29 de mayo de 2013

Hombre de pasión

     José Carballal se encontró con su antiguo amigo de la adolescencia Evaristo Dominguez en una terraza de una plaza mayor veraneando en una ciudad costera. Ambos estaban solos en aquel momento y se saludaron con cierta efusión porque, aunque, tras hacer el balance de su relación de amistad una vez que la dieron por acabada, habían comprobado que predominaban las razones para la animadversión por encima de los acicates para el cariño, hacía mucho tiempo que no se veían y pesaba más la añoranza de las correrías del instituto que la tibieza del afecto que se despertaban entre sí.
     José, tras abrazar y dar la mano a Evaristo, se sentó en la mesa de aluminio en que estaba su antiguo amigo dispuesto a escuchar los sucesos más destacados de su vida mientras se tomaba una cerveza disfrutando de la agradable temperatura de la tarde. Varias historias suculentas se desplegaron durante la charla hasta que José le preguntó a Evaristo sobre su estado.
     -Estoy recién casado -respondió Evaristo-; hay que tener a alguien al lado de uno o eso dicen. No se puede tener todo en esta vida pero, al menos eso...
     José no entendió el pensamiento de Evaristo. Para él, su pareja era su felicidad absoluta. ¿Cómo se podía echar de menos nada si se tenía a alguien con quien compartir la vida? Pero lo dejó pasar, en principio, porque quiso pensar que la expresión no se puede tener todo en esta vida no se había pronunciado con verdadera amargura.
     -Para ti será la mujer más guapa del mundo, ¿verdad? -ironizó José para lanzar a continuación una carcajada.
     -No, hombre, no soy tan exigente... -respondió Evaristo.
     Esta respuesta sí le pareció a José que confirmaba que su forma de entender el significado de una relación era muy diferente a la de su antiguo amigo. Pero, no muy seguro de ello, dijo entonces:
     -Oye, y estarás en el séptimo cielo con ella, ¿a que sí?
     -Yo prefiero poner los pies sobre la tierra, no me quiero engañar con quimeras -respondió Evaristo.
     José, después de esto, no volvió a atreverse a insinuar más que, en la vida de su antiguo amigo, brillara luz de esperanza y felicidad alguna. Pero, por salir de dudas, dijo:
     -¿La quieres?
     -Sí, claro; su físico no está del todo mal -respondió Evaristo con el mismo laconismo que en las anteriores ocasiones.
     José sintió entonces como si estuviera hablando con un robot que replicara exactamente todas las partes de la anatomía humana pero carente por completo de emoción alguna. Respiró hondo, se repantigó en el asiento y estiró las piernas y dijo para cambiar de tema.
     -¿Qué hay de aquella afición tuya por el aeromodelismo?
     Solo al oír la palabra aeromodelismo, a Evaristo se le iluminó la mirada y comenzó un entusiasta y locuaz relato de sus adquisiciones y sus premios y le transmitió, con enfáticas expresiones, el placer de contemplar un avión de juguete levantar el vuelo y ascender hasta la altura de la ropa tendida a secar, las antenas de televisión y los pararrayos y veletas. Más de media hora empleó Evaristo en su apasionado monólogo causando perplejidad en José por el ardor y gusto con que hablaba de su afición y abrumándolo con la abundancia de tediosos datos técnicos con que adornó su, de improviso, desatada verborrea.
     Entonces, José, en pleno ataque de malicia y perversidad, decidió descargar sobre aquel hombre todo el peso de su sarcasmo y dijo:
     -¡Cómo hablas del aeromodelismo, Evaristo! La verdad, no entiendo cómo te decantaste por las ciencias si lo tuyo es la Poesía...

Purificado por el dolor

     Alberto Vázquez fue un niño algo miedoso, educado en el amor a Dios y el desprecio de la naturaleza humana. Amaba la libertad, acostumbrado a corretear por los senderos llenos de hierba que circundaban las tierras de cultivo de sus padres pero sobre su alma se fueron sedimentando como losas las sucesivas semanas santas donde la eclosión lujuriosa de la primavera que engalanaba la naturaleza que le rodeaba pasaba a sus sentidos a través del tamiz de una historia de tortura e infamia que hacía de los seres humanos criaturas profundamente indignas que no alcanzaban su perfección ni siquiera después de interminables procesos de purificación, tan duros casi como las penas de después de la vida para los que no querían someterse a ellos.
     Muchos años después, con un oficio de pintor, consiguió liberarse de semejantes creencias pero no de una atormentada aversión por lo humano y de un exigente e inflexible perfeccionismo que, a modo de residuo de ellas, le quedaron en el carácter. Veía natural poner en cuestión su propio valor como artista y como persona cuando, en realidad, nada le torturaba más que la idea de su imperfección. Cuando le elogiaban como artista, pensaba que era una actitud insincera, alentada por un exceso de urbanidad o incluso por un oculto sentimiento de superioridad nacido en el ánimo del hombre que le halagaba, mientras que, cuando el elogio faltaba y su obra solo cosechaba un silencio riguroso, pensaba que era porque le faltaba calidad.
     Muchos años permaneció Alberto sin encontrar a una persona que le ayudara a salir de su soledad pero, cuando Beatriz entró en su vida, tal magia operó en él con su sencillez y su bondadosa manera de ser que, de pronto, sintió como si su vida saliera de una larga condena y descubriera la libertad por primera vez. Pero el veneno de su escepticismo seguía atosigando su espíritu y acabó pensando que la diferencia de edad entre ellos dos solo por una momentánea veleidad había sido pasada por alto por Beatriz pero que pronto se sentiría seducida por un hombre más joven que él, de una edad mucho más próxima a la de ella.
     Como no podía ser de otra forma en un hombre que sentía tal desprecio por sí mismo, los celos le convirtieron en causa de tormentos para la mujer que amaba. Tan pronto escrutaba los sentimientos de ella obsesivamente buscando desesperadamente una prueba firme y contundente de su amor como la acusaba de no amarlo y de haber llegado a su vida para hacerle sufrir y reírse de su vejez, pues se castigaba pensando que era ya un viejo a pesar de no tener sino cuarenta y siete años. Ella llegó a sentir miedo de él y muchas veces se marchó de su lado y pasó largo tiempo alejada, dolida con estas muestras de intransigencia y posesividad. Pero el alma de Alberto, al fin y al cabo, era noble y con tanto afecto suplicaba a Beatriz que volviera, aunque solo fuera para ofrecerle una amistad libre de todo compromiso romántico, que esta acababa accediendo no solo por estas súplicas sino además porque también ella sentía algo muy especial por él.
     Pero, un día, siempre impelido por la desconfianza que sobre su propio valor tenía, Alberto llevó demasiado lejos las quimeras que forjaba su frustración pues llegó a decir en público que Beatriz no era más que una niña ligera que le había seducido para burlarse de él y que los cuadros magistrales que había pintado con ella como modelo eran un botín de celebridad que se llevaría pese a sus perversas intenciones. Se había marchado para siempre, decía, dejándole solo ruina y desolación.
     Estas declaraciones, hechas en medio de la excitación nerviosa por uno de los alejamientos de ella, fueron causa de que Beatriz fuera víctima de una pequeña agresión física por parte de un perturbado que la conocía. Poco después, Alberto la visitó y, lleno de arrepentimiento, le pidió perdón por su comportamiento irresponsable y le advertía que había actuado en medio del delirio y la desesperación.
     -Te perdono y no siento rencor por ti -respondió entonces Beatriz-. Lejos de lo que tú opinas de ti mismo, pienso que eres una persona digna de mi respeto. Pero tengo ahora la convicción de que, quizá sin ser consciente de ello, deseas alejarme de tu vida. Tu más profundo deseo es expulsarme de tu lado para entregarte al dolor y la autocompasión. No puedo seguir sometiéndome a tus vacilaciones y manejos, no te daré más oportunidades; lo siento, es mi última palabra.
     Alberto lloró ante ella suplicándole que volviera pero Beatriz gélidamente le rogó que saliera de su casa y se marchara.
     Alberto tenía muy escasa confianza en sí mismo pero la intensidad y autenticidad de su amor compensaban su poco espíritu de tal forma que comenzó a enviarle cartas a Beatriz cargadas de un afecto infinito donde se mostraba la generosidad del amante que no pide más que el privilegio de poder expresar su amor. Tenía la firme sospecha de que todas sus cartas iban a la basura sin ser leídas siquiera pero ello no le impedía seguir derramando en sus mensajes los sentimientos más hermosos ante la posibilidad de que una sola de aquellas cartas fuera abierta.
     Pero pasaban las semanas y Beatriz no respondía. Ignoraba, además, si seguía en la ciudad o se había marchado, quizá para siempre pues no conseguía que le abriera la puerta ni que contestara a sus llamadas. Su angustiado escepticismo le hacía sentir un presagio de horror tras la ausencia de Beatriz. Creía que podía haber muerto o que jamás la volvería a ver porque había huido de él para ocultarse definitivamente bajo el manto de la muchedumbre anónima que formaban los habitantes del mundo. Nada podía imaginar tan doloroso para él como perder a Beatriz, no volver a ver nunca más a aquella chica tan dulce que había liberado su espíritu con su inocencia de niña. Las lágrimas que derramó pensando en la puerilidad de los intereses que le llevaban a discutir con ella y, por contra, la importancia del afecto que acababa de perder, para siempre quizá, fueron infinitas y amarguísimas.
     Como el dolor no puede mantenerse en su agudeza más alta indefinidamente, cierto día, Alberto comprendió que debía calmar la tempestad de su ánimo; pensó que las posibilidades de que Beatriz hubiera huido de la ciudad o muerto, sin que hubiera de ello más indicio que las infundadas elucubraciones de su mente, eran tan escasas que no debía tenerlas en cuenta y, en cuanto a las cartas, el hecho de que ella las leyera era solo un capricho sin mucha importancia, podía tirarlas todas a la basura pero eso no impedía que supiera que él seguía queriéndola y recordándola. Su alma, como si de verdad hubiera seguido las recomendaciones de su antigua religión, se había purificado por el dolor y ahora empezaba a comprender que los seres humanos eran criaturas de una profunda dignidad, pese a sus miserias; algo divino había en un ser que, como él, podía sentir algo tan puro y generoso por un semejante. Quizá había perdido para siempre el amor de Beatriz pero el dolor que había dejado en su corazón su ausencia se transfiguraba en devoción por un ser que tan profundo amor le había inspirado y que estaba dotado de una perfección tan absoluta.
     Se dedicó entonces a pintar a hombres y mujeres vulgares que encontraba en la calle y aprendió a ver el raudal de nobleza que los conforma, la inmensa belleza de cualquiera de los seres humanos, incluso el más deforme, incluso el más malvado. Perdonó en su corazón a sus semejantes y, por ello, pudo perdonarse también a sí mismo. Fue entonces cuando de verdad sintió que merecía a Beatriz. Se plantó en la puerta de su piso con unos bocadillos y una botella de agua con la intención de esperar todo el día si fuera necesario a que apareciera. Y, en efecto, apareció aunque muy de madrugada. Traía en las manos las cartas del buzón, las últimas que él le había mandado.
     -Beatriz -le dijo entonces-, tal vez no seas distinta de las otras mujeres pero solo por ti puedo sentir lo que siento. Y yo no soy el más perfecto de los hombres, soy simplemente un hombre pero eso sería una razón suficiente para que todas las estrellas del cielo brillaran esta misma noche solo para mí. Jamás volvería a hacerte daño porque me he perdonado definitivamente y no queda en mi espíritu ansia alguna de sufrimiento. Si dejas que busquemos juntos la felicidad que nuestros corazones nos reservan, yo seré tu espejo y, en él, no verás más que belleza y bondad.
     Beatriz rompió a llorar y se abrazó a él y dijo:
     -Entre tú y mi abuela, que está enferma de muerte y tengo que ir a cuidar cuando salgo del trabajo, no paro de llorar...

