30 de marzo de 2013

Almas gemelas

     La llamada de la sexualidad no había sido suficiente para que, a sus 47 años, Javier Izquierdo contara ya con la compañía de una persona que inundara sus sentimientos de la luz del amor. Su timidez sobrepujaba a su necesidad de hallar un alma afín para la que fuera realmente imprescindible su paso por el mundo. El sufrimiento que le pudiera provocar esa carencia quedaba oculto tras la molesta ansiedad que continuamente le asaltaba cuando estaba frente a un semejante o se lo representaba. Había una carga irresistible de culpabilidades y autorreproches en su ánimo que le hacían sentirse de inferior condición a las otras personas, circunstancia que le colocaba siempre en una postura de debilidad e insignificancia frente a ellas. Su soledad, por esto, dañaba su autoestima más que su corazón. Trabajaba en una gestoría pero no sentía que el trabajo de empleado que realizaba fuera lo suficientemente prestigioso como para enorgullecerse de él.
     Salía muy poco por las noches aunque, de vez en cuando, le gustaba pasear a la luz de las farolas mientras meditaba sobre los grandes temas de la Humanidad, que interesaban vivamente a su intelecto. Una de esas noches, caminaba con las manos cogidas a la espalda mientras su mente trataba de elucubrar sobre la posibilidad de abarcar los sentimientos con el entendimiento. Se daba perfecta cuenta de que los sentimientos pertenecían al reino de lo individual y concreto mientras que el entendimiento solo funcionaba al nivel de los conceptos; sin embargo, intuía que tenía que haber una forma de abordar los sentimientos con la ayuda de la inteligencia que no omitiera su carácter individual y, al mismo tiempo, que no decepcionara al corazón.
     A su lado, los vehículos rugían rodando sobre el asfalto y la gente paseaba a sus perros, cargaba con las bolsas del supermercado o caminaba apresuradamente en busca de nadie sabe qué cosa urgente pero él había aprendido a abstraerse de todo este ajetreo y a concentrar su pensamiento en las cuestiones eternas, al modo de un apéndice protector de su timidez que le permitía hacer inofensiva la presencia de sus temidos semejantes.
     Cuando llegó a la avenida que bordeaba el río, se sentó en un banco de piedra que había en la acera y se concentró todavía más en su tarea de búsqueda y razonamiento. Al rato, una chica delgada de pelo y ojos negros con una maleta en la mano se paró frente a él y le preguntó cómo se iba a la calle Cristóbal Colón.
     -Yo vivo allí -dijo Javier-. Te acompaño.
     -Gracias -dijo ella sonriendo-. ¡Qué amable!
     Cuando ya estaban en la calle, Javier se despidió de la chica para dirigirse a casa y prepararse la solitaria cena. Pero, antes de que cerrara la puerta de la calle, la chica se precipitó detrás de él y entró con él en el edificio.
     -¡Es aquí donde voy yo también, qué coincidencia más extraña! -dijo ella entre risas.
     -¿El número quince? -preguntó Izquierdo.
     -Sí -respondió ella.
     -¿Vas en el ascensor? -preguntó Javier.
     -Sí -respondió la chica.
     -A todo esto, ¿cómo te llamas? -dijo Javier.
     -Teresa -respondió la chica.
     -Yo soy Javier -dijo él mientras le besaba las mejillas.
     Cuando traspasaron ambos el umbral del ascensor, preguntó Javier el piso al que se dirigía porque quiso ser él quien se encargara de darle a los botones.
     -El quinto -respondió la chica.
     -Quinto izquierda. ¡Vamos allá! -dijo Javier con alegría.
     -¿Cómo sabes que es el quinto izquierda? -preguntó la chica después de reír.
     -Porque yo soy el quinto derecha y no hay más pisos en la quinta planta.
     -¡Wooo! ¡No me digas! -dijo Teresa.
     -Hace mucho tiempo que no vive nadie en ese piso -dijo Javier-. La verdad, ya echaba de menos la compañía de algún vecino.
     -Encantada de tenerte de vecino, Javier -dijo Teresa.
     Javier se olvidó de su timidez en medio de aquel suceso tan chocante. La inercia de aquel arranque de conversación con la chica le llevó a dar un paso más allá y dijo:
     -Si no has cenado todavía, te invito. Pensaba hacer una tortilla de atún. Es lo que más me gusta cenar aunque es peligroso por el colesterol.
     -No quiero molestarte, Javier, muchas gracias -dijo Teresa.
     -No me molestas, al contrario; así me acompañas -dijo Javier.
     -De acuerdo, Javier. