11 de marzo de 2013

Traición

     A veinte metros bajo tierra, Pedro Rodríguez detuvo unos segundos su pico para decir, al hilo de la conversación:
     -¡Sin Dios, la vida no es nada! Mi fe es lo que me tiene en pie. Yo puedo amar a mis semejantes como a mí mismo pero, a Dios, lo pongo por encima de todo. Con Dios, no hay medias tintas que valgan.
     -Sí, siendo religioso como tú, veo explicable que le des tanta relevancia a Dios -dijo Judas José Carmona, que ya llevaba diez minutos sin clavar el pico en la roca por discutir con más desembarazo con los demás-. Pero quienes no tenemos que rendir culto a ningún dios ni religión podemos valorar nuestra propia satisfacción por encima de todo lo demás y vivir simplemente para nosotros mismos porque, si no nos cuidamos y queremos nosotros mismos ante cualquier otra cosa, ¿quién lo va a hacer? Yo, que no tengo Dios ni amo, me sirvo a mí y todos los demás, que vayan detrás...
     -Yo no tengo Dios ni amo, ni me engatusa nadie, ni me dejo engañar por cuentos chinos -dijo Jesús Ramírez- pero, si solo vives la vida para ti mismo, es como si hubieras venido al mundo para nada. Cada vez que vengo aquí, me traigo la foto de mi mujer para que, si ocurriera lo que todos tememos que pueda ocurrir, al menos unos instantes antes de morir pudiera ver la cara al ser que hace que mi vida merezca la pena.
     -Eso son sentimentalismos -dijo Judas José-. Nadie vale tanto como para justificar la vida de uno.
     -Es la vida la que no vale nada por sí misma -dijo Jesús-. Es tan breve como un suspiro y está llena de dolor que solo puede calmar el amor. El que no tenga a quién querer, por muy indolente que sea, vive una existencia miserable envuelta en amargura y desolación.
     -Palabras bonitas... -dijo Judas José.
     -¡Venga Judas! ¡Echa una mano, no estés tan parado! -dijo otro de los mineros.
     Un instante después, una enorme mole cayó sobre diez de los mineros. Seguían cayendo piedras amenazando con un derrumbe del techo cuando Judas Jesús se abalanzó hacia el ascensor y, sin esperar a los demás, se dirigió a la superficie.
     Al poco, el techo cedió y cayó otra gran roca, que aplastó a Jesús mientras que Pedro Rodríguez logró esquivarla. Cuando el ascensor regresó, Pedro se montó en él y subió solo pues no había ningún otro superviviente.
     Pedro Rodríguez no ocultó a nadie cuanto sucedió en la mina. La esposa de Jesús, mucho tiempo después, aún decía cuando hablaba de Judas José:
     -Ojalá tuviera conciencia y se ahorcara.
     Judas José, cuyo corazón era depósito de la más vil cobardía, quiso convencerse durante muchos años de que su comportamiento en aquel incidente había estado dentro de lo más normal. Pero sus noches eran amargas, la soledad absoluta que había acabado granjeándose no le era indiferente. Acabó por percibir la gravedad de su acción, miró un día a los ojos de la esposa de Jesús y tan sombrío fue lo que vio en ellos que se arrojó al río.

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