27 de mayo de 2013

La hermana de Andrés

     Andrés Hidalgo sabía que, cuando le llevaron al orfanato, con dos años, iba acompañado de su hermanita de escasos meses y que ambos estuvieron allí hasta que unos padres distintos adoptaron a cada uno de ellos. Cuando tuvo veintisiete años, inició la búsqueda de su hermana, que le llevó por muchos lugares siguiendo pistas que luego resultaban falsas. Finalmente dio con una chica que tenía gran parecido con él siguiendo uno de esos indicios. Ella se mostró dispuesta cuando le pidió que se sometiera a la prueba del ADN. Los resultados, para alegría de ambos, fueron positivos y, a partir de entonces, comenzaron a verse tan frecuentemente y a pasar juntos tanto tiempo que muy pronto sintieron el uno por el otro un afecto profundo que alcanzó tanta fortaleza que ya nunca nada lo podría quebrar. Una sutil similitud había en sus naturalezas que los volvía tan afines y tan propensos a congeniar que muy pronto se sintieron como si se hubieran conocido de toda la vida.
     Tanto se querían ya que sentían celos de sus parejas y casi preferían pasar el tiempo ellos dos juntos que con su novia o su novio. Pero el rayo de una decepción fulminó el espíritu de Andrés cuando recibió una carta dándole una información que había pedido mucho tiempo antes y que le permitió descubrir que su hermana, a los pocos meses de haber ido al orfanato había vuelto a la casa de su madre y vivía actualmente con ella muy lejos de donde había encontrado a la que hasta entonces pensaba que era su hermana. Andrés, antes de desplazarse a ese lugar, quiso volver a hacer la prueba del ADN y fue esta segunda prueba la que confirmó que la chica no era su verdadera hermana.
     Ambos se despidieron muy tristemente un día de abril, el mismo en que él emprendió el viaje a la ciudad donde vivían sus padres y su hermana para tener su primer encuentro con ellos. La alegría de sus padres a su llegada por haber recuperado a su hijo tras tantos años de ausencia y vicisitudes, le fue manifestada muy ostensiblemente por ellos. Sin embargo, la actitud de su hermana le pareció más bien arrogante y desapegada. Su carácter le pareció mezquino, altanero y lleno de frívola trivialidad. Quisiera haber pasado una larga temporada en casa de sus padres biológicos pero la presencia ingrata de la hermana le hacía odiosa la estancia en aquel hogar y volvió a casa de sus padres adoptivos, a seguir con su trabajo de diseñador gráfico y a salir con su novia de siempre.
     Pero, cuando estaba con su novia, no podía evitar acordarse de la adorable y maravillosa chica que había considerado su hermana durante unos meses y el dolor de haberla perdido era la única emoción fuerte que emergía en esas ocasiones, haciendo desaparecer todo rastro de amor por su novia. Tan manifiestamente se mostraba ese desapego que ella decidió dar por terminada la relación y Andrés, sin muchas muestras de disconformidad, proclamó el nihil obstat.
     Ante este fracaso amoroso, Andrés quiso enterrarse en su trabajo diseñando las portadas para autores autofinanciados más excepcionales que su talento lograra jamás pero, tras tres días leyendo bazofia, montó en su coche y sin decir a nadie dónde iba, fue a visitar a la encantadora chica que había usurpado el papel de su auténtica hermana durante los meses más maravillosos que recordaba de toda su vida. Quería volverla a ver siquiera unas horas, hablar con ella, mirarla otra vez a aquellos ojos tan bellos que tenía, verla sonreír, besarla en la mejilla, cogerla de las manos, abrazarla... y despedirse otra vez de ella, no importaba si era ya para siempre.
     Elvira, la chica, le recibió con una alegría desbordante y muy pronto se volvió a manifestar entre ellos la corriente de afinidad y complicidad que los unía cuando estaban juntos. Hasta tal punto se hizo esto evidente que su novio le puso un ultimatum y ella se vio en la necesidad de despedir a su hermano fingido. En el momento de volverse a separar, Andrés la abrazó con fuerza y, cuando volvió a mirarla, tanto dolor sintió creyendo que jamás iba a volver a verla que se le cayeron las lágrimas. Ella le secó el rostro con los dedos y le dijo:
     -No llores, hermanito; mi novio es un idiota. Es a ti a quien yo prefiero.
     -Pero tú necesitas una persona con la que formar una familia -dijo Andrés entre pucheros.
     Elvira le dio tres o cuatro besos seguidos en la mejilla, volvió a secar sus lágrimas y le dijo:
     -Tontín.

