12 de abril de 2013

Seis microrrelatos sobre la maldad aparente (II)

     Los preceptos de la fe en Babaom eran muy claros al respecto: cometía pecado mortal todo aquel que, teniendo la oportunidad de meterle la zancadilla a un gentil, permitiera que se librara de una caída. Entraba dentro de las piadosas obligaciones del creyente estar atento a las ocasiones que se presentaran de poner el pie delante del infiel con el suficiente disimulo como para provocarle el derribo.
     Guszchanón estaba atormentado. Estaba segurísimo de que había dejado escapar una ocasión excelente. ¡Qué sucio se sentía! ¡Qué malvado! ¡No hacer que aquel descreído diera con sus dientes contra el bordillo de la acera! No se le ocurría maldad peor que la suya.
     La culpabilidad le indujo a emborracharse y, arrimado a la barra de un bar, bebió un vaso tras otro de Juliex. De pronto, alguien se le acercó y, con disimulo, le ofreció un frasco del licor de la verdad. Era uno de los mayores sacrilegios que podía cometer, incluso mayor que el de no poner la zancadilla, pero estaba borracho, no sabía lo que hacía y dio 50 verdins al tipo y fue a los aseos a probar aquella legendaria sustancia que decían que ayudaba a escuchar la voz del corazón.
     Se llevó a la boca el cuello de la botellita y, nada más llegar el contenido a su lengua, la sustancia penetró en su sangre e impactó con velocidad de relámpago en su cerebro. Se sentía valiente de pronto, más valiente que nunca, capaz de enfrentarse al mundo entero en defensa de la verdad. Su corazón le estaba hablando y, entonces, supo que lo más hondo de su ser le pedía pecar, pecar porque Babaom era solo una coartada para la mezquindad y el error.

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