10 de marzo de 2013

Juliette

     Alejandro Romero había llegado a la cúspide de su especialidad. Era considerado uno de los científicos más relevantes en el campo de la Física de partículas. Se podía decir que, gracias a él, se estaba a punto de conquistar el secreto de la materia, siempre contando, lógicamente, con los límites a esa conquista que imponía el principio de incertidumbre. No habría nunca manera de calcular la velocidad de las partículas al mismo tiempo que su masa, eso ya era una batalla que se daba por perdida.
     Alejandro pasaba su tiempo sumergido en la elaboración de larguísimas y complejísimas fórmulas, metido en las instalaciones del CERN día y noche, dirigiendo su imaginación a un mundo casi infinitamente pequeño, totalmente ajeno a la realidad de tamaño normal que percibían sus ojos humanos. Casi nada le importaban sus compañeros de trabajo, a los que consideraba no más que como los ayudantes que precisaba en esa indagación en unos dominios cada vez más escondidos y abstractos. Ni siquiera la belleza de la doctora Anne Guggiari conseguía distraerle de la atención que prestaba a los muy competentes informes técnicos de esta ingeniera formada en la más prestigiosa universidad de Europa. 
     Sin embargo, cada vez que salía del laboratorio y llegaba a su apartamento para encontrarse con la soledad y la sensación de vacío, una zozobra interior le poseía y se le hacía un nudo en la garganta. Alguna vez, había llegado a dejar caer unas lágrimas en su butaca mientras escuchaba la Hammerklavier de Beethoven pensando en su estancamiento emotivo y en su alejamiento de la vida, que se imaginaba definitivo y una condición inevitable de la clase de trabajo que tenía.
     Por todo esto y dado su escaso tiempo libre, intentó saciar su sed de compañía humana introduciéndose en una red social de internet. Todas las noches, al llegar a su casa, en lugar de dedicar su tiempo a ver la televisión, conectaba su ordenador una hora u hora y media e intentaba comunicarse con alguien. Cuando la persona que contestaba a su demanda de comunicación le hablaba de política, deportes, literatura o cualquier otro tema intelectual, con mucha amabilidad, se despedía de ella definitivamente. Por esto, estuvo casi a punto de renunciar a aquella vía de escape a su soledad pues se daba cuenta de que todo el mundo consideraba lo más conveniente charlar sobre los temas más corrientes y comunes. Nadie, en principio, quería hablar del sentido de la vida o mostrar su alma desnuda hablando de sus sentimientos.
     Pero, un día, llegó Juliette. Era una muchacha sensible e inteligente y, cuando le mostró una imagen suya, pudo comprobar que también bellísima. Todos los días hablaba con ella. Congeniaban de una manera extraña. Sus personalidades eran semejantes a pesar de los distintos ambientes en los que habían crecido. Y muy pronto, Alejandro albergó el deseo de convertirse en habitante prioritario de aquel corazón tan dulce. Ella le daba un afecto puro, sin insinuaciones, sin intereses, sin condiciones y él vio su alma saturada de amor por aquella hermosa mujer de tal forma que, de la manera más sencilla e inocente posible, día a día le declaraba hasta qué punto la quería y de qué forma tan rotunda y absoluta le gustaba ella. 
     Sin ser capaz de resistirse al cerco de la pasión que le expresaba Alejandro, Juliette, después de unos meses, accedió a la demanda de su amigo de que le abriera su corazón. En ese momento, su vida parecía haber cambiado de signo. En el CERN, se distraía su atención muchas veces pensando en su maravillosa Juliette y, no le daba tanta importancia a que dos partículas chocaran dentro del gigantesco circuito del laboratorio como a la forma en la que la noche anterior había respondido su amada cuando había elogiado, por ejemplo, el color de sus ojos o a la cantidad de amor que expresaba una frase de ella al hablar, a lo mejor, de su corte de pelo.
     Cuando se daba cuenta de lo absorbente que era el sentimiento que experimentaba, capaz de hacerle equivocarse haciendo un cálculo sencillo o perder el hilo de lo que le decía Anne Guggiari, pensaba que el amor era un campo tan complejo y necesitado de intensiva dedicación como la Física de partículas y que había razones para considerarlo materia de gran impenetrabilidad al conocimiento.
     Un día concertaron él y Juliette una cita para verse en persona. El lugar elegido fue la estación de tren en París. Alejandro bajó del tren y, tras otear en distintas direcciones, encontró a su amada confundida entre la multitud, vestida con sencillez y hermosa como un hada. Se acercó a ella y sus ojos se encontraron. Se abrazaron y se besaron muchas veces. El le acariciaba su pelo negro, cogía sus manos, besaba sus mejillas y su frente, volvía a abrazarla... 
     -Juliette, eres la mujer más guapa del mundo -dijo Alejandro cuando caminaban hacia fuera de la estación-. Siento una emoción que no soy capaz de definir. Eres la persona más parecida a mí que conozco y, sin embargo, me asombras tanto y me causas tanta admiración como si vinieras del más lejano de los planetas. 
     Alejandro veía su vida alcanzar al fin la plenitud. Su sensación de formar parte de la realidad, de estar en comunión con el mundo, de estar vivo por primera vez en mucho tiempo, la debía a Juliette. Ella era la realidad, el mundo, la vida, combinada con lo más íntimo de él mismo.
     Juliette era una desconocida, representaba algo extraño y arcano. Su realidad íntima y esencial era un enigma para él. Sin embargo, nada había en ella que requiriera formular un principio de incertidumbre. Sencillamente, era hermosa por completo y eso era lo único que merecía la pena saber.

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