24 de mayo de 2013

El seminarista

     Enrique quería ser un sacerdote ejemplar. Su aptitud para el estudio le había dado unas notas extraordinarias en el seminario. Pero estaba perturbado por una obsesión: sentía que su brillantez despertaba en su corazón el pecado del orgullo. Continuamente confesaba con el Padre Juan sus angustiosos remordimientos porque se amaba a sí mismo desmesuradamente, incluso deseando en lo más íntimo de su ser que los otros seminaristas fueran mucho más mediocres que él.
     -A quien se humilla, Dios lo ensalza, Padre Juan -decía en el confesionario un día-. Pero yo ansío la humillación de mis hermanos. ¡Qué puedo hacer! ¡El demonio está siendo más fuerte que yo, Padre!
     El Padre Juan le respondía echando mano de su escepticismo acerca del género humano:
     -Hijo, no somos más que una piltrafa, no valemos nada, todo nuestro valor procede de Dios, que nos ensalza cuando lo considera oportuno...
     Pensamientos como este y su acendrada aversión a la vanidad, que, sin poder evitarlo, contaminaba su espíritu, le impulsaban, sí... a castigar su cuerpo con el ayuno y, a veces también reteniendo sus otras necesidades fisiológicas. Pero él seguía deseando la humillación del resto de los estudiantes e incluso la de los profesores. Se veía superando al Padre Juan en una discusión teológica en latín o consiguiendo ser elegido obispo o ¿por qué no? llegar a cardenal y, después, ganar el papado.
     -Sí, eso te gustaría, maldito -se decía a sí mismo para causarse martirio-: ser Papa; para corromper la pureza del cargo con tu arrogancia maligna. No hay ser tan despreciable como tú en toda la Tierra...
     Tan mal le fue en su vida moral que acabó yendo a un psiquiatra porque el exorcista no consideró el caso como posesión.
     El psiquiatra, que, cosa poco común en los de su oficio, era irrespetuoso y de mal carácter, cuando Enrique le contó su historia, le soltó, lleno de sarcasmo:
     -Caballero, no es orgullo sino más bien humildad: ser mejor estudiante que los demás sería pura arrogancia de su parte si, aparte de eso, fuera algo más, lo que no es su caso...

23 de mayo de 2013

Curar en salud

     Javi no quería que a su gato le hicieran una intervención quirúrgica a la que iba completamente sano pero de la que saldría grotescamente mutilado. Su padre sí quería porque, aunque se vanagloriaba de su amor a los animales y denunciaba cualquier maltrato del que tuviera noticia con la fuerza reivindicativa de un sindicalista de los animales, la verdad es que no quería que, cuando el gato fuera más adulto, molestara nada en casa. A su madre, le daba algo más de pena pero era la que tenía que limpiar el hogar y era, además, de esas mujeres a las que les gusta tirar de los hilos, arrancar pelotillas y cortar todo lo que cuelga como a Dalila. Su hermana era la más ferviente defensora de la castración de Fredy, el gatito de Javi, porque decía que su hermano siempre tenía todos los caprichos que quería y ella no y que ya era hora de que cumpliera con su obligación y dejara que al gato le hicieran lo que está mandado y decretado para los arrogantes machos.
     La mañana del sábado, Javi, con la circunspección de un verdugo piadoso, metió a Fredy en su jaulita y, llevándola de la mano, fue con su padre al aparcamiento del sótano para ir en coche hasta la prestigiosa clínica del veterinario más célebre de la ciudad, don Ramón Repelo.
     Don Ramón Repelo había ganado su prestigio hablando de sus experiencias de alumno de privilegiado talento en su época de la Sorbona. No se conocía ningún testigo de su presencia en la Sorbona, ni siquiera de que hubiera estado ausente de la ciudad los años en que decía que había estado estudiando en Francia; de hecho, si él no introdujera a cada momento en su cháchara ampulosa y retórica el tema de sus estudios en la Sorbona, los que le conocían de muchos años atrás habrían vacilado incluso a la hora de asegurar que hubiera superado los estudios de Bachillerato.
     Javi, al entrar en la clínica y ver, en el pasillo, aquel cuadro con las caras de todos los licenciados en Veterinaria de la Sorbona de la promoción de don Ramón Repelo, así recortaditas las cabezas y con aquel semblante tan adusto, se acordó de la Revolución Francesa y pensó si, para Fredy, el veterinario utilizaría también una guillotina por ser un instrumento indoloro y compasivo.
     Una enfermera les condujo a la sala de espera. Y, desde allí, pudieron oír cómo don Ramón se negaba a voz en grito a dar tratamiento a la serpiente de un cliente, a pesar de que, con lágrimas en los ojos, le rogaba que hiciera un milagro con ella.
     -¡En mi vida me he sentido tan humillado, amigo mío! -decía el veterinario-. La enfermedad de esa cosa es demasiado sencilla para mí. Llévela a otro veterinario de menos categoría, hágame el favor... ¡Yo he estudiado en la Sorbona, señor, no en una facultad de provincias!
     -Por favor, la he llevado a otros y no saben lo que tiene... -decía el cliente haciendo pucheros.
     -Caballero, respéteme, por favor -dijo el veterinario-. Es mi última palabra.
     Al cabo de mucho esperar, le tocó el turno al gato de Javi. Fredy era un gato muy vital; siempre estaba corriendo, saltando y jugueteando con todo. Su energía era asombrosa para cualquiera que le viera en acción en sus momentos de mayor entusiasmo. Eso hacía que a Javi le doliera más el trance por el que estaba a punto de pasar.
     Al parecer, tan nervioso había quedado don Ramón con el incidente de la serpiente que, en lugar de inyectarle a Fredy anestesia, le puso un simple antibiótico. Por eso, en cuanto Fredy notó que una parte suya tan vital de su anatomía como la excusada era objeto de manipulaciones, se revolvió con la agilidad del felino que era y, sin que nadie viera cómo había conseguido subir hasta allí (tan rápido fue su salto), quedó sujeto por las uñas al rostro del insigne sorbonense mientras le mordía la nariz, provocando tales alaridos en el hombre que cualquiera diría que había visitado la cínica una especie rara.
     Cuando Fredy se soltó de la venerable cara de don Ramón y Javi consiguió recogerlo de debajo de un armario donde se había refugiado, el ilustre veterinario, con el rostro hecho un ecce homo, pidió al padre de Javi que se marchara a otra clínica a hacer la castración porque, le dijo, el animal que asocia a un veterinario con el peligro es incapaz de dejarse manipular por él y esa era una ley inexorable que había aprendido él en su asignatura de cuando estudió en la Sorbona, Psicoanálisis Animal.
     Javi y su padre se marcharon en busca de otro veterinario y, preguntando a la gente, consiguieron hallar uno que había estudiado en Murcia pero que les recomendó que dejaran al pobrecito animal con los testículos en el sitio en el que se los había puesto la naturaleza porque, con toda seguridad, era donde más los iba a disfrutar el bichito. El padre de Javi, dio un resoplido y le dijo a su hijo que cogiera la jaulita de Fredy porque volvían a casa y que ojalá Fredy disfrutara muchos años de sus atributos de gato.

