19 de marzo de 2013

Éxito

     Gloria Cánovas estaba en la cima de su carrera. Acababa de conseguir, con tan solo 29 años, su segundo disco de platino. Pero esa mañana de domingo no preparaba ningún concierto, no estaba de reunión con su manager, no estaba firmando autógrafos a los fans: estaba a solas consigo misma y eso, para ella, era lo peor que le podía pasar.
     Las Coca-Colas con ginebra eran su forma favorita de borrar su imagen del espejo. Llevaba ya la tercera y estaba dispuesta a seguir hasta estar lo suficientemente desinhibida como para burlarse de su vecina y decirle por teléfono a su padre que la había hecho infeliz. Ese tipo de cosas le permitían compensar su paradójica sensación de insignificancia pues la dos veces disco de platino no se había desprendido todavía del terrible sentimiento de inferioridad que arrastraba desde la adolescencia. A su manera de verlo, el hecho de que su vecina o su padre no se sintieran derrotados por ella en ocasiones como la de aquella escaramuza que pensaba hacer y que tal esfuerzo de valor requería de su ánimo sería una prueba de su propia inferioridad y fracaso. Pero este tipo de acciones solo le conducían a sentir más humillación y culpabilidad todavía y si, aun así, las llevaba a cabo cada vez que estaba bebida, era en medio de una espiral cada vez más pronunciada de castigo y odio a sí misma que ocultaba su carácter dañino bajo un disfraz lúdico y liberador. Todos sus novios la habían dejado porque, en rigor, su comportamiento era el de una maltratadora psicológica y ese era un motivo más que tenía para beber esa mañana de primavera.
     Se sentía conmovida consigo misma cuando marcó el número de teléfono de sus padres, que vivían a más de cien kilómetros de allí.
     -Dile a mi padre que se ponga -dijo Gloria cuando escuchó la voz de su madre.
     -¡Hija, te estaba intentando localizar! Llamaba a tu teléfono pero me contestaban que tu número ya no estaba activo.
     -Es que un fan me estaba jodiendo mucho y he cambiado el número. Dile a mi padre que quiero hablar con él.
     -Tu padre está en el hospital. Ha tenido un infarto cerebral. ¡Hija, lo más probable es que no se recupere!
     Gloria, sorprendida y conmocionada, solo dijo antes de colgar:
     -Voy para allá...
     Por la tarde, viajando hacia la ciudad de sus padres en el coche de un compañero del grupo, dormitaba, a ratos, en el asiento de atrás. Cuando despertaba, le venía muchas veces a la mente la idea de que debía haber perdonado a su padre y que no haberlo hecho antes de su infarto volvía irreversible y definitiva su propia culpa. Le caían lágrimas a menudo, conmovida consigo misma y pensaba con la vaguedad de las intuiciones que aquella culpabilidad suya, que la educación de su padre había imprimido en su espíritu, acababa de ser consolidada para siempre gracias, una vez más, a la influencia paterna.
     El conductor la oyó una vez sollozar y dijo:
     -Gloria, no te puedo entender. Tu padre era la persona a la que más odiabas en el mundo y, de pronto, lloras porque se va a morir. ¿No estarás ensayando para el entierro?
     -¡Cállate, idiota! -dijo ella-. Lloro porque le debía un perdón. Es mi padre, si no lo perdono a él, nunca me reconciliaré con el resto de la humanidad.
     En el otro asiento delantero iba un amigo del conductor, que sería el que tomaría el relevo ante el volante durante el retorno. Era un acuarelista de edad madura y gran sensibilidad. Aquella era la primera vez que veía a Gloria en persona y, al oír esas palabras, dijo:
     -Eso tiene mucho sentido. Si los perjuicios de los otros que más nos dañan se salen de nuestra comprensión y no somos capaces de encasillarlos y justificarlos en una mínima medida, ya no podremos ver a la especie a la que pertenecemos con la suficiente condescendencia y es importante que se haga, sobre todo porque tanta indulgencia tendremos con nosotros mismos como tengamos con los demás.
     -Yo no es conmigo con quien no tengo indulgencia -dijo Gloria sin saber que no era cierto, solo por una reacción de miedo a la verdad-. Tengo dos discos de platino, no es como para encontrarme insatisfecha de mí misma precisamente.
