30 de abril de 2013

Sin salida

     Gonzalo no pudo desprenderse, aun mucho tiempo después de sucedido ese episodio, de la honda decepción que le causó comprender, gracias a su padre, que él era lo que, hablando llanamente, llamamos "uno más". Las palabras de su progenitor haciendo evaluación de su inteligencia un amargo día de su infancia no dejaban un triste margen para la duda y la esperanza:
     -Pese a tu inteligencia, nunca conseguirás hacer una proeza intelectual, hijo -afirmó con tono cariñoso y protector-. No eres como tu hermano José. Él sí alcanzará grandes metas porque es verdaderamente brillante.
     En efecto, andando el tiempo, Gonzalo comprobó cómo José acababa la carrera de ingeniero, se casaba con una mujer muy guapa, aunque, eso sí, arrogante y zafia, triunfaba en su profesión en una empresa en Canadá y acumulaba dinero hasta el exceso, aunque, como suele suceder, su padre lo perdió como ayuda y hasta como hijo porque no volvió a España más que para recibir su herencia, muy menguada y miserable. Gonzalo, en cambio, se quedó soltero y, hasta la muerte de su padre, trabajó en la empresa familiar. Cuando él murió, viéndose incapaz de sacar unas oposiciones, porque era algo que lo volvía auténticamente loco, se empleó como vendedor de seguros a domicilio. Pero muy pronto se dio cuenta de que no valía para eso: los clientes demostraban más conocimientos en su oficio que él mismo, lo que lo llenaba de vergüenza. Era una constante en su vida, allá donde fuera, la gente era experta en todo, sabía de todo, mientras que él se reconocía ignorante en la mayoría de los temas.
     Un día, al llamar a una puerta en el transcurso de su trabajo habitual, le abrió una mujer que le pareció extremadamente bella y tanto le espoleó la sensación agridulce de la autocompasión al reconocerse incapaz de ser alguien especial para el corazón de alguien tan hermoso y comprender, por ello, que la felicidad le estaba vetada en su vida, que un impulso súbito, en medio de su cháchara sobre el negocio que le traía, hizo que cayera su máscara de agente de seguros grave y diligente y con total sencillez y llaneza en el tono, se atrevió a decir de pronto:
     -¡Caray, qué bella es usted! Sé que mi destino no es alcanzar el amor de alguien con un rostro tan hermoso. Cuando me encamine hacia el final de mi vida, tendré que hacer muy poco equipaje puesto que realmente mi paso por ella no me va a dar nada.
     -¿Por qué dice usted eso? -dijo la mujer, apiadada-. La vida nos da oportunidades para conseguir cualquier cosa, no hay límites, somos seres libres...
