24 de marzo de 2013

En un café

     Una mañana de sábado a mediados de agosto, conversaba, en un café de Madrid, un reputado pero hosco cirujano con un sacerdote de avanzada edad, de una sombría afición a la ortodoxia. El médico se solazaba en mostrar su pesimismo ante el clérigo:
     -No hay razones para la esperanza -dijo, a propósito de la condición humana, justo antes de llevarse a los labios una copa de brandy. En su mirada triste podía percibirse un brillo de crueldad, esa crueldad que satisfacía en aquel momento con sus palabras duramente pesimistas.
     -Así es -dijo el sacerdote, a quien las mejillas, pálidas y reblandecidas, le colgaban en el rostro-. En este mundo, no hay esperanza, solo en el otro.
     El cirujano, a quien espoleaba la ambición de superar en dureza las observaciones del sacerdote en aquella especie de lance verbal, sórdido y degradado, sarcástico y culto, dijo a continuación:
     -Más valdría matar a los niños más débiles y sensibles cuando nacen; de la taras físicas y morales, jamás se puede recuperar a un ser humano.
     El cura, se echó al gaznate un trago de vino y respondió:
     -Después del bautismo, por supuesto.
     El cirujano no se quiso quedar atrás y replicó:
     -El Estado debería encargarse de suministrar la inyección letal y el padre de inyectarla al hijo, como prueba máxima de consentimiento.
     -¿Y por qué no la madre? -preguntó el cura.
     -Porque las mujeres son débiles y poco inteligentes -respondió el cirujano-. El amor por los niños pequeños las perturba.
     -¿Y en qué me beneficiaría a mí esta práctica? -preguntó el cura con sorprendente egoísmo.
     -Un mundo sin sensibilidad es más apto para instaurar el Reino de Dios; la desvergüenza y el pecado es cosa de los idiotas y delicados -dijo el cirujano y añadió poniendo su mano sobre la del sacerdote:- Volverían las prerrogativas y privilegios dedicados al clero. Los cargos religiosos serían económicamente opulentos. Usted sería tan rico como ahora lo es un empresario desaprensivo y audaz.
     -El dinero no da la felicidad -dijo el cura.
     -Es cierto -dijo el cirujano-. La felicidad no existe, pero tenemos que pensar en nosotros mismos y cuidarnos porque los demás no lo hacen.
     -Los enamorados sí se cuidan entre sí pero porque están atontados -dijo el cura mirando a dos jóvenes que se besaban.
     -El amor es una simple borrachera -dijo el cirujano, que tenía la nariz roja porque llevaba ya su segunda copa de brandy-. El amor es una tontería de adolescentes, lo más razonable es la prostitución asistida por el estado.
     -¡Virgen santa! No diga esas cosas -dijo el cura escandalizado-. Respete mi voto de castidad, que soy de carne y hueso...
     -Refrénese, padre; piense en un mocito -dijo el cirujano.
     -¡Señor mío...! -gritó el cura agriamente.
     -Perdóneme, padre, me dejo llevar por mi vasta cultura y mi formación estética -dijo el cirujano.
     -Nada, nada -dijo el clérigo-, un cristiano ha de ser viril, ha de ser un guerrero de la fe...
     -Dejemos estas elucubraciones tan encumbradas y nobles -dijo el cirujano-; son la causa de que se me haya ido el santo al cielo.
     -Sí, dejémoslas -dijo el cura-; hablemos de cosas caseras.
     -Padre, ayer estuve mirando en el laboratorio y tengo una noticia que darle -dijo el cirujano-: el tumor que le extirparon es maligno. Le quedan seis meses de vida como mucho.
     -¡Dios mío! ¡Se equivoca! Seguro que se equivoca -dijo el cura.
     -Por favor, padre -dijo el cirujano-, la ciencia médica es inapelable, es uno de los orgullos de nuestra civilización -y lanzó una risita indulgente.
     -¿Y qué hago ahora? ¿Dónde me agarro? -dijo el cura.
     -Pues rece, padre -dijo el cirujano-, rece por su alma, hombre de Dios. Así irá al Cielo.
     -¡Pero si no creo en Dios, maldita sea! -dijo el cura.
     -Yo le llevo a una casa de lenocinio -dijo el cirujano-. Ya que se va a morir, que sea después de eyacular unas cuantas veces.
     -¡No hay razones para la esperanza! -gritó el cura.
     -Eso es lo que le he dicho yo -dijo el cirujano, orgulloso de que se corroboraran sus teorías.
     -Es usted detestable -dijo el cura-. Es frío y cruel. Debería haberme dejado con la duda; necesito olvidarme de que voy a morir.
     -Le sugiero que lea revistas médicas -dijo el cirujano-. Entretienen mucho el pensamiento. A mí me funciona.

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