30 de abril de 2013

Sin salida

     Gonzalo no pudo desprenderse, aun mucho tiempo después de sucedido ese episodio, de la honda decepción que le causó comprender, gracias a su padre, que él era lo que, hablando llanamente, llamamos "uno más". Las palabras de su progenitor haciendo evaluación de su inteligencia un amargo día de su infancia no dejaban un triste margen para la duda y la esperanza:
     -Pese a tu inteligencia, nunca conseguirás hacer una proeza intelectual, hijo -afirmó con tono cariñoso y protector-. No eres como tu hermano José. Él sí alcanzará grandes metas porque es verdaderamente brillante.
     En efecto, andando el tiempo, Gonzalo comprobó cómo José acababa la carrera de ingeniero, se casaba con una mujer muy guapa, aunque, eso sí, arrogante y zafia, triunfaba en su profesión en una empresa en Canadá y acumulaba dinero hasta el exceso, aunque, como suele suceder, su padre lo perdió como ayuda y hasta como hijo porque no volvió a España más que para recibir su herencia, muy menguada y miserable. Gonzalo, en cambio, se quedó soltero y, hasta la muerte de su padre, trabajó en la empresa familiar. Cuando él murió, viéndose incapaz de sacar unas oposiciones, porque era algo que lo volvía auténticamente loco, se empleó como vendedor de seguros a domicilio. Pero muy pronto se dio cuenta de que no valía para eso: los clientes demostraban más conocimientos en su oficio que él mismo, lo que lo llenaba de vergüenza. Era una constante en su vida, allá donde fuera, la gente era experta en todo, sabía de todo, mientras que él se reconocía ignorante en la mayoría de los temas.
     Un día, al llamar a una puerta en el transcurso de su trabajo habitual, le abrió una mujer que le pareció extremadamente bella y tanto le espoleó la sensación agridulce de la autocompasión al reconocerse incapaz de ser alguien especial para el corazón de alguien tan hermoso y comprender, por ello, que la felicidad le estaba vetada en su vida, que un impulso súbito, en medio de su cháchara sobre el negocio que le traía, hizo que cayera su máscara de agente de seguros grave y diligente y con total sencillez y llaneza en el tono, se atrevió a decir de pronto:
     -¡Caray, qué bella es usted! Sé que mi destino no es alcanzar el amor de alguien con un rostro tan hermoso. Cuando me encamine hacia el final de mi vida, tendré que hacer muy poco equipaje puesto que realmente mi paso por ella no me va a dar nada.
     -¿Por qué dice usted eso? -dijo la mujer, apiadada-. La vida nos da oportunidades para conseguir cualquier cosa, no hay límites, somos seres libres...
     -Sí hay límites -dijo Gonzalo-; todo el mundo lo sabe. Ni siquiera cuando miramos hacia el firmamento en una noche estrellada dejamos de sentir la asfixia de las cadenas que nos atan a nuestras miserias. Aun abatidos los dioses bajo el peso de los argumentos, la ciencia ha logrado hacernos, de nuevo, esclavos al demostrarnos nuestra insignificancia. Pero estoy haciendo el payaso delante de usted. Se que lo que digo suena cursi y afectado...
     -De ninguna forma -dijo la mujer-. Me ha tocado el corazón. Se expresa usted con mucha belleza. ¿Tiene alguna formación literaria?
     -He leído mucho -dijo Gonzalo- pero, cuando escribo o me emociono, lo que habla no es el cerebro de un hombre cultivado sino mi corazón atormentado que busca una grieta por donde supurar su dolor...
     -¿Escribe poesía? -preguntó la mujer.
     -No, solo novelas -contestó Gonzalo-. Siempre las he escrito aprovechando mi tiempo libre, son la única escapatoria a mi agonía. Estoy solo en el mundo, nadie lee lo que escribo pero yo no puedo vivir sin esperanza. Ser escritor es el único sueño que me queda, si lo pierdo, ya me despido de la vida.
     -Yo soy editora, tengo una pequeña editorial -dijo ella-. Me gustaría leer sus manuscritos. Si de verdad son buenos, los publicaré si usted consiente en ello y, si no me gustan, tendrá el consuelo de que me ha tenido de lectora. En cualquier caso, lo que ya soy es su amiga, si eso es un consuelo para usted.
     -Muchas gracias, señora, me acaba de dar la mayor satisfacción que recuerdo en mucho tiempo -dijo Gonzalo entusiasmado.
     -No me llames de usted y no estoy casada, por lo que supongo que soy una señorita y no una señora -dijo ella sonriendo y dándole la mano añadió:- Me llamo Diana...
     Diana, cuando leyó los manuscritos de Gonzalo, supo que era imposible vender algo así en el mercado aunque reconocía que jamás había leído algo tan sublime y majestuoso. Pero decidió editar pequeñas tiradas para hacer honor a tan extraordinarias obras maestras. Cuando volvió a ver a Gonzalo, le expresó tan profunda admiración con tan apasionadas palabras que este sintió despejado el camino hacia el intenso anhelo que su corazón concibió cuando vio por primera vez a Diana. Se hizo el llano razonamiento de que, si tanto gustaba como escritor a aquella mujer tan bella e inteligente, sin duda de ningún tipo, también le gustaría como hombre. De modo que sentado en un sofá del cuarto de estar de Diana, juntó las manos y tras carraspear y tragar saliva, dijo:
     -Diana, ¿y no habría una posibilidad de que pasáramos de una amistad a algo más allá?
     Diana se puso bastante nerviosa y ruborizada y contestó:
     -¡Nunca, Gonzalo! Jamás... Hay límites que no se pueden traspasar. Acostúmbrate a ellos si no quieres verte decepcionado...

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.