     -Sí hay límites -dijo Gonzalo-; todo el mundo lo sabe. Ni siquiera cuando miramos hacia el firmamento en una noche estrellada dejamos de sentir la asfixia de las cadenas que nos atan a nuestras miserias. Aun abatidos los dioses bajo el peso de los argumentos, la ciencia ha logrado hacernos, de nuevo, esclavos al demostrarnos nuestra insignificancia. Pero estoy haciendo el payaso delante de usted. Se que lo que digo suena cursi y afectado...
     -De ninguna forma -dijo la mujer-. Me ha tocado el corazón. Se expresa usted con mucha belleza. ¿Tiene alguna formación literaria?
     -He leído mucho -dijo Gonzalo- pero, cuando escribo o me emociono, lo que habla no es el cerebro de un hombre cultivado sino mi corazón atormentado que busca una grieta por donde supurar su dolor...
     -¿Escribe poesía? -preguntó la mujer.
     -No, solo novelas -contestó Gonzalo-. Siempre las he escrito aprovechando mi tiempo libre, son la única escapatoria a mi agonía. Estoy solo en el mundo, nadie lee lo que escribo pero yo no puedo vivir sin esperanza. Ser escritor es el único sueño que me queda, si lo pierdo, ya me despido de la vida.
     -Yo soy editora, tengo una pequeña editorial -dijo ella-. Me gustaría leer sus manuscritos. Si de verdad son buenos, los publicaré si usted consiente en ello y, si no me gustan, tendrá el consuelo de que me ha tenido de lectora. En cualquier caso, lo que ya soy es su amiga, si eso es un consuelo para usted.
     -Muchas gracias, señora, me acaba de dar la mayor satisfacción que recuerdo en mucho tiempo -dijo Gonzalo entusiasmado.
     -No me llames de usted y no estoy casada, por lo que supongo que soy una señorita y no una señora -dijo ella sonriendo y dándole la mano añadió:- Me llamo Diana...
     Diana, cuando leyó los manuscritos de Gonzalo, supo que era imposible vender algo así en el mercado aunque reconocía que jamás había leído algo tan sublime y majestuoso. Pero decidió editar pequeñas tiradas para hacer honor a tan extraordinarias obras maestras. Cuando volvió a ver a Gonzalo, le expresó tan profunda admiración con tan apasionadas palabras que este sintió despejado el camino hacia el intenso anhelo que su corazón concibió cuando vio por primera vez a Diana. Se hizo el llano razonamiento de que, si tanto gustaba como escritor a aquella mujer tan bella e inteligente, sin duda de ningún tipo, también le gustaría como hombre. De modo que sentado en un sofá del cuarto de estar de Diana, juntó las manos y tras carraspear y tragar saliva, dijo:
     -Diana, ¿y no habría una posibilidad de que pasáramos de una amistad a algo más allá?
     Diana se puso bastante nerviosa y ruborizada y contestó:
     -¡Nunca, Gonzalo! Jamás... Hay límites que no se pueden traspasar. Acostúmbrate a ellos si no quieres verte decepcionado...

