19 de mayo de 2013

Bogdana

     Lehen Ansorena era un hombre que vivía con amargura su soledad. Su sueldo de repartidor de productos de droguería apenas le daba para un piso mugriento en la calle donde las prostitutas ejercían en mayor número. Lehen jamás había volcado su virilidad en el cuerpo de ninguna mujer. Algo en su infancia le hizo acabar viendo para el resto de su vida, en el contacto físico con las mujeres, una experiencia desprovista de placer. Para siempre, quedó grabado en su sensibilidad el recuerdo de las manos frías y ásperas de su madre sobre su piel cuando lo vestía para ir al colegio pues su trabajo en el campo las había estropeado y vuelto desagradables al tacto. Lehen podía amar la belleza de una mujer pero jamás había llegado a perturbarla con el ímpetu de la pasión.
     En su misma planta, había un piso donde ejercía la prostitución Bogdana, una chica búlgara, tan bella que Lehen sentía una inconfesable adoración por ella y, cuando la veía entrar en su casa con hombres de mal aspecto y maneras ordinarias, una angustiosa desazón brotaba de lo más hondo de su corazón.
     Un día, Bogdana, llamó a su puerta y le pidió, muy apurada, ayuda porque el hombre con el que había venido, se había desmayado y creía que iba a morir si no estaba muerto ya. Lehen fue a la casa de Bogdana a comprobar el estado del hombre. Como le había contado alguien de niño que había que hacer para comprobar si alguien había muerto, mordió fuertemente un dedo del individuo y éste se reanimó pero estaba tan borracho que volvió a quedarse inconsciente. Lehen ayudó a Bogdana a transportarlo a la calle para dejarlo acostado en el portal. Ella le quiso agradecer luego su ayuda sirviéndole una taza de leche con galletas en la cocina. Mientras subía la escalera junto a ella, sintiendo a su lado el sensual balanceo de su cuerpo o una vez en la cocina, observando los ágiles y juveniles movimientos de sus extremidades cuando preparaba la comida con la que le iba a obsequiar, podía experimentar en sí mismo un impulso de atracción que no tenía que ver exactamente con el deseo sexual sino con el júbilo que se puede sentir ante la belleza de una mujer joven, el ser que perpetúa la especie, sagrado, rebosante de vida y lleno de una deliciosa gracia.
     Lehen miraba sus brazos, sus hermosos brazos blancos cruzados sobre su pecho mientras le hablaba de su país, de sus padres y de su casa en un pueblo rural. Le dijo que había trabajado mucho en el campo y que había tenido que emigrar y, su mundo se había vuelto tan complicado y su vida le había colocado en situaciones tan desesperadas que su mejor opción había sido la prostitución. Lehen miró sus manos. Parecían haber conservado todavía la aspereza del trabajo en el campo. Se atrevió a cogerlas y acariciar la palma de una de ellas. En contra de lo que él pensaba, era suave, muy suave, no como las de su madre; había tanta belleza solo en aquella mano que se figuró de pronto que una mujer era un laberinto donde perderse de placer, compuesto de una hermosura ilimitada, infinita, imposible de sortear.
     No podía imaginarse desnudando a aquella mujer y yaciendo con ella hasta el orgasmo pero la deseaba para sí, quería hacerse dueño de aquella belleza desmedida y fascinante. Un intenso deseo convulsionaba su interior. No podía, sin embargo, encontrar salida alguna para él, nadie en la vida le había dicho qué hacer con aquello que le latía dentro. Ella notó, en el modo con que la miraba, totalmente en silencio, la presencia en su espíritu de una gigantesca cantidad de amor, que ansiaba expresarse sin poder. Ella se levantó de la silla y, acercándose a él, apretó su cabeza contra su vientre. Él comenzó a sollozar y con la voz quebrada en el llanto le dijo:
     -Deja la prostitución, por favor. Quiero que seas mía.

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