4 de abril de 2013

Una traición

     Lo sabía, sabía que estaba con otro, hace unos meses trabajaba muchas menos horas... Un año atrás, cuando empecé a sentirme celoso, me era fiel, estoy seguro de eso. Pero ahora... Los niños la echan de menos, es una... Tengo que hacerle ver el daño que me ha hecho. Cuando comenzaron las sospechas dejé de tratarla con afecto. Eso explica que haya acabado buscándose a otro hombre. He sido muy torpe. No se ama a una persona porque nos sea fiel, se la ama porque la queremos. No hay que sospechar de la mujer que se quiere, si la queremos es porque la conocemos y, si la conocemos, es absurdo dudar de ella. Si no nos es fiel, no nos merece, no es la persona que pensamos que era. Yo no valgo menos porque ella me sea infiel; siempre hay una persona para la que podamos ser imprescindibles, si ella no es esa, encontraré a otra... ¡Pero qué absurdo es todo esto! ¿Cómo puedo hablar tan fríamente de mis sentimientos? ¿Es que se ama buscando un interés y cambiar un afecto por otro es tan fácil como marcar una cruz en un test de verdadero o falso? Debería haberle demostrado que la quería. No se ama si no se manifiesta el amor. Mi obligación era hacerla feliz con la expresión de mi cariño. Ahora la he perdido. No sé si siento algo. Creo que no. Desde el día en que empecé a dudar de sus palabras, dejé de quererla, no se quiere a alguien al que no creemos conocer. Quizá sí la conocía pero mis dudas la expulsaron de mi corazón. Ahora, lo que siento es odio, indignación y humillación pero no pena. Cuando se traiciona a un hombre enamorado, siente pena pero yo ya no estoy enamorado. ¡Que duro se me hace asimilar esto! Pero la dificultad es solo cuestión de amor propio. No es su amor el que me salva a mí del odio a mí mismo. Cuando nacemos, el conflicto con nosotros mismos no existe. Nos enseñan a odiarnos los demás. Solo me necesito yo para salvarme de la autodestrucción. Pero, en cambio, el amor es imprescindible para una persona, no podemos vivir con un sucedáneo toda nuestra vida por la ley de la inercia... Ella y yo ya no hablábamos casi, era una vida de pura rutina. Necesito encontrar otra mujer. Lo nuestro está acabado. Me ha traicionado. La traición no se puede dejar impune...
     Sonó la cerradura de la puerta de casa y luego el portazo al cerrar de nuevo. Eran las once de la noche. Los niños estaban acostados. 
     -El inventario nos ha dado muchos problemas, no he podido acabar antes -dijo ella cuando entró en el cuarto de estar.
     Él se acercó a ella, la cogió de los codos, la miró sonriendo y le dijo:
     -¡Cuánto he llegado a quererte! He sido muy tonto. Eres una gran mujer y ahora te he perdido.
     A ella se le encendió el brillo de su mirada y, durante unos instantes, hubo de apartarla del rostro de su marido.
     -No me sentía totalmente segura de qué era lo que me estaba ocurriendo. Por eso no te lo he dicho -dijo ella.
     -Fui yo el primero en traicionarte -dijo él.

2 comentarios:

  1. Un cuento para sacarle mucho jugo. Casi sin darnos cuenta hemos congelado los sentimientos para encasillarlos en absurdas pautas/normas de conducta.

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