21 de mayo de 2013

Cómo Hospy llegó a ser Hopy

     Hospy tenía mucho más sentido del humor que el hombre solitario y triste en cuya casa vivía y al que se empeñaba en vano en alegrarle la vida. Muchas veces interrumpía sus tareas frente al ordenador interponiendo su cuerpo dúctil entre él y el aparato y brindándole su pelaje cuya superficie oscilaba gradualmente del blanco amarillento al marrón oscuro, que era el color de sus orejas y la mayor parte de su rostro. Pero el hombre le cogía entonces y lo encerraba en la cocina, con lo que quedaban desairadas su belleza y su sensualidad, tan generosamente entregadas al disfrute del otro. Su nombre lo debía al negro humor y al pesimismo de ese hombre pues, habiendo sido el regalo de su sobrina tras una hospitalización para alegrarle la vida, a este hombre, llamado Diego Fernández, se le ocurrió que sería gracioso ponerle ese apelativo, tan impregnado de sarcasmo e indisimulado rencor por la vida.
     Por la noche, si Diego olvidaba cerrar la puerta del dormitorio por pura desidia, Hospy subía a su cama y, pasaba largo tiempo acostado tranquilamente sobre el cuerpo, embutido bajo las mantas, del hombre, quien no se dignaba a moverse para liberarse del peso del intruso por esa pereza que da la sabiduría de los pesimistas, que piensan que, si se lucha contra un mal, vendrá otro peor más tarde.
     Un día a Diego se le cayó al suelo la dentadura mientras la cepillaba y Hospy salto sobre ella alegremente a hacerla moverse con sus bracitos peludos. Ni Hospy entendía que no había que jugar con las prótesis vitales ni Diego entendía que la vida es festiva y feliz: eran dos caracteres opuestos pero, había que reconocer que, pese a todo, se llevaban bien.
     Así habrían seguido siendo ambos sin problemas hasta el fin de sus vidas de no ser porque Diego, que todavía gozaba de una edad relativamente joven sufría con su soledad tanto que, en ocasiones, agachaba el rostro y comenzaba a sollozar mientras Hospy, el regalo que tenía la misión de alegrar su vida, se plantaba inmóvil frente a él, moviendo hacia atrás las orejas con desconcerto. Algo en concreto le hacía llorar de aquella manera y era que su corazón se había encaprichado de su hermosa vecina, que vivía con su pareja justo en el piso de al lado.
     Diego observaba a su vecina desde su ventana del salón cuando ella se sentaba en el balcón a leer un libro. Ella lo había advertido alguna vez y le había devuelto miradas que habían herido gravemente su pecho con la quemadura del amor. Los obstáculos para las ambiciones de un enamorado sumen a este en la tribulación pero, al mismo tiempo, son acicates para persistir en su deseo e incluso, en la locura del amante, se sienten a veces como si fueran, en realidad, razones que alientan la esperanza. Pese al pesimismo de Diego, su corazón no vio del todo imposible, por este motivo, que aquella mujer le pudiera llegar a amar y de ahí que hubiera concebido unas aspiraciones cuya dificultad extrema le llevaba a la desesperación.
     Así marchaban las cosas cuando, un día, el corazón de Diego dio un vuelco cuando, al abrir la puerta de su casa porque había escuchado sonar el timbre, apareció frente a él la hermosísima vecina. Como suele suceder en estos casos, no venía a aliviar su soledad profunda y doliente sino a pedirle un poco de sal porque siempre se le olvidaba comprarla en el supermercado. Pero, en ese instante, Hospy aprovechó que la puerta estaba abierta para darse una escapadita y no se le ocurrió otra cosa que lanzarse como una flecha al interior de la casa de la vecina.
     Diego, con enfado, le llamó mientras la vecina reía e iba en busca del gato. Diego la siguió a su casa pero, en un buen rato, Hospy no llego a aparecer. Al final, la vecina lo encontró, hecho un ovillo, acostado tranquilamente en el interior del cubo de basura del baño. La vecina lo cogió en sus brazos para dárselo a su alterado dueño, al que el corazón le galopaba por estar tan cerca del objeto de sus sueños. Pero, cuando Diego iba a cogerlo, se mostró extrañamente arisco y, desembarazándose de los brazos de la chica, saltó al suelo y volvió a correr hacia la calle.
     La chica y Diego corrieron tras él y fue así como pudieron, totalmente desentendidos ya de Hospy, que ahora se autoacariciaba contra la pierna del novio de la chica, presenciar el apasionado beso en la boca que este y un amigo suyo se estaban dando en la puerta.
     -¡Pero si eres marica, Alberto! -dijo la chica totalmente conmocionada.
     Alberto se separó de su amigo y dándole un empujón le dijo:
     -Tú y tu amor al riesgo...
     -No entiendo nada -dijo la chica.
     -Soy bisexual, Ana -dijo Alberto. Tras un largo silencio prosiguió:- Espero que no te importe compartirme con José. No quiero engañarte, lo amo igual que a ti, no puedo prescindir de ninguno de los dos... -y añadió con la convicción de que estaba diciendo algo que iba a ser bien acogido:- Me gusta el sexo que me das, eso lo puedes tener claro.
     Ana, la vecina, llevada por la frustración, no pudo dominar sus nervios y dijo con un tono áspero y enfurruñado:
     -Alberto, esta noche no entras aquí pero mañana te llevas todas tus cosas y te vas a la mierda. ¡Fuera de mi vista!
     Diego, que había cogido a Hospy y había vuelto a su casa, había presenciado toda esta escena, a través de la pequeña abertura de la puerta entreabierta, con Hospy en los brazos, que ronroneaba como un loco. Cuando Alberto se marchó escaleras abajo con su amigo, Diego cerró su puerta y dejó al gato en el suelo para ir a cenar. Pero, al cabo de unos minutos, sonó de nuevo el timbre y fue abrir. Era Ana de nuevo que, llena de pundonor venía a pedirle la sal que el incidente del gato había impedido que Diego le prestara. Pero también esta vez Hospy salió como una bala en dirección a la casa de Ana. Diego mostró su impaciencia pero Ana le dijo:
     -Déjalo, el cubo de la basura es su camita preferida. Si me das la sal, te invito a cenar.
     Diego sintió, dentro de sí, cómo el pesado fardo del victimismo y el desaliento, que había actuado como freno contra la libertad que anhelaba su espíritu, pese a haber sido acumulado durante años de negra amargura, se desvanecía de pronto ante el perfume de la ilusión que le traían aquellas sencillas palabras.
     Con el tiempo, Diego tuvo suficientes motivos para rebautizar a su gato pero no quiso ponerle Felix, ni Amor y, quitándole la ese, lo dejó en Hopy, que se parece algo a la esperanza de los ingleses.