     -Lo importante no es tener éxito sino permitírselo a sí mismo -dijo el acuarelista-. En un mundo donde ser lo que en realidad somos, aun sin aspirar a más, está vetado y marcado por el sentimiento de culpa, el éxito se usa para sustituir la propia aceptación. Pero, cuando sucede esto, el éxito no aleja nuestros remordimientos e incluso, a veces, los aumenta.
     Gloria calló pero aquellas palabras la impresionaron profundamente y,en silencio, reflexionó sobre ellas durante el resto del viaje.
     Cuando llegó a la ciudad de sus padres, fue directamente al hospital. Su padre estaba en la unidad de cuidados intensivos. Su madre estaba en la sala de espera y, al verla, le dio un abrazo mientras sollozaba con amargura.
     -Mamá, sabes que papá y yo no estábamos de acuerdo en muchas cosas -dijo Gloria una vez que las dos se sentaron- pero no quiero que muera. Hoy me he dado cuenta de que a quien de verdad le guardo rencor es a mí misma, mi padre no significa ya nada para mi vida.
     -Pero, hija, es tu padre, ¿no lo quieres? -dijo su madre.
     -Bueno, mamá, simplemente no lo odio, con eso te debe bastar -dijo Gloria.
     Un par de horas después, un hombre con una bata blanca se presentó en la sala y dijo a la madre de Gloria:
     -Traigo una buenísima noticia para usted. Su marido da síntomas claros de mejoría. Si no temiera darle falsas expectativas, le diría que creemos que se va a recuperar pero comprenderá que yo eso no se lo voy a decir todavía. Pueden pasar a verle, sigue inconsciente pero bien.
     -¡Vamos, hija, ven conmigo! -dijo la madre de Gloria, llena de emocionada alegría.
     -No, mamá, yo te espero aquí, que me da muchísima aprensión verle así -dijo Gloria, quien, en realidad, temía que la claridad actual de sus ideas se quedara en nada otra vez al contemplar el rostro de su padre.
     Cuando su madre volvió de la uvi, eran las diez de la mañana. Le dijo, emocionada, que su padre había abierto los ojos y le había dicho unas palabras. Gloria decidió irse sin verle, recordaba el desapego que mostraba ante todos sus intentos de complicidad con él cuando era una niña y, sobre todo, su desaprobación hacia cuanto ella era. Ahora al fin comprendía que no debía echarle en cara a su padre que no la hubiera querido nunca, que eso formaba parte de los sentimientos de otra persona y no pertenecía al campo de la voluntad de nadie. Solo podía exigirle respeto y eso lo había tenido de él. Aceptando de este modo los sentimientos de su padre, aceptaba su propia indiferencia hacia él y la del resto del mundo hacia ella.
     De vuelta a Madrid, Gloria viajó en el asiento de delante con el acuarelista de piloto. Habló mucho con él y se dio cuenta de que congeniaban de manera asombrosa. El afecto que le comenzó a inspirar aquel hombre le resultaba extraño en su vida por su naturaleza e intensidad. Llegaba a su alma sin proponérselo, inevitable e involuntariamente, de la misma forma como la indiferencia que le inspiraba el resto del mundo se imponía a su corazón más allá de su voluntad. Algo le decía que aquel hallazgo era algo de un inmenso valor y sintió un movimiento de bienestar en su alma, sanador y portador de una felicidad luminosa. La satisfacción que sentía imaginándose la perspectiva de esta nueva amistad en su vida era inmensamente superior a la que le producían los dos discos de platino. De hecho sentía que podría haber prescindido de ellos pero no de aquella amistad que comenzaba a llenar su corazón y a iluminarlo poderosamente. Aceptar a aquella persona como parte de su vida equivalía a aceptarse a sí misma pues la sentía como un reflejo perfecto de ella. Aquel iba a ser el verdadero éxito de su vida.

2 comentarios:

  1. Muy bueno Luís, y aunque suena tanto a tópico, opino que el éxito es una condición bastante abstracta y de difícil definición, viene a ser una sensación de paz con nosotros mismos y de aceptación. Feliz día.

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