2 de abril de 2013

El niño que aprendió a odiar

     El primer año de colegio, Luis lo pasó francamente mal. El era de carácter sociable pero, en el patio del colegio, aprendió que era más importante el juego que los sentimientos por lo que, a la hora de la verdad, todos estaban enfrentados contra todos como en una guerra pues lo importante era arrancarle la victoria al rival. También comprobó con decepción que las chicas eran naturales enemigas de los chicos y normalmente les impedían participar de sus juegos. Si ya era duro haberse convertido en alguien que tenía que salir a flote por sí mismo pese a estar rodeado de compañía, más duro fue aprender que estaba prohibido ser feo o tener cualquier defecto, circunstancia que convertía a quien carecía de perfección en un apestado. Él era muy delgado lo que lo incluía entre los proscritos. El recreo era para él una guerra en la jungla. Tanto le acosaban con todo tipo de ataques contra su condición de delgado que acabó desconfiando de todo el mundo. En clase, la maestra también era su rival porque le reñía y suspendía sus exámenes si no mostraba los conocimientos adecuados.
     Aunque se sintiera profundamente mal, no podía llorar porque eso se consideraba ridículo en la escuela. Si decidía evitar la compañía y llevar una existencia solitaria, los demás le señalaban y le hacían sentirse muy humillado y si, por el contrario, tomaba parte en la vida del grupo, todo eran conflictos y maltratos y era mucho peor para él. Por eso, cuando Maite, una de las niñas, llegó junto a él un día y le preguntó si quería ser su amigo, él sintió un alivio enorme. A partir de entonces, se sentaba junto a ella en clase y, en el patio, paseaban juntos y jugaban solos. El colegio comenzó a ser un paraíso para él. Al levantarse de la cama por las mañanas, le palpitaba el pecho esperando la hora de encontrarse con ella y, cuando la volvía a ver, todo su cuerpo se relajaba y la felicidad más grande le invadía. 
       Un día, tan enamorados se sintieron ellos dos, que fueron a un lugar solitario y se dieron un beso en la boca. Un niño, Fernando, hábil en enterarse de los secretos de todos, los espiaba aquel día y pudo ver cómo se besaban. Fernando se lo comunicó al director del colegio, eran los años finales de la dictadura. La maestra dio un cachete fuerte a Luis y a Maite delante de todos y los obligó a sentarse muy lejos el uno del otro. En el recreo, dejaron de poder estar juntos porque los demás niños actuaban de policías, jueces y vigilantes. Luis sintió tal desasosiego aquel año que cuando, en la ceremonia de la Primera Comunión, el sacerdote le introdujo la hostia en la boca, se vio abordado por la descorazonadora sospecha de que Dios deseaba aquel tormento.

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