28 de abril de 2013

Las gambas

     Juan y Eva se amaban con la pureza e inocencia de los niños. Ni siquiera sus pensamientos más escondidos se permitían un segundo de vacilación en la lealtad y adoración que daban en rendirse el uno al otro. Sentían que su afecto había de ser tan generoso y honesto que la traición jamás tendría cabida entre ellos dos ni siquiera en el terreno de los juegos y las bromas. Contrariamente a lo que nos acostumbran nuestros días, en los que el egoísmo no deja espacio alguno a la esperanza, su mayor felicidad era la satisfacción y bienestar del otro, más allá del de ellos mismos.
     Pero la vida es escenario de los mayores riesgos para nuestra dicha y la mala fortuna les hizo acabar enfrentándose bajo el efecto de un horrible malentendido. Eva había dicho a Juan muy claramente que era alérgica a las rosas, incluso se lo había indicado más de una vez y él, aparentemente, había escuchado y entendido sus palabras. Pero el día del primer aniversario de conocerse, Juan, que el día anterior había fingido un enfado para hacer mayor la sorpresa de su regalo, llegó con un ramo de rosas rojas. Eva creyó que se trataba de una venganza por lo ocurrido la víspera y, ofendida muy hondamente, decidió romper con él definitivamente. Él, que había olvidado que Eva era alérgica a las rosas, no supo a qué achacar las palabras de intensa indignación que ella le dirigió y, en su tribulación ante un hecho tan decepcionante y amargo, acusó a Eva de ser una persona cruel y malvada. Se separaron con gran enojo el uno del otro expresándose el deseo de no volver a verse jamás.
     Ya en su casa, con la cabeza algo más fría, Juan repasó en su mente el incidente. Instantáneamente, se abrió paso a su entendimiento la causa que lo había provocado. En un esfuerzo de reflexión, Juan supo comprender, vivamente sorprendido que, las ocasiones en que Eva le había dicho que era alérgica a las rosas, lo había dicho en un sentido literal y no, como él creía, por la coquetería de fingir que estaba harta de ser obsequiada con flores dada su gran belleza, pues se escucha, a veces, a la mujer que se ama con tal embelesamiento que no se oye más que lo que se desea oír.
     Inmediatamente la llamó por teléfono pero ella le colgó antes de que pudiera explicarse. Fue a su casa pero no le abrió la puerta. Al día siguiente le esperó a la puerta del bloque pero ella le dijo profundamente enojada que no importaba ya si las rosas fueron regaladas o no con mala intención pues su comportamiento ante ella y las acusaciones que le había hecho eran absolutamente humillantes y demostraban la auténtica imagen que tenía sobre ella. La confianza de que se había hecho acreedor en otro tiempo, afirmó Eva, había desaparecido para siempre; lo que Juan le había dicho era tan horrible que no entendía cómo podía querer una relación con una persona sobre la que pensaba de esa manera.
     -Mi decisión es irrevocable -concluyó Eva, inflexible, pese a las disculpas que Juan se apresuraba en esbozar.
     Juan marchó aquel día al trabajo lleno de amargura; estaba perdiendo a la única mujer que podría hacerle feliz en su vida; no era capaz de asumir que un simple incidente casual, donde solo habían intervenido las más azarosas circunstancias, pudiera haberle arrebatado para siempre el motivo de su alegría de vivir.
     De vuelta a casa, al final del día, recordó los argumentos de Eva para abandonarle. Si Juan tenía algún defecto verdaderamente marcado, ese era su testarudez y, aunque quería mucho a Eva, fue más aún la terquedad que la confianza en que todavía podía recuperarla el motivo por el que se empeñó en darle a entender a la chica la autenticidad de su afecto. Si ella aseguraba que lo que había dicho en medio del ataque de nervios era lo que de verdad pensaba de ella, él, por fuerza, tenía que demostrarle que se equivocaba y no solo eso sino que, además, aquel ataque de nervios no era signo de otra cosa que de lo muchísimo que la amaba.
     Pensó y caviló mucho hasta que dio con la forma de conseguir este propósito. Juan tenía un grandísimo amigo que regentaba un bar y le pidió que organizara lo más pronto posible un concurso de comer gambas con palillos chinos para hombres con más de ochenta kilos de peso. El premio no era otro que comerse las gambas en cuestión si la habilidad del concursante era la suficiente como para transportarla del plato a la boca. Si, en el trayecto, la dejaba caer por falta de pericia con los palillos, perdía la gamba y la posibilidad de seguir comiendo marisco gratis.
     El día del concurso Juan se llevó una cámara de vídeo y rodó el concurso en toda su duración. Pero ya en casa, separó todos los cortes en los que los concursantes más groseros, al ver caer la gamba de sus palillos, proferían exabruptos y maldiciones, decepcionados por perder el bocado, a veces, a las mismas puertas de sus bocas. Con todos esos cortes, hizo un DVD y, tras esperar a que Eva saliera de su bloque una mañana, se lo entregó diciéndole:
     -Eva, este DVD te demostrará que, cuando uno ve que pierde lo que más quiere, es muy normal que diga cosas horribles.
     Esa misma noche, Juan llamó por teléfono a Eva y le dijo:
     -¿Has visto ya el DVD?
     -Sí -respondió ella y añadió irónicamente:- Muy educativo...
     -¿Te has convencido de que te quiero mucho? -dijo Juan.
     -Sí, bocazas -respondió ella-. Y yo a ti.

