de la chica, saltó al suelo y volvió a correr hacia la calle.
     La chica y Diego corrieron tras él y fue así como pudieron, totalmente desentendidos ya de Hospy, que ahora se autoacariciaba contra la pierna del novio de la chica, presenciar el apasionado beso en la boca que este y un amigo suyo se estaban dando en la puerta.
     -¡Pero si eres marica, Alberto! -dijo la chica totalmente conmocionada.
     Alberto se separó de su amigo y dándole un empujón le dijo:
     -Tú y tu amor al riesgo...
     -No entiendo nada -dijo la chica.
     -Soy bisexual, Ana -dijo Alberto. Tras un largo silencio prosiguió:- Espero que no te importe compartirme con José. No quiero engañarte, lo amo igual que a ti, no puedo prescindir de ninguno de los dos... -y añadió con la convicción de que estaba diciendo algo que iba a ser bien acogido:- Me gusta el sexo que me das, eso lo puedes tener claro.
     Ana, la vecina, llevada por la frustración, no pudo dominar sus nervios y dijo con un tono áspero y enfurruñado:
     -Alberto, esta noche no entras aquí pero mañana te llevas todas tus cosas y te vas a la mierda. ¡Fuera de mi vista!
     Diego, que había cogido a Hospy y había vuelto a su casa, había presenciado toda esta escena, a través de la pequeña abertura de la puerta entreabierta, con Hospy en los brazos, que ronroneaba como un loco. Cuando Alberto se marchó escaleras abajo con su amigo, Diego cerró su puerta y dejó al gato en el suelo para ir a cenar. Pero, al cabo de unos minutos, sonó de nuevo el timbre y fue abrir. Era Ana de nuevo que, llena de pundonor venía a pedirle la sal que el incidente del gato había impedido que Diego le prestara. Pero también esta vez Hospy salió como una bala en dirección a la casa de Ana. Diego mostró su impaciencia pero Ana le dijo:
     -Déjalo, el cubo de la basura es su camita preferida. Si me das la sal, te invito a cenar.
     Diego sintió, dentro de sí, cómo el pesado fardo del victimismo y el desaliento, que había actuado como freno contra la libertad que anhelaba su espíritu, pese a haber sido acumulado durante años de negra amargura, se desvanecía de pronto ante el perfume de la ilusión que le traían aquellas sencillas palabras.
     Con el tiempo, Diego tuvo suficientes motivos para rebautizar a su gato pero no quiso ponerle Felix, ni Amor y, quitándole la ese, lo dejó en Hopy, que se parece algo a la esperanza de los ingleses.

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