7 de marzo de 2013

Un sentido en el vacío

     El divorcio había traído la desolación a su alma. No se ama en balde ni se abandona la costumbre de un cuerpo, de una mirada, de una boca buscada mil veces con la indolencia con que el pie abate un castillo de arena. Se había quedado solo, buscándose en la muerte porque, una vez derrumbado todo, no le quedaba otro sabor que el del fracaso. El nuevo rumbo de su vida se le representaba como un declive definitivo, el poso final, sombrío y lleno de hiel. No hay una edad, por muy corta que sea, en la que estemos exentos del peligro de tropezarnos con esa sensación de que todo se acaba. Él todavía no era un anciano pero su corazón percibía el corto tiempo que pensaba le quedaba por vivir como envuelto en sombra y derrota.
     Lo que a otros estimula y causa placer y amor por la vida a él le parecía la urdimbre con que el teatro del mundo estafaba al género humano. Ya no quedaban en su existencia más que ilusiones perdidas, sueños que el paso del tiempo había hecho fútiles, como un montón de hojas que arrastra el viento en un desapacible día de otoño.
     Aquel viernes, después de la comida, el agrio rumiar de sus pensamientos le mantenía clavado a la silla junto a la mesa. La persiana, a medio agachar, dejaba en penumbra la estancia; el cendal de las ventanas oscilaba lánguidamente empujado por la brisa veraniega.  Su alma estaba despojada y sedienta. Reprochaba al mundo y a sí mismo la inconsistencia de las cosas que le habían proporcionado la felicidad en su vida. Desde su adolescencia, había buscado la plenitud, llenar de sentido y sustancia su existencia. Pero, de pronto se había rasgado el velo de la realidad y había quedado al descubierto el fraude que era todo aquello que un corazón se obstina en perseguir. Mientras entretenía su mirada fijándola en las cortinas de la ventana, a las que el viento transmitía aquel movimiento lúgubre y perezoso de siesta estival, su imaginación le representó el último día, la partida del mundo sin un alma a la que decir adiós, sintiendo que había pasado por la vida como un ser invisible que desaparece sin dejar más rastro que el aire cuando se retiraba de aquellos cendales.
     De súbito, su mente, en un salto convulsivo, le mostró otra orilla, otra posibilidad, otro destino. Aquella mañana, como tantas otras, se había negado a sí mismo el derecho a soñar cuando vio la sonrisa y la dulce mirada de la hermosa muchacha que le acompañaba en el lugar de trabajo. Veinte años de diferencia en la edad eran demasiados para un hombre cuya actividad laboral tanto tenía que ver con los números y las matemáticas. Pero, en aquel momento, la añoranza de amar, le mostró bajo una luz más favorable la racionalidad de aquel sentimiento que tantas veces había reprimido. ¿Y si a ella no le importara?, pensó. ¿Y si, después de todo, esa chica pudiera abrirle su corazón? ¿Por qué no ver ahí lo que le liberaba de vivir el resto de sus días amarrado a la sombría sensación de haber nacido muerto?
     Y entonces, se abrió la puerta y apareció la muchacha.
     -¿Javier, otra vez comiendo en la oficina? -dijo alegremente al entrar-. Tu divorcio te va a matar. Tienes que encontrar una mujer que te cuide.
     -¿Patricia, qué vas a hacer esta noche? ¿Salir con tu novio? -dijo él.
     -Quizá no. Nos hemos peleado -dijo ella- pero no creo que sea algo definitivo.
     -Ese novio tuyo no me parece que sea precisamente tu alma gemela -dijo él.
     -Bueno, menos da una piedra -dijo ella irónicamente mientras conectaba el ordenador y ponía debajo de la mesa unas cajas que estorbaban el paso.
     -Patricia, si le das una escusa a tu novio esta noche, te invito al cine y vemos los dos la de Russell Crowe...  

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