14 de abril de 2013

El consejo de un abuelo

     Un adolescente, que acababa de terminar el curso académico y estaba ya de vacaciones de verano en el pueblo de origen de su padre, hablando con su abuelo en su casa, le comunicó su deseo de lograr la fama y el aplauso de las multitudes pero no tenía claro la vía que escogería para conseguir estas metas. Sin embargo contemplaba dos posibilidades, el deporte y el arte. Su abuelo, queriendo ayudarle a escoger, le preguntó qué se le daba mejor:
     -Pues no sé, abuelo -respondió el adolescente-. La verdad es que creo que el arte se me va a dar mejor que el deporte porque, en el deporte, para triunfar tengo que ser el mejor y, en cambio, en el arte, solo tengo que ser yo mismo.
     -Muchacho, dedícate al deporte, hazme caso -dijo el abuelo-. Ser uno mismo es una tarea tan dura que no quisiera por nada del mundo que un nietecito mío la tenga que sufrir.

13 de abril de 2013

Seis microrrelatos sobre la maldad aparente (VI)

     Juanito tenía la cabeza ardiendo después de pasarse toda la tarde estudiando el catecismo. Estaba guardando su libro cuando entró su padre en la habitación para que saliera a jugar con sus primos que acababan de llegar. Entonces, Juanito, muy serio, le dijo:
     -Papá, creo que voy a ir al infierno porque no me cabe en la cabeza todo el catecismo, no tengo memoria para tanto...

Seis microrrelatos sobre la maldad aparente (V)

     San Pedro dejó pasar a un hombre que siempre había puesto la otra mejilla y Satanás, que estaba por allí, le dijo:
     -Pero, Pedro, ¿cómo dejas pasar a ese hombre que ha dejado toda su vida que los demás abusen de él sin rebelarse? Seguramente, tendrá el alma llena de odio y rencor hacia todos los que le hicieron mal. Será un fariseo hipócrita. Me pertenecía a mí.
     -Pues no, Satanás -dijo San Pedro-, este hombre fue siempre una buena persona y, si se dejó vapulear, fue porque es un filósofo genial. Desde muy niño, supo que los hombres solo hacen su propio capricho y es inútil intentar que cambien de opinión. Por eso, tenía la seguridad de que de, si no volvía la otra mejilla, le abofetearían siempre el mismo carrillo y le harían más daño.

Seis microrrelatos sobre la maldad aparente (IV)

     Joan Parné, cuando la persona a la que daba afecto y amistad no le correspondía con escrupulosa proporcionalidad, la consideraba malvada y le retiraba la palabra. Al final, acabó casándose con su corredor de seguros.

Seis microrrelatos sobre la maldad aparente (III)

     -Yo ya no quiero nada con Manuel -dijo un hombre vestido con traje y corbata y con un maletín a la puerta de un edificio de dieciocho pisos-. Es una persona que miente con descaro, no puedes confiar en su palabra, te dice que va a estar en un sitio a una hora y luego no viene, te dice que te va a hacer un favor y, donde dije digo, digo Diego, esperas toda la semana para ir de pesca con él y, cuando llega la hora, te pone cualquier escusa para no ir...
     -Bueno, Pedro -dijo el hombre con un jersey verde que hablaba con el del traje-, no le estás juzgando bien, solo miente su lengua, su corazón es sincero...

12 de abril de 2013

Seis microrrelatos sobre la maldad aparente (II)

     Los preceptos de la fe en Babaom eran muy claros al respecto: cometía pecado mortal todo aquel que, teniendo la oportunidad de meterle la zancadilla a un gentil, permitiera que se librara de una caída. Entraba dentro de las piadosas obligaciones del creyente estar atento a las ocasiones que se presentaran de poner el pie delante del infiel con el suficiente disimulo como para provocarle el derribo.
     Guszchanón estaba atormentado. Estaba segurísimo de que había dejado escapar una ocasión excelente. ¡Qué sucio se sentía! ¡Qué malvado! ¡No hacer que aquel descreído diera con sus dientes contra el bordillo de la acera! No se le ocurría maldad peor que la suya.
     La culpabilidad le indujo a emborracharse y, arrimado a la barra de un bar, bebió un vaso tras otro de Juliex. De pronto, alguien se le acercó y, con disimulo, le ofreció un frasco del licor de la verdad. Era uno de los mayores sacrilegios que podía cometer, incluso mayor que el de no poner la zancadilla, pero estaba borracho, no sabía lo que hacía y dio 50 verdins al tipo y fue a los aseos a probar aquella legendaria sustancia que decían que ayudaba a escuchar la voz del corazón.
     Se llevó a la boca el cuello de la botellita y, nada más llegar el contenido a su lengua, la sustancia penetró en su sangre e impactó con velocidad de relámpago en su cerebro. Se sentía valiente de pronto, más valiente que nunca, capaz de enfrentarse al mundo entero en defensa de la verdad. Su corazón le estaba hablando y, entonces, supo que lo más hondo de su ser le pedía pecar, pecar porque Babaom era solo una coartada para la mezquindad y el error.

