8 de marzo de 2013

El hablador

     Fuera del escenario, esperaban cuatro personas a que les dieran el turno para demostrar ante un director de escena sus habilidades como actores. Uno de ellos era un sujeto algo perturbado que empleaba el tiempo de espera en mostrar su verborrea, muy desagradable por el alto volumen de su voz, aguda y poco armoniosa, y por la índole desalmada de las ideas que expresaba.
     -Yo no digo que la gente que no es inteligente sea mala gente -decía este personaje- pero deberían estar bajo la tutela de alguien. Y en la política debería ocurrir igual: los políticos, como personas de gran inteligencia que son, no nos deberían permitir que nos condujéramos libremente, deberían guiarnos, someternos como buenos padres, impedir que cometiéramos errores por vivir a nuestro propio arbitrio. Yo me sentiría más seguro si encima de mí hubiera alguien que tomara las decisiones más importantes de mi vida y también si a los que hay por debajo de mí pudiera obligarles a que no hicieran cosas que perjudicaran a la sociedad ni a ellos mismos. La inteligencia determinando el destino de la Humanidad... ¡Así me gustaría a mí que funcionara el mundo!
     Otro de los aspirantes a actor, por no seguir oyendo estas cosas, dijo entonces:
     -Ha venido también público a ver el casting. Al que aplaudan lo tendrá más fácil, creo yo.
     -No es por vanidad -dijo el individuo hablador- pero yo tengo cierta habilidad para despertar ovaciones.
     -¿En serio? -dijo el otro actor-. ¿Y cómo lo consigues? Muy buen actor hay que ser para que te den una ovación.
     -En realidad, solo hace falta tener pasión por el oficio -dijo el hablador-. Y, sobre todo, hacer una escena de llanto. Eso los vuelve locos. Yo he llegado a meterme cebolla en el ojo para llorar de verdad aunque escueza. La chusma, cuando ve derrumbarse a un hombre superior, experimenta un entusiasmo que no puede reprimir.
     -Eso es muy discutible -dijo el otro-. No hay hombres superiores.
     -Yo creo que sí los hay -dijo el de la verbosidad desproporcionada-. De hecho yo me considero inferior a muchas personas. Para mí la mayor prueba de superioridad es la capacidad lógica. Yo disfruto con las partidas largas de ajedrez. No hay placer más etéreo en este mundo que las emociones del ajedrez...
     Otro de los actores se estaba cansando seriamente de las tonterías del hablador e intervino diciendo:
     -Yo no he jugado en mi vida al ajedrez y no veo que tenga nada de emocionante a juzgar por lo parados que están los jugadores.
     -Es una emoción muy semejante a la del actor -dijo el de la lengua kilométrica-. Tus facultades se ponen en marcha con el fin de lograr ponerte en la piel del otro para poder derrotarlo. Eres tú pero como viviendo en otra conciencia.
     -Ya lo he comprendido... pero a la perfección -dijo el desconocedor del ajedrez-: es justamente la emoción de un microbio.

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