16 de marzo de 2013

Sueños irrealizables

     El pianista se estaba cansando de aquella chica que se había tomado más vermuts de lo debido y, muy pasadas las horas de cerrar el bar, le pedía canciones románticas para llorar a gusto.
     -Toca otra vez la del unicornio azul -le dijo la chica estremecida de emoción-. Yo quiero un unicornio azul, un bello sueño irrealizable -y por apoyar su cabeza en su mano, puso el codo sobre el piano tan torpemente que se lo clavó en la mano al pianista.
     -¡Uff! Oye, muchacha, ¿por qué no te vas a la cama, que es donde mejor se ven los sueños irrealizables? -dijo el pianista tristemente.
     -¿Pero me vas a decir tú a mí que no tengo derecho a soñar? -dijo la chica sacando pecho y poniéndose  muy erguida aunque tambaleándose.
     -Yo no he dicho nada de eso, muchacha -dijo el pianista poniendo la palma de la mano ante ella para pedirle calma-. Pero es muy tarde ya y mañana tengo que madrugar y tus padres se estarán preocupando y el bar hay que cerrarlo y... estás bebida y donde mejor estás es en la cama.
     En la mirada de la chica, había una lánguida y tristísima expresión cuando dijo con la vacilante y torpe articulación que le imponía la carga de alcohol que llevaba su cerebro:
     -Es tarde para soñar... ¡Qué triste suena eso! -luego dio un golpe con su puñito sobre el piano y gritó:- ¡Pues no, yo quiero soñar y soñaré!
     El puñetazo de la chica hizo caer la tapadera del teclado que golpeó las manos del pianista.
     -¡Ahh! Pero, muchacha, ¿de qué te sirve soñar si estás mal? Llevas llorando toda la noche por ese novio que te ha dejado, dices que has perdido el trabajo, tu madre tiene depresión... ¿Sabes qué deberías hacer? Creer en ti. Tómate en serio la tarea de solucionar tus problemas. Puesta a soñar, ¿por qué no sueñas con arreglar tu vida de forma sensata?
     -¡Yo quiero volar! ¡Volar! ¡Subir a las estrellas! ¡No me importa el mañana...! -exclamó la chica haciendo caer la tapadera del piano al golpear inadvertidamente con su mano la varilla que la sostenía en alto.
     -Creo que no te importa ni siquiera el presente -dijo el pianista-. Si me dices dónde vives, te llevo en mi coche.
     -Vivo en las nubes, como los pájaros azules... -dijo la chica levantando los brazos hacia arriba.
     -¿Y, cuando se te acaba el combustible, dónde sueles aterrizar? -dijo el pianista.
     -¿Eh? -dijo la chica, que no comprendió la irónica alusión.
     -Dime dónde vives -insistió el pianista.
     -En el diez de la calle Ramón y Cajal -dijo la chica-. Pero ojo con las manos, que soy una señorita.
     -Señorita, mis manos han tocado la Hammerklavier de Beethoven, están tan educadas que sabrán resistirse a tus encantos.
     Cuando el padre de la chica la vio llegando a casa agarrada al pianista y con pasos vacilantes, se asustó y preguntó qué le pasaba.
     -No le riña -dijo el pianista-. Ha bebido más de la cuenta porque su novio se la ha dejado.
     -Eva, mañana hablaremos yo y tú -dijo el padre-. Vete a la cama a descansar.
     -Buenas noches, muchacha -dijo el pianista mientras la chica entraba en casa- ha sido un placer conocerte.
     -¿Cómo ha sido traer usted a mi hija? -dijo el padre.
     Y el pianista respondió:
     -Soy un idealista pero de los que quieren tocar.

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