Seis microrrelatos sobre la maldad aparente (I)

     El pueblo hablaba de él con alarma.
     -No va a misa -decían unos.
     -No va a los entierros -decían otros.
     -No tiene mujer -decían los hombres.
     -No habla con nadie -decían las mujeres.
     -Es un mal hombre -decían todos.
     Los niños huían de su presencia. Las ancianas se santiguaban cuando les salía al paso. Las víctimas de su mal genio encarecían lo terrible de su lenguaje y un sacerdote fue despedido a patadas de su casa.
     La gente pensaba que sería bueno que abandonara la aldea pero él pensaba que estaba rodeado de malvados demonios.

10 de abril de 2013

Ellos

     -Lo que daría por mantener lejos de mí a los traidores -dijo un técnico electricista al cura en cuya casa estaba instalando una lámpara.
     -Es cierto -dijo el cura-. Pero son hombres cuyo espíritu está cerrado a la verdad y no pueden gozar de la luz y yerran toda su vida lejos del redil de Cristo.
     -No -respondió el electricista-, son chiquilicuatros de poco seso que están siempre enredando y son más peligrosos que un mono con una navaja de afeitar.

7 de abril de 2013

Seis microrrelatos para olvidarse de los celos (VI)

A Eya Jlassi

     -Estoy hecha un lío, Juan, he de decirte algo que te he estado ocultando hasta ahora. Verás, hace un mes que me estoy acostando con... con mi marido -dijo Ana.
     -¡Eres una zorra! ¿Cómo has sido capaz de algo así? -dijo Juan enfurecido.
     -No he podido evitarlo, Juan -dijo Ana-, fue superior a mis fuerzas pero de verdad que no ha habido más que sexo, puedes estar tranquilo.
     -¡Dios mío, tu marido! Ese imbécil. ¿Y no podrías haberlo hecho con otro? Precisamente tenías que hacerlo con él... -dijo Juan.
    -No quiero que nos separemos, Juan, piensa en los niños -dijo Ana.

Seis microrrelatos para olvidarse de los celos (V)

A Francisco Almarcha Martínez

     -María, por favor, esa falda está muy corta, ¿qué quieres, encandilar a los tíos? -dijo Enrique a su novia cuando salió de casa de sus padres para dar un paseo con él.
     -No, quiero sentirme guapa, eso es todo -dijo su novia con enojo.
     -Creo que no me quieres lo suficiente -dijo Enrique-. Si me quisieras más, serías más fea.

Seis microrrelatos para olvidarse de los celos (IV)

A Bea Magaña

     Freud hablando con un intelectual profundamente interesado en el psicoanálisis le dijo:
     -Estoy firmemente convencido por mis estudios sobre todos mis pacientes que los celos son un delirio producido por una tendencia homosexual aunque lo normal es la infidelidad porque en la vida, querido amigo, el sexo lo es todo.
     -Y, si el sexo lo es todo, ¿por qué es normal la infidelidad? -dijo el intelectual muy intrigado.

