15 de marzo de 2013

El martirio

     Juan Márquez, maestro de obras, terminado un trabajo, fue a pagar a su peón Lázaro Fernández, el muchacho que ponía las losetas.
     -No me va a contratar ya más, ¿verdad? -dijo Lázaro con tristeza a Juan.
     -¿Por qué dices eso, muchacho? -dijo Juan, sorprendido.
     -Lo hago muy mal; Marcos me lo dijo -respondió Lázaro.
     -¡Que lo haces muy mal! Trabajas tan bien como el mejor de los que tengo, chaval. Marcos te envidia. Es un idiota y una mala persona pero, por no echarlo, porque tiene hijos a los que mantener, lo tengo que aguantar...
     El muchacho era inocente y sin malicia y preguntó a Juan por qué el hecho de que Marcos le tuviera envidia restaba valor a su opinión.
     -No seas simple, hombre -dijo Juan-. Él sabe que pones losetas mejor que él pero, una vez que siente perdida su batalla por superarte, la única satisfacción que le queda es impedir que te enorgullezcas por la ventaja que le sacas. Por lo menos, ha conseguido que te martirices, como si no fuera real lo que le martiriza a él.
     -Pues, si le digo la verdad -dijo Lázaro-, tan martirizado acabé por lo que me dijo Marcos que las últimas losetas que he puesto, para mí, que no están tan bien puestas como las otras. Está claro, Juan, una de dos: o estás en el martirio o en el tajo.

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