19 de mayo de 2013

Bogdana

     Lehen Ansorena era un hombre que vivía con amargura su soledad. Su sueldo de repartidor de productos de droguería apenas le daba para un piso mugriento en la calle donde las prostitutas ejercían en mayor número. Lehen jamás había volcado su virilidad en el cuerpo de ninguna mujer. Algo en su infancia le hizo acabar viendo para el resto de su vida, en el contacto físico con las mujeres, una experiencia desprovista de placer. Para siempre, quedó grabado en su sensibilidad el recuerdo de las manos frías y ásperas de su madre sobre su piel cuando lo vestía para ir al colegio pues su trabajo en el campo las había estropeado y vuelto desagradables al tacto. Lehen podía amar la belleza de una mujer pero jamás había llegado a perturbarla con el ímpetu de la pasión.
     En su misma planta, había un piso donde ejercía la prostitución Bogdana, una chica búlgara, tan bella que Lehen sentía una inconfesable adoración por ella y, cuando la veía entrar en su casa con hombres de mal aspecto y maneras ordinarias, una angustiosa desazón brotaba de lo más hondo de su corazón.
     Un día, Bogdana, llamó a su puerta y le pidió, muy apurada, ayuda porque el hombre con el que había venido, se había desmayado y creía que iba a morir si no estaba muerto ya. Lehen fue a la casa de Bogdana a comprobar el estado del hombre. Como le había contado alguien de niño que había que hacer para comprobar si alguien había muerto, mordió fuertemente un dedo del individuo y éste se reanimó pero estaba tan borracho que volvió a quedarse inconsciente. Lehen ayudó a Bogdana a transportarlo a la calle para dejarlo acostado en el portal. Ella le quiso agradecer luego su ayuda sirviéndole una taza de leche con galletas en la cocina. Mientras subía la escalera junto a ella, sintiendo a su lado el sensual balanceo de su cuerpo o una vez en la cocina, observando los ágiles y juveniles movimientos de sus extremidades cuando preparaba la comida con la que le iba a obsequiar, podía experimentar en sí mismo un impulso de atracción que no tenía que ver exactamente con el deseo sexual sino con el júbilo que se puede sentir ante la belleza de una mujer joven, el ser que perpetúa la especie, sagrado, rebosante de vida y lleno de una deliciosa gracia.
     Lehen miraba sus brazos, sus hermosos brazos blancos cruzados sobre su pecho mientras le hablaba de su país, de sus padres y de su casa en un pueblo rural. Le dijo que había trabajado mucho en el campo y que había tenido que emigrar y, su mundo se había vuelto tan complicado y su vida le había colocado en situaciones tan desesperadas que su mejor opción había sido la prostitución. Lehen miró sus manos. Parecían haber conservado todavía la aspereza del trabajo en el campo. Se atrevió a cogerlas y acariciar la palma de una de ellas. En contra de lo que él pensaba, era suave, muy suave, no como las de su madre; había tanta belleza solo en aquella mano que se figuró de pronto que una mujer era un laberinto donde perderse de placer, compuesto de una hermosura ilimitada, infinita, imposible de sortear.
     No podía imaginarse desnudando a aquella mujer y yaciendo con ella hasta el orgasmo pero la deseaba para sí, quería hacerse dueño de aquella belleza desmedida y fascinante. Un intenso deseo convulsionaba su interior. No podía, sin embargo, encontrar salida alguna para él, nadie en la vida le había dicho qué hacer con aquello que le latía dentro. Ella notó, en el modo con que la miraba, totalmente en silencio, la presencia en su espíritu de una gigantesca cantidad de amor, que ansiaba expresarse sin poder. Ella se levantó de la silla y, acercándose a él, apretó su cabeza contra su vientre. Él comenzó a sollozar y con la voz quebrada en el llanto le dijo:
     -Deja la prostitución, por favor. Quiero que seas mía.

18 de mayo de 2013

Desamor

     Pablo conducía en silencio con el entrecejo fruncido y la boca torcida en un rictus de rencor. De pronto estalló en una exclamación:
     -¡María, deja de llorar de una vez, me estás poniendo nervioso!
     -Pablo, ¿por qué tienes que ser tan crudo conmigo? -dijo María sollozando-. Ten compasión...
     -¡No puedo tener compasión contigo, no puedo tener compasión...! -dijo, con algo más de calma, Pablo-. Te he visto llorar hasta en la iglesia. Eso es una vergüenza, ¿me entiendes? Tienes que dominarte.
     -No me amas, Pablo, no me quieres, ¿por qué? -dijo María-. ¿Qué te he hecho yo? ¿Qué ha cambiado desde que nos casamos?
     -No pienso seguirte la corriente, María -dijo Pablo-. Si te aburres, ve a la ópera pero no te entregues a tus fantasías delirantes. Sabes que soy un buen marido, María. Lo sabes. Tu padre me aprecia de verdad. No puedes tener queja alguna de mí.
     María con la mirada perdida más allá del parabrisas, los ojos todavía humedecidos y con el rimmel corrido, dijo de pronto, sintiéndose ella misma como una loca en medio de una visión:
     -Quiero el divorcio, Pablo. Quiero rehacer mi vida con un hombre que me quiera.
     Pablo lanzó una carcajada.
     -¡Qué cosas tienes! -dijo-. ¿Y qué quieres, un escándalo? Venga, María, que sí te quiero, y déjame ya en paz...
     María, con el tono de una niña pequeña dolida porque no le dan su capricho, respondió:
     -Ojalá me hubiera casado con Alberto; él me querría más que tú.
     -¡Toma, y yo con Ana! -dijo Pablo-. Pero no eran de buena familia. El matrimonio hay que hacerlo con la cabeza y no con los pies.
     María calló. Embargada por la desolación, sintió que su dolor no tenía remedio alguno. Para siempre, la torturarían las dudas acerca del afecto de su marido, un afecto en el que no tenía fe porque, aunque no lo supiera, tampoco ella lo amaba a él.

17 de mayo de 2013

El congreso crepuscular

     Hace unos años, en Pennsylvania, EE.UU. se celebró un congreso de Erotología, en el que se intentó alcanzar una definición aceptable de lo que era el amor. Pero en las más de treinta ponencias que se hicieron, no hubo ninguna coincidencia, ni siquiera en las cuestiones más básicas. Unos decían que el amor era cosa de la entrepierna, otros que del cuerpo entero, otros que del cerebro, otros que del corazón. Unos hablaban de relación carnal, otros de sentimiento espiritual, otros de borrachera del alma, otros de cordura y armonía vital. Al final, se reunieron todos los ponentes en una sala en secreto para intentar averiguar a qué se debía tanta disparidad de visiones sobre un mismo tema. Uno de los ponentes dijo, para empezar, que había elaborado su intervención basándose en sus propias experiencias; estaba convencido de que el amor era desfogue y poco más porque era lo que le ocurría a él. Lo mismo dijeron todos los demás, sorprendidos del error cometido. Ninguno de ellos había dicho del amor una cosa que no le ocurriera a él mismo.
     Uno de ellos, una persona muy modesta que había dicho que el amor era sentirse valorado por otro, dijo que estaba dispuesto a modificar su criterio por otro más válido. En cambio, el que había dicho que el amor era generosidad y entrega puras dijo:
     -No es necesario que nadie modifique su criterio. Es claro que cada persona vive el amor a su manera porque ama a un ser único usando un corazón también único. Propongo que nos dediquemos al cultivo de orquídeas y que cada hijo de vecino haga de su corazón lo que le venga en gana.
     Y así fue como la Erotología se recicló derivando sus actividades a la jardinería para que sus estudiosos no se quedaran en el paro.

El desmedido interés del panadero

     Un trabajador autónomo del sector de la harina y sus derivados concibió lo que parecían románticas aspiraciones por una mujer que trabajaba en el sector servicios, en el ramo de la estética. En sus sueños primaverales, el panadero se veía sumando, con la ayuda del sueldo de la peluquera, una renta mensual paradisíaca y más aún contando con que planeaba subir muy pronto el precio de su pan.
     Con estos y otros pensamientos, se enamoró tan perdidamente de la belleza de la peluquera que imaginó que su amor era eterno y que todo lo que deseaba en el mundo era abrazarse a esa mujer y fundirse con ella en un beso apasionado para sellar la más ardiente de las pasiones amorosas. De paso, también le tocaría los pechos y le sobaría el trasero porque era lo primero que le venía a la cabeza cuando la veía.
     Llegó irremediablemente el difícil momento de someter al veredicto de su amada sus pretensiones y, cuando halló adecuada ocasión para declararle a la peluquera su deseo, con franqueza, se lo declaró.
     Ella, muy amablemente, respondió que no le importaba ser amada de aquella manera tan profunda pero que, lamentablemente, no podía corresponder en la misma medida a aquel afecto tan halagador para ella. En todo caso, le dijo, podía contar con su afecto de amiga.
     El panadero, al ver que no era correspondido, tanto se quería a sí mismo por encima de todo el resto del mundo que su amor por la peluquera se esfumó como una pelusa tragada por un aspirador y ni siquiera sintió interés por la oferta de amistad que ella le hizo. Pero como era amigo de las matemáticas y de las elucubraciones hipotéticas, por curiosidad, le preguntó cuánto ganaba en la peluquería. La respuesta de la peluquera le pareció un sueldo tan escuálido que, aunque hubiera cambiado en ese mismo instante de opinión y hubiera correspondido al amor que le había declarado minutos antes, su antes arrebatadora pasión habría permanecido en el figurado cubo de la basura al que la acababa de tirar.