Seis microrrelatos para olvidarse de los celos (III)

A Susana Escarabajal Magaña

     Dos amigas estaban tomando café en una terraza y charlando de hombres.
     -¿A ti con quién te gustaría serle infiel a tu marido? -decía una de ellas.
     -Con Russell Crowe -contestó la otra-, lo tengo clarísimo.
     -Pues a mí, con mi vecino del tercero -dijo la primera.
     -¿Y por qué no lo haces entonces? -preguntó la segunda.
     -También me gustaría volar, hecha una mariposa, sobre el arco iris pero, cuando pienso en la fase de la crisálida, se me pasan las ganas -dijo la primera.

6 de abril de 2013

Seis microrrelatos para olvidarse de los celos (II)

A Txaro Cárdenas

     -Las mujeres son unas perdidas -dijo un hombre en la barra del bar al apurar su sexto whisky-. En cuanto ven la más mínima oportunidad, te la pegan con otro...
     -¿De verdad? ¿Y qué tienen contra nosotros? -dijo el barman, que daba crédito a todo lo que el bebedor decía porque era inspector de Hacienda.

Seis microrrelatos para olvidarse de los celos (I)

A Isabela Dávila
     
     Dos amigos psiquiatras conversaban mientras recorrían la campiña a la caza del rebeco:
     -Tengo un paciente que cree que está enfermo pero solo es tonto -dijo uno de ellos con jactancioso sarcasmo.
     -Y aquel paranoico con ideas delirantes acerca del oxígeno, ¿cómo está ahora? -preguntó el otro.
     -Peor que nunca -respondió el primero-. Ahora dice que el aire se está escapando al espacio exterior. No reacciona bien con ningún medicamento. Es un auténtico caso perdido.
     -¿Y está casado? Seguro que tiene a su mujer atormentada con los celos -dijo el segundo.
     -Está casado y es un caso singular porque no es nada celoso -dijo el primero-. Es curioso: se casó con ella porque la quería

4 de abril de 2013

Una traición

     Lo sabía, sabía que estaba con otro, hace unos meses trabajaba muchas menos horas... Un año atrás, cuando empecé a sentirme celoso, me era fiel, estoy seguro de eso. Pero ahora... Los niños la echan de menos, es una... Tengo que hacerle ver el daño que me ha hecho. Cuando comenzaron las sospechas dejé de tratarla con afecto. Eso explica que haya acabado buscándose a otro hombre. He sido muy torpe. No se ama a una persona porque nos sea fiel, se la ama porque la queremos. No hay que sospechar de la mujer que se quiere, si la queremos es porque la conocemos y, si la conocemos, es absurdo dudar de ella. Si no nos es fiel, no nos merece, no es la persona que pensamos que era. Yo no valgo menos porque ella me sea infiel; siempre hay una persona para la que podamos ser imprescindibles, si ella no es esa, encontraré a otra... ¡Pero qué absurdo es todo esto! ¿Cómo puedo hablar tan fríamente de mis sentimientos? ¿Es que se ama buscando un interés y cambiar un afecto por otro es tan fácil como marcar una cruz en un test de verdadero o falso? Debería haberle demostrado que la quería. No se ama si no se manifiesta el amor. Mi obligación era hacerla feliz con la expresión de mi cariño. Ahora la he perdido. No sé si siento algo. Creo que no. Desde el día en que empecé a dudar de sus palabras, dejé de quererla, no se quiere a alguien al que no creemos conocer. Quizá sí la conocía pero mis dudas la expulsaron de mi corazón. Ahora, lo que siento es odio, indignación y humillación pero no pena. Cuando se traiciona a un hombre enamorado, siente pena pero yo ya no estoy enamorado. ¡Que duro se me hace asimilar esto! Pero la dificultad es solo cuestión de amor propio. No es su amor el que me salva a mí del odio a mí mismo. Cuando nacemos, el conflicto con nosotros mismos no existe. Nos enseñan a odiarnos los demás. Solo me necesito yo para salvarme de la autodestrucción. Pero, en cambio, el amor es imprescindible para una persona, no podemos vivir con un sucedáneo toda nuestra vida por la ley de la inercia... Ella y yo ya no hablábamos casi, era una vida de pura rutina. Necesito encontrar otra mujer. Lo nuestro está acabado. Me ha traicionado. La traición no se puede dejar impune...
     Sonó la cerradura de la puerta de casa y luego el portazo al cerrar de nuevo. Eran las once de la noche. Los niños estaban acostados. 
     -El inventario nos ha dado muchos problemas, no he podido acabar antes -dijo ella cuando entró en el cuarto de estar.
     Él se acercó a ella, la cogió de los codos, la miró sonriendo y le dijo:
     -¡Cuánto he llegado a quererte! He sido muy tonto. Eres una gran mujer y ahora te he perdido.
     A ella se le encendió el brillo de su mirada y, durante unos instantes, hubo de apartarla del rostro de su marido.
     -No me sentía totalmente segura de qué era lo que me estaba ocurriendo. Por eso no te lo he dicho -dijo ella.
     -Fui yo el primero en traicionarte -dijo él.

