28 de abril de 2013

Las gambas

     Juan y Eva se amaban con la pureza e inocencia de los niños. Ni siquiera sus pensamientos más escondidos se permitían un segundo de vacilación en la lealtad y adoración que daban en rendirse el uno al otro. Sentían que su afecto había de ser tan generoso y honesto que la traición jamás tendría cabida entre ellos dos ni siquiera en el terreno de los juegos y las bromas. Contrariamente a lo que nos acostumbran nuestros días, en los que el egoísmo no deja espacio alguno a la esperanza, su mayor felicidad era la satisfacción y bienestar del otro, más allá del de ellos mismos.
     Pero la vida es escenario de los mayores riesgos para nuestra dicha y la mala fortuna les hizo acabar enfrentándose bajo el efecto de un horrible malentendido. Eva había dicho a Juan muy claramente que era alérgica a las rosas, incluso se lo había indicado más de una vez y él, aparentemente, había escuchado y entendido sus palabras. Pero el día del primer aniversario de conocerse, Juan, que el día anterior había fingido un enfado para hacer mayor la sorpresa de su regalo, llegó con un ramo de rosas rojas. Eva creyó que se trataba de una venganza por lo ocurrido la víspera y, ofendida muy hondamente, decidió romper con él definitivamente. Él, que había olvidado que Eva era alérgica a las rosas, no supo a qué achacar las palabras de intensa indignación que ella le dirigió y, en su tribulación ante un hecho tan decepcionante y amargo, acusó a Eva de ser una persona cruel y malvada. Se separaron con gran enojo el uno del otro expresándose el deseo de no volver a verse jamás.
     Ya en su casa, con la cabeza algo más fría, Juan repasó en su mente el incidente. Instantáneamente, se abrió paso a su entendimiento la causa que lo había provocado. En un esfuerzo de reflexión, Juan supo comprender, vivamente sorprendido que, las ocasiones en que Eva le había dicho que era alérgica a las rosas, lo había dicho en un sentido literal y no, como él creía, por la coquetería de fingir que estaba harta de ser obsequiada con flores dada su gran belleza, pues se escucha, a veces, a la mujer que se ama con tal embelesamiento que no se oye más que lo que se desea oír.
     Inmediatamente la llamó por teléfono pero ella le colgó antes de que pudiera explicarse. Fue a su casa pero no le abrió la puerta. Al día siguiente le esperó a la puerta del bloque pero ella le dijo profundamente enojada que no importaba ya si las rosas fueron regaladas o no con mala intención pues su comportamiento ante ella y las acusaciones que le había hecho eran absolutamente humillantes y demostraban la auténtica imagen que tenía sobre ella. La confianza de que se había hecho acreedor en otro tiempo, afirmó Eva, había desaparecido para siempre; lo que Juan le había dicho era tan horrible que no entendía cómo podía querer una relación con una persona sobre la que pensaba de esa manera.
     -Mi decisión es irrevocable -concluyó Eva, inflexible, pese a las disculpas que Juan se apresuraba en esbozar.
     Juan marchó aquel día al trabajo lleno de amargura; estaba perdiendo a la única mujer que podría hacerle feliz en su vida; no era capaz de asumir que un simple incidente casual, donde solo habían intervenido las más azarosas circunstancias, pudiera haberle arrebatado para siempre el motivo de su alegría de vivir.
     De vuelta a casa, al final del día, recordó los argumentos de Eva para abandonarle. Si Juan tenía algún defecto verdaderamente marcado, ese era su testarudez y, aunque quería mucho a Eva, fue más aún la terquedad que la confianza en que todavía podía recuperarla el motivo por el que se empeñó en darle a entender a la chica la autenticidad de su afecto. Si ella aseguraba que lo que había dicho en medio del ataque de nervios era lo que de verdad pensaba de ella, él, por fuerza, tenía que demostrarle que se equivocaba y no solo eso sino que, además, aquel ataque de nervios no era signo de otra cosa que de lo muchísimo que la amaba.
     Pensó y caviló mucho hasta que dio con la forma de conseguir este propósito. Juan tenía un grandísimo amigo que regentaba un bar y le pidió que organizara lo más pronto posible un concurso de comer gambas con palillos chinos para hombres con más de ochenta kilos de peso. El premio no era otro que comerse las gambas en cuestión si la habilidad del concursante era la suficiente como para transportarla del plato a la boca. Si, en el trayecto, la dejaba caer por falta de pericia con los palillos, perdía la gamba y la posibilidad de seguir comiendo marisco gratis.
     El día del concurso Juan se llevó una cámara de vídeo y rodó el concurso en toda su duración. Pero ya en casa, separó todos los cortes en los que los concursantes más groseros, al ver caer la gamba de sus palillos, proferían exabruptos y maldiciones, decepcionados por perder el bocado, a veces, a las mismas puertas de sus bocas. Con todos esos cortes, hizo un DVD y, tras esperar a que Eva saliera de su bloque una mañana, se lo entregó diciéndole:
     -Eva, este DVD te demostrará que, cuando uno ve que pierde lo que más quiere, es muy normal que diga cosas horribles.
     Esa misma noche, Juan llamó por teléfono a Eva y le dijo:
     -¿Has visto ya el DVD?
     -Sí -respondió ella y añadió irónicamente:- Muy educativo...
     -¿Te has convencido de que te quiero mucho? -dijo Juan.
     -Sí, bocazas -respondió ella-. Y yo a ti.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Gracias por su comentario