15 de mayo de 2013

El corazón del agricultor

     Luis Felipe trabajaba de sol a sol desde su adolescencia. Lo mismo regaba una plantación que dispersaba insecticidas soportando durante horas a la espalda una mochila de 15 litros, cortaba miles de alcachofas en una mañana con atropellada ligereza o plantaba lechugas con el ímpetu y regularidad de una máquina. Del mismo modo, al llegar el domingo, con la diligencia y voluntad de un trabajador inagotable navegaba vientres en los prostíbulos, a los que iba acompañado de los compañeros de profesión, gente sacrificada siempre dispuesta a cumplir su obligación de hombres dondequiera que estuvieran. Inmediatamente después de la precipitada cópula, era costumbre ir al bar a embriagarse con sucesivos vasos de vino barato mientras conversaban sobre las tareas de la semana y sobre las miserias y fragilidades de las vidas de la gente del pueblo, en lo que mostraban una virulencia especial de censores colmados de indignado rigor.
     Luis Felipe, una semana, comenzó a sentir en su corazón el peso de tanto esfuerzo y desgaste. Había visto el lunes, al ir a una tienda, a una chica con un rostro tan hermoso y delicado que un dolorcillo dulzón le martirizó el alma mientras cortaba alcachofas o brócoli o peleaba con su viejo motocultor a lo largo de inmensos huertos de naranjas.
     -Nunca me querría a mí esa chica tan guapa... -se decía de cuando en cuando-. Soy feo, no tengo maneras, no soy hombre de mundo ni sé expresarme con delicadeza.
     Lo cierto es que, por las noches, Luis Felipe leía mucho y no carecía de cierta dosis de cultura pues había ido al instituto hasta el último año. Ahora, a esas horas, no paraba de leer un poema de Bécquer del que le obsesionaba sobre todo esta estrofa:

Mientras la ciencia a descubrir no alcance
las fuentes de la vida,
Y, en el mar o en el cielo, haya un abismo
que, al cálculo, resista;
mientras la humanidad, siempre avanzando,
no sepa a dó camina;
mientras haya un misterio para el hombre,
¡habrá poesía!

     No sabía por qué, necesitaba creer en la existencia de una dimensión distinta a la que mostraba la conversación implacable y llena de obviedad de los compañeros los domingos en el bar, algo que no supiera explicarse ni un científico, que, a fin de cuentas, no dejaba de ser como cualquier cliente de los bares pero con un poco más de conocimientos. De tal manera se abatió su ánimo, que el domingo se quedó solo fuera del prostíbulo a esperar a los amigos como si fuera a ir con ellos luego al bar aunque, cuando llegó el momento, ni siquiera los acompañó y volvió a casa solo, completamente sobrio, musitando los versos de Bécquer.
     El lunes volvió a la tienda de la anterior semana y, para tormento de su corazón, volvió a actuar sobre su corazón la causa de su melancolía pues de nuevo vio allí a la hermosa muchacha de la otra vez. Su entendimiento no hallaba la forma de atravesar el muro que le separaba de aquella persona, todo era diferente en ella, no parecía tener nada en común con él, a su juicio; no se le ocurría una sola palabra que decirle, no era como uno de los hombres del bar. Sin embargo, sus sentimientos le decían que, en la belleza de aquella mujer, había algo tan familiar que dejar de aprovechar, en ese instante, la oportunidad de crear un lazo con ella era tan incomprensible como no saludar a un hermano al que no se ha visto desde hace años. Pese a esa familiaridad, su corazón palpitaba como frente a un misterio inefable ante el que se experimenta la inquietud de la incertidumbre. Era tan grande el clamor de su corazón, que, pese a lo impenetrable de la barrera que le separaba de ella, pese a que su entendimiento le decía una y mil veces que era imposible encontrar el puente hacia aquella otra orilla donde se manifestaba la hermosura tan abundantemente que le recordaba a un mar, su voluntad, tan férrea siempre para negarse los deseos de su libertad y para cumplir debidamente con sus obligaciones, esta vez le impulsó a realizar el sueño más dulce jamás concebido durante su vida. Se aproximó a la muchacha y le dijo, de pronto, sin importarle que no hubiera lógica de ningún tipo tras aquellas palabras:
     -Te llamas Poesía... 

14 de mayo de 2013

Amor

     David aproximó sus labios a la boca de Elisa, con el pecho palpitándole intensamente, después de que ambos se miraran en silencio, con el brillo de amor iluminando sus pupilas. Pero, antes de que sus bocas cayeran en una búsqueda ansiosa de carnalidad y materia, Elisa, con la respiración agitada, puso la palma de su mano en el pecho de David y dijo:
     -No, David... solo amigos...
     El dolor de una decepción inmensa ensombreció el ánimo de David el resto del día pero, antes de dormirse, echado, en soledad, en su lecho, volvió hacia Elisa sus pensamientos y, consciente de que no hay fuerza en el mundo que destruya una amistad y de que el amor por un buen amigo es una fuente inagotable de felicidad, contemplando la perspectiva de una vida entera gozando del afecto puro y desinteresado que les uniría a Elisa y a él, sintió una dicha tan desmesurada que su corazón le falló pero, como era tanto el placer que sentía, no notó el dolor y abandonó la vida feliz y enamorado.

12 de mayo de 2013

Momentos duros

     -He tenido momentos verdaderamente duros en mi vida, momentos en los que veía que perdía para siempre lo que más quería. Curiosamente ocurren cada diez años. Uno de ellos fue cuando nos eliminaron en los mundiales del 86', otro, cuando murió mi padre, otro cuando me separé de mi esposa y, ahora... ahora también he perdido un amigo al que quería mucho, de toda la vida, por un error que he cometido.
     El psiquiatra, que escuchaba atentamente las palabras del enfermo preguntó entonces:
     -¿Y cuál es ese error? Explíqueme un poco...
     El enfermo miró algo perplejo al psiquiatra y dijo con cierta impaciencia en el tono:
     -¿Pues qué va a ser? Que aún me faltaban tres años...

Un banquero

     El director del banco cogió de encima de su mesa el móvil, que estaba repiqueteando con una melodía de moda y atendió la llamada.
     -Soy yo, Antonio... -dijo la voz desvaída del otro lado.
     -Hola, primo, ¿qué pasa? -dijo el director.
     -Estoy desesperado, mi mujer se quiere separar. ¿Qué hago? No puedo vivir sin ella -dijo Antonio.
     -No, hombre, no te preocupes -dijo el director tranquilamente-. Lo que suman las aportaciones de ella a tu renta es una miseria.
     -¡Alfredo, por favor! ¡Yo la amo...! -dijo Antonio alterado por la desesperación.
     -Perdona, hombre, como has empezado hablándome de dinero... -dijo el director.

