22 de marzo de 2013

El milagro

A Isabela Dávila

    La soledad y el aislamiento atormentaban el ánimo de Jorge Errante, que, con pesimista desencanto, escribía poemas que imaginaba impenetrables a cualquier otro espíritu. Su escepticismo frente a cualquier creencia religiosa se había extendido, con el tiempo, hacia todo aquello que podía alentar su esperanza. No existían los milagros pero tampoco salvación para el ser humano. El hombre, para Errante, era la más desdichada de las criaturas naturales y su vida era un camino gris jamás iluminado por la verdadera luz de la felicidad.
     El arte, en la imaginación de Errante, era un eterno fracaso pues buscaba la representación de lo individual, nada más paradójico pues las representaciones, por definición, se alejan de la realidad concreta, más, de hecho, cuanto más pretendan abarcar y comprender lo representado. Sentía que entre él y el mundo real había un abismo que solo era imaginable salvar por un milagro y él ya no creía en ellos. Por otra parte, su sed de amor, que le desesperaba y hacía zozobrar muchas veces, estaba condenada a no ser satisfecha jamás pues su timidez era tan profunda e incapacitante que eludía cualquier contacto social fuera de los que eran vitalmente necesarios. En resumen pasaba sus días en una perpetua agonía en la que incubaba un amargo resentimiento hacia sus semejantes y un sombrío desengaño de la vida.
     A su espíritu, noble y bondadoso, le era demasiado insoportable tanto desaliento y buscaba rabiosamente la forma de escapar de él. Sin embargo, solo era capaz de ver una muralla infranqueable más allá de las frustraciones que dominaban su existencia. Solo un milagro podía transportarle al otro lado de la muralla, como solo un milagro explica que la Virgen María siguiera siendo virgen después de dar a luz. Pero los milagros eran algo fuera de la realidad, de esa realidad, por otra parte, tan inaccesible a sus sentidos y a sus palabras. Ni siquiera creía en el mañana. A sus cuarenta años, se sentía acabado.
     Sus poemas estaban llenos de crípticas metáforas, tan oscuras y enigmáticas como la voz de una esfinge y sus versos se leían con la inquietante sensación de proceder de una mente perturbada por la más desconcertante, inefable y opaca de las locuras. Su corazón hambriento de afecto desconocía la necesidad que en el amor existe de anticiparse siempre y ser el primero en dar, sin pensar en el posible beneficio. Su alma estaba cerrada a la entrega a sus semejantes e interpretaba su soledad como el producto de la crueldad e insensibilidad humanas. Su destino parecía ser una sórdida y paulatina decadencia mental y física que le condujeran a una vejez y una muerte prematuras en medio del dolor de existir sin promesa ni ilusión alguna hasta el último día, en que sería ya solo un ser vacío y degradado.
     Pero los milagros sí existen, todo lo real es milagroso y la luz de esos milagros aprovecha las grietas de nuestros prejuicios para irrumpir resplandeciente y anunciarnos un amanecer, sin importar el tiempo en que hayamos permanecido en la oscuridad. Jorge Errante era dueño de una librería y cierto día entró en ella una nueva clienta, una muchacha cuyo aspecto, en el que se destacaba ante todo una dulcísima y bondadosa mirada, trajo, instantáneamente, una serenidad tan completa a su alma que un atisbo de esperanza le hizo brotar el anhelo de hacerse dueño de tanta belleza y beatitud y de, a su vez, convertir lo más íntimo de su ser  en hacienda de aquella mujer tan especial. Nada le decía que volvería a verla jamás pero su corazón le exigió soñar con ella por más imposible que fuera su repentino deseo.
     Pasada una semana, cuando aquellas sensaciones gozosas ya se habían disipado entre las brumas de su vida corriente, volvió a aparecer la muchacha y, esta vez, sintiéndose incapaz ya de renunciar a tan intenso alivio para su atribulado espíritu, venciendo todos sus temores y su pudor malsano, para dejar constancia de la afinidad que sentía hacia ella, cogió su mano antes de que se marchara y la acarició mientras le sonreía y le preguntó su nombre.
     -Isabella -respondió ella.
     Por la noche, cuando, como frecuentemente hacía, se sentó para escribir sus misteriosos versos, un impulso de rebeldía contra su rutina de miedo y falsa racionalidad, le tentó a escribir sencillamente estas palabras:

Te quiero, Isabella.

     Y tras ellas escribió el poema más transparente y claro que jamás había escrito. Sabía que a todo el mundo le sería accesible el significado de aquellos versos, incluso a los niños más pequeños, pero había en aquel poema un aliento de realidad, una inequívoca representación de su individualidad más pura y palpitante. En los días sucesivos, llenó decenas de hojas con sus poemas, poemas que ya no le hablaban solo a él mismo sino a toda la Humanidad y nunca sintió que representaba más diáfanamente su alma como ahora. El alma no habla con palabras pero ahí estaba el milagro, el milagro de unos versos en los que hablaba su alma, con la claridad con que hablan los besos y los abrazos y los sollozos y las lágrimas.
     Isabella volvió a la semana siguiente. Jorge Errante le entregó todos los poemas que acababa de escribir inspirado por ella y le confesó el afecto súbito que le había hecho brotar la misteriosa afinidad que había entre ambos. Ella le prometió su amistad, lo que representó el más esplendoroso destello de felicidad de cuantos recordaba en su vida. Cuando ella salió de la librería, volvió a quedarse solo en el establecimiento pero la soledad ya no lo abrumaba: era otro milagro, había encontrado la única persona en el mundo capaz de abrir su insólito corazón. 

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