12 de marzo de 2013

La diferencia

     Gerardo Nieto, un nuevo rico cuya empresa quebró dejándole en muy mala situación económica, tenía dos grandes deudas que saldar y dudaba a cuál de los acreedores dejaría sin abonarle la suma adeudada pues materialmente le faltaban fondos para cumplir con ambos. Gerardo era un hombre honrado, no dado a actitudes desaprensivas, pero no le quedaba más remedio que quedar mal con uno de los dos. El dilema le hizo cavilar mucho y no se acababa de decidir por uno. Por eso decidió consultar esta grave decisión con su amigo íntimo Fernando Cayuelas. Fue de visita a su casa y, cuando, después de tomar un café en la cocina, se dirigieron los dos al despacho de Fernando a fumar un puro y conversar sobre negocios y economía, Gerardo le confesó su preocupación.
     -Vamos a ver, Gerardo -dijo Fernando-, ¿de qué deudas se trata?
     -Pues una es un busto mío que encargué a un escultor y otra, una multa de tráfico -dijo Gerardo-. Yo creo que debería pagar la multa porque, de esa manera, no me embargarán el coche. Yo soy un hombre honrado y me duele que el artista no cobre su trabajo pero tengo que pensar también en mí. A un artista, como persona generosa que es, le puedo convencer de que me perdone una deuda, en cambio el Estado es inflexible y actúa sin sentimiento alguno.
     Fernando Cayuelas se paró unos segundos a meditar y, al final, dijo:
     -Harás muy mal en pagar esa multa, amigo Gerardo. No sabes tú aún el terreno en que te has metido. La indignación de un artista es la más espantosa perspectiva que se le abre a quien es objeto de ella. Para un artista, no hay tema más relevante en el mundo que su ego. Si se lo hieres, hará caer sobre tu conciencia tal carga de remordimientos y te hará sentirte tan sucio e insignificante, aun sin emplear la acusación directa, que vivirás el resto de tu vida pensando que eres una piltrafa. No hay piedad en un artista mancillado. Subirá a la categoría de delito cósmico e infamia universal la más insignificante muestra de desapego hacia él. Créeme que hay serpientes menos venenosas y letales que un artista humillado. La generosidad del artista termina donde empieza a sentirse minusvalorado. Si lo consigues en uno de ellos, estás perdido. No hay hoyo en la tierra lo bastante profundo para esconderse de su inquina devastadora.
     Gerardo se quedó helado al oír estas palabras que le sumieron en una honda preocupación. No obstante, no quería que le embargaran su coche y fue a rogarle al escultor, con mucho apuro, que le perdonara la deuda. El escultor, que era una persona de bien y de gran sencillez cedió al instante dejando la advertencia de su amigo Fernando por falsa, al menos en aquel caso concreto.

2 comentarios:

  1. Dicen que hablando se entiende la gente, y existen unos más dados a escuchar y a comprender que otros, por eso el error es encasillar.
    Un abrazo.

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  2. El caso es que, en algunos casos, en los lugares comunes hay un no sé qué de pequeña verdad.

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Gracias por su comentario