11 de mayo de 2013

El hombre sensible

     Federico demostró en la escuela un talento inaudito y la maestra propuso a sus padres, personas de muy escasa capacidad económica dedicadas al duro trabajo en el campo como jornaleros, que permitieran al niño trasladarse a su propia residencia donde tendría un ambiente más enriquecedor para sus capacidades intelectuales que en su casa paterna. Ella y su marido se encargarían de darle la manutención, educación y hasta el cariño necesario hasta el momento en que terminara sus estudios. Sus padres aceptaron el compromiso con cierta tristeza, atendiendo a que el futuro del niño estaría mejor garantizado de esa manera y también, acaso, a que las aptitudes de su hijo les sacarían de la miseria. 
     Federico consiguió con los años una esmerada educación. La maestra que lo adoptó era de familia acomodada; su cultura, sus costumbres y sus maneras eran extremadamente refinadas y estas pasaron también a formar parte de la forma de ser de Federico. Su sensibilidad en este ambiente, se agudizó en extremo y destacó como poeta en los años de la universidad. Conoció a una muchacha de la que se enamoró ardientemente. Las reticencias que ella sentía a acceder a las demandas amorosas de él, exacerbaron su sentimiento amoroso y solo cuando le demostró que la amaba con la más absoluta generosidad, sin sombra de interés posesivo alguno, ella le abrió su corazón de par en par.
     Pero, con el pasar de los meses, mientras que en sus poemas brillaba una generosidad sublime, su novia Andrea se sentía encadenada a una relación en la que apenas contaban sus deseos y su manera de ser pues Federico parecía querer hacer de ella solo el recipiente en el que verter sus impulsos, frustraciones y dudas. Tanto dolor le causó esta actitud que decidió cortar la relación repentinamente. Federico, angustiado por este fracaso amoroso, empleó las súplicas más conmovedoras que concibió su excitable sensibilidad pero la decisión de Andrea se mostró irrevocable y los días y semanas siguientes fueron, para él, un tiempo de sombría amargura. 
     Su madre biológica enfermó en ese momento y él, muy a su pesar, pues no tenía el pensamiento más que para su amada Andrea, hubo de visitarla. Hacía muchos años que no visitaba a sus padres y, al volver a la casa paterna, se vio perturbado por un sentimiento de repugnancia e impaciencia cuando comprobó la rudeza de maneras de ellos y la falta de delicadeza que manifestaba su conversación. Por ello, alguna vez, levantó el tono de su voz para mostrar agriamente su descontento por estar allí en aquel momento y, al apercibirse de esto su madre, le dijo, con ánimo censurador:
     -Federico, un hombre no es bueno por lo que aparenta sino por lo que hace. 
     Ya de vuelta al hogar adoptivo, en la soledad de su habitación, marcó el número de teléfono de Andrea para suplicarle por enésima vez que regresara con él pero no contestó la llamada. Era la cuarta vez ese día que llamaba a Andrea sin que descolgara. Andrea estaba de viaje por Europa y su imaginación, alterada por la culpabilidad que sentía por haber tratado de aquella manera a su madre enferma, le hizo temer con la intensidad casi de una evidencia que a Andrea le había ocurrido una desgracia. Sumido en la angustia por la separación, a la que ahora se añadía la ansiedad que le producían las dudas sobre el estado de Andrea, le encontró la madrugada. Su desesperación era tan intensa que salió a la calle a pasear. 
     En las solitarias calles, encontró un poco de serenidad para recapacitar. Pensó en el abandono de Andrea, en las razones que le expuso para tomar aquella decisión, recordó lo que había hecho que se abriera su corazón: aquel amor generoso que no pedía nada a cambio de que estaban llenos sus poemas y del que, sin embargo, había carecido su corazón. Recordó la frase de su madre: "Un hombre no es bueno por lo que aparenta sino por lo que hace", su corazón se conmovió y las lágrimas le vinieron a los ojos. Quizá ya era tarde, quizá su error ya no tenía remedio. Pero, en ese momento, supo que la felicidad, que solo se construye sobre la bondad, exigía, de él, un esfuerzo; no le devolvería a Andrea su talento persuasivo sino entregarse, en su interior, al verdadero amor. Y, como el verdadero amor, es entrega generosa, su entrega había de ser igual aun si ella no volvía. Decidió que la amaría toda la vida, que jamás amaría a otra mujer, que guardaría sus fotos y sus mensajes como la compañía que iluminaría su corazón hasta el día de su muerte porque, por encima de lo que había intentado hacer de ella todos aquellos meses de relación, su corazón la había amado de verdad con la intensidad de los volcanes o los torrentes, había amado su belleza, la belleza de su ser, lo que más inherente a ella podía haber en su persona, el territorio de su libertad.
     Federico volvió a casa de su madre al día siguiente; besó su rostro y le pidió perdón por su comportamiento del día anterior. Andrea no respondió a sus llamadas tampoco ese día, ni al siguiente. Sospechaba que había tenido un accidente; temía que hubiera muerto y sentía el ánimo triste pero, por encima de eso, había felicidad en su corazón porque sabía que había encontrado la luz de su destino, entregarse para siempre como signo de un ser profundamente hermoso.
     Una semana después, volvió Andrea de Europa, completamente ilesa, tan solo había perdido su móvil. Federico se encontró con ella en la universidad y, tras acercarse a ella, le dijo:
     -Siempre te amaré, aunque yo no te importe ya. Las promesas de los hombres no son nada en sí mismas, la virtud no está en ellas sino en el corazón. Yo me olvidé de la generosidad que te prometí para que me dieras tu afecto, ahora te la vuelvo a prometer, aunque esta vez no me lo des porque, esta vez, te la estoy prometiendo con el alma. 
     Tras estas palabras, Federico esperó en silencio la respuesta de Andrea y, como no la recibió, se marchó. Al día siguiente, Andrea apareció de la mano con otro chico. Federico sintió la herida de la decepción en su ánimo pero, con todo, siguió creyendo en la belleza inmensa y asombrosa de Andrea y se reafirmó en su propósito de serle fiel en su corazón hasta el último de sus días. Pasaron las horas de clase y Federico emprendió, en solitario, su camino hacia el exterior. En el pasillo, se encontró a Andrea, le miraba sonriendo, como si le esperara a él.
     -¡Qué hermosa eres, Andrea! -le dijo Federico-. Espero que seas feliz con ese chico, tu felicidad es lo más importante para mí.
     Andrea se carcajeó y puso una cara burlona.
     -¿Qué chico? ¿Rafael? -dijo-. Solo es mi primo, bobo.
     Andrea cogió entonces de la mano a Federico y marcharon juntos hasta el exterior, seguros ambos de que el uno y el otro estaban repletos de hermosura.

9 de mayo de 2013

El anuncio de lavadoras

     Una agencia de publicidad se decidió por hacer, para la marca de lavadoras alemana que la contrató, un anuncio cómico y la víctima de las afiladas ironías fue el amor humano porque suponían que era un sentimiento insustancial, lleno de banalidad, solo proclive a la cursilería más disparatada y en el que se demostraba la debilidad de la especie humana, donde había que reconocer que la naturaleza había hecho verdaderas chapuzas. La audiencia acogería esta parodia de tan trivial sentimiento con el júbilo que produce en los maliciosos la crueldad más sangrante y las lavadoras alemanas saldrían de la crisis porque nadie se resistiría a comprar un producto promocionado en un anuncio que ponía en su lugar definitivamente pasión de tan escasa dignidad.
     Al pase que se hizo para que vieran el anuncio los representantes de la marca, asistió un primo del portero de la empresa, al que invitaron para que diera su opinión también, porque obedecía al prototipo de espectador medio y su opinión ayudaba a hacerse una idea de cómo sería recibido el anuncio por la masa social. Él, que estaba charlando campechanamente con su primo en la sala de entrada, cuando le pidieron que diera su opinión, hinchó el pecho y dijo que no le importaba nada darla y que, de hecho, tenía mucha costumbre de ver anuncios y era un poco experto, con toda la modestia del mundo, claro está...
     Los productores se tocaban con el codo cuando vieron al primo del portero entrar con aquel aspecto que presentaba de hombre despreocupado y corriente porque se prometían risas y celebraciones abundantes por parte de semejante sujeto cuando visionara el spot. Pero el breve anuncio acabó, se encendieron las luces y el primo mostró en su rostro la expresión desconcertada de quien no sabe lo que ha visto. Le preguntaron si le gustaba el anuncio y respondió que no lo había entendido porque, si lavar con aquella lavadora era mejor que estar con Julieta, ¿qué era Romeo, gilipuertas?