2 de abril de 2013

El niño que aprendió a odiar

     El primer año de colegio, Luis lo pasó francamente mal. El era de carácter sociable pero, en el patio del colegio, aprendió que era más importante el juego que los sentimientos por lo que, a la hora de la verdad, todos estaban enfrentados contra todos como en una guerra pues lo importante era arrancarle la victoria al rival. También comprobó con decepción que las chicas eran naturales enemigas de los chicos y normalmente les impedían participar de sus juegos. Si ya era duro haberse convertido en alguien que tenía que salir a flote por sí mismo pese a estar rodeado de compañía, más duro fue aprender que estaba prohibido ser feo o tener cualquier defecto, circunstancia que convertía a quien carecía de perfección en un apestado. Él era muy delgado lo que lo incluía entre los proscritos. El recreo era para él una guerra en la jungla. Tanto le acosaban con todo tipo de ataques contra su condición de delgado que acabó desconfiando de todo el mundo. En clase, la maestra también era su rival porque le reñía y suspendía sus exámenes si no mostraba los conocimientos adecuados.
     Aunque se sintiera profundamente mal, no podía llorar porque eso se consideraba ridículo en la escuela. Si decidía evitar la compañía y llevar una existencia solitaria, los demás le señalaban y le hacían sentirse muy humillado y si, por el contrario, tomaba parte en la vida del grupo, todo eran conflictos y maltratos y era mucho peor para él. Por eso, cuando Maite, una de las niñas, llegó junto a él un día y le preguntó si quería ser su amigo, él sintió un alivio enorme. A partir de entonces, se sentaba junto a ella en clase y, en el patio, paseaban juntos y jugaban solos. El colegio comenzó a ser un paraíso para él. Al levantarse de la cama por las mañanas, le palpitaba el pecho esperando la hora de encontrarse con ella y, cuando la volvía a ver, todo su cuerpo se relajaba y la felicidad más grande le invadía. 
       Un día, tan enamorados se sintieron ellos dos, que fueron a un lugar solitario y se dieron un beso en la boca. Un niño, Fernando, hábil en enterarse de los secretos de todos, los espiaba aquel día y pudo ver cómo se besaban. Fernando se lo comunicó al director del colegio, eran los años finales de la dictadura. La maestra dio un cachete fuerte a Luis y a Maite delante de todos y los obligó a sentarse muy lejos el uno del otro. En el recreo, dejaron de poder estar juntos porque los demás niños actuaban de policías, jueces y vigilantes. Luis sintió tal desasosiego aquel año que cuando, en la ceremonia de la Primera Comunión, el sacerdote le introdujo la hostia en la boca, se vio abordado por la descorazonadora sospecha de que Dios deseaba aquel tormento.