6 de mayo de 2013

Miconisa y el juglar

     El rey Arcalaús, cien años antes de que reinara el rey Arturo en el admirable Camelot, cuando su bellísima hija Miconisa tuvo edad de pretender marido, como era costumbre en aquella época, convocó unas justas para competir por su mano. El valeroso caballero que venciera en ellas contraería matrimonio con la princesa y además sería el futuro rey, puesto que Arcalaús carecía de heredero varón. 
     Unos doscientos caballeros llegaron de todas partes del país para participar en las justas. La mayoría eran tan bellacos y cazurros pese a su ascendencia noble que hacían rezar a la piadosa princesa una avemaría tras otra para que no le tocaran en suerte tan malos partidos. Pero, pese a sus fervientes oraciones, como era de esperar, ganó las justas el más vil, jactancioso, marrullero y perverso de los caballeros, el de menos escrúpulos, el más desapegado y el de espíritu más trivial e insustancial. Como indicio de su carácter, cuando ofrecía la lid a la princesa, en lugar de inclinar su cabeza y mostrarle respeto, sacaba su larga y obscena lengua como amenazándola de no sé qué locos devaneos en el lecho nupcial. El rey, que no quería aumentar su impopularidad porque había subido los impuestos, tragaba su indignación cada vez que veía fuera la lengua de este individuo aunque tanta ira le atacaba al ánimo que temía que su corona se pusiera al rojo. 
     Cuando finalmente venció este deleznable personaje, fue despojado de su armadura y un grupo de hermosas doncellas lo bañaron con agua caliente, rociaron su cuerpo con aceites aromáticos y le vistieron unas prendas tejidas con hilo de oro y adornadas con piedras preciosas que hubieran convertido en galán al más feo de los murciélagos pero que, en el caso del vencedor de las justas, no obraron un cambio demasiado sensible pues su comportamiento era el de un brutal ogro sin corazón ni cabeza.
     Cuando llegó a la sala real y vio, en el trono, a su prometida, se lanzó contra ella y, sin recato alguno, comenzó a disfrutar de sus formas femeninas tocando con sus vellosas manos cuanto su apetito lascivo le dio a entender. La princesa lanzó fuertes alaridos y el rey, sin poderse ya reprimir, con el cetro, que llevaba en la mano por requerirlo la solemnidad de la ocasión, asestó al procaz caballero tan fuerte golpe en la nuca que acabó con su vida inesperadamente pese a la corpulencia de tan audaz guerrero.
     El rey, que temía despertar la enemistad profunda de su vasallo, el padre de tan desdichada criatura, le honró con la propiedad de un ducado y enterró a la víctima de su indignación de padre, con altos honores de jefe de estado, en la capilla real.
     Pero, quedando pendiente todavía la cuestión del casamiento, el rey, escarmentado con los guerreros, decidió escoger entre sus cortesanos al prometido de su hija. Y fue el caso que tanto rezó y con tanta devoción la princesa Miconisa, que Dios obró el milagro de que su padre escogiera al hombre por el que penaba su corazón, un juglar que escribía los más bellos poemas de amor y esto fue así porque el rey pensó que, si el pretendiente era de extracción humilde, le debería todo a él y podría dirigirlo a su antojo hasta el momento de su muerte, además, el juglar era muy sabio y este saber pensó que sería muy provechoso para el gobierno de su reino.
     Sin embargo, cuando el rey, muy ufano, quiso comunicarle su benevolente decisión al juglar diciéndole que había encontrado una mujer para él, el juglar respondió: 
     -Señor, yo no quiero una mujer. 
     El rey, sospechando sodomía, le preguntó si tenía aversión hacia las mujeres.
     -No más que hacia los hombres -respondió el juglar-. Muy al contrario, considero que son unas criaturas deliciosas; sin embargo, no quiero a cualquier mujer.
     El rey, al oír esto, se alegró para sus adentros considerando que, como la princesa no era una mujer cualquiera sino la hija del más grande de los monarcas de Inglaterra, asombraría y dejaría atónito al juglar cuando le dijera la mujer que quería darle. De modo que, lleno de vanidad, le dijo que la mujer en cuestión era la princesa Miconisa, heredera del poderoso reino de Inglaterra. Pero el juglar, sin inmutarse, replicó: 
     -Señor, quisiera que me dispensarais de contraer matrimonio con una princesa. 
     El rey le preguntó lleno de ira qué tenía de malo una princesa.
     -No tienen nada de malo, bien pensado las hay muy bellas, de la misma manera que muy feas, muy bondadosas de la misma manera que malvadas, sin embargo no quiero compartir mi vida con una princesa.
     Miconisa, que estaba presente, al oír esto, derramó unas lágrimas pues amaba al juglar con lo más hondo de su corazón.
     El rey, antes de mandar ajusticiar al juglar por agravio a la familia real, le quiso preguntar cuál era entonces la razón por la que no quería casarse con una princesa.
     -La razón es que hay una mujer, hermosa y llena de bondad, a la que amo -respondió el juglar-. Su corazón es sencillo como el de un niño y, aunque sus padres son de noble ascendencia, mi pensamiento no ha podido evitar hacerla infinitas veces objeto de mi desvelo y mis anhelos, aunque mis labios no han hablado hasta ahora y he sufrido en soledad la llaga de este afecto porque sabía que nada había más imposible en este mundo que cumplir mi deseo.
     -¿Y qué tiene esa mujer que no tenga mi hija, bufón? -dijo el rey colérico-. ¿Acaso no tiene mi hija sangre más noble que ella? ¿No es la más bella, la más bondadosa, la más delicada de la corte?
     -Lo que esa mujer tiene y no tiene la princesa es una belleza que no podría encontrarse en ningún otro ser humano del mundo porque corresponde a ella y nadie la puede ver sino el que la ama como yo. 
     El rey calló y, cuando ya estaba a punto de ordenar la prisión y ajusticiamiento del juglar, este, volviendo a hablar, dijo:
     -Claro que, hablando en rigor, la mujer que amo no tiene nada que envidiar en nobleza y linaje a su hija y es tan guapa y delicada como ella. 
     -¡Esto es intolerable, bufón! -gritó el rey en la cumbre de su cólera-. ¿De qué mujer me estás hablando? ¡Os ahorcaré a los dos!
     -Hablo de Miconisa, la muchacha más bella y tierna que jamás he conocido -respondió el juglar tranquilamente-. Es vuestra hija, señor, pero jamás me casaré con la princesa sino con la muchacha dulce, encantadora y fascinante que hay debajo de su corona. 
     El rey lanzó una estruendosa carcajada, pensando que había sido una broma perversa de su juglar, siempre ingenioso y capaz de alegrarle los días pero la princesa, aunque muy feliz, se ruborizó y, con la respiración entrecortada, sintió casi que la estaban volviendo a manosear.

3 de mayo de 2013

El tío de Jaime

     Jaime acompañó a su padre al consultorio médico del pueblo. Tenía problemas de garganta y no había ido al colegio. No recordaba haber ido antes a ese lugar y sus sentidos estaban especialmente agudizados para observarlo todo. Pero lo que más se marcó en su recuerdo de ese día fue la imagen de su tío Juan, que decían que se iba a morir, riendo y contando chistes, pese a los momentos duros por los que estaba pasando.
     A Jaime, más allá de la mera especulación, tan solo por las señales que percibía en su rostro y en el tono de su voz, le sobrevino una viva sospecha de que lo que su tío deseaba en ese momento no era reír tanto, ni siquiera contar aquellos chascarrillos tan zafios. Sintió, en un principio, piedad hacia su tío porque pensaba que la gente de allí le estaba obligando a actuar así. Él sabía por su padre que no se comportaba uno igual en la calle que en casa y que ante los desconocidos había que fingirse indolente y tranquilo aunque le preocupara vivamente una cosa.
     Pero su tío no paraba de hacer su pantomima llegando incluso hasta el histrionismo; entonces, a su mente impresionable, se abrió una nueva perspectiva. Cayó en la cuenta de que su tío estaba enfadado consigo mismo y con los hombres de su pueblo precisamente por estar obligado a fingir tranquilidad cuando estaba muriéndose, por tener que contar chistes a las puertas de abandonar la vida, por no poder ser él mismo ni siquiera ahora que le quedaba muy poco tiempo para serlo. Vio muy claro que con su comportamiento solo perseguía causarse dolor a sí mismo y, al mismo tiempo, a todos los que le tenían que escuchar. Tras aquellas risas de todos, risas fingidas de compromiso, pudo su fantasía percibir el dolor inmenso y callado de todos aquellos hombres que morían sin poder ser ellos mismos y pensó también en el dolor físico de su tío, atormentándole e imaginó que, en su fuero interno, deseaba su sufrimiento para todos aquellos que reían con sus chistes forzados porque no le dejaban ser aun a las mismas puertas del fin.
     Muchos años después, Jaime aún temía ir a los lugares concurridos y huía, cuanto podía, el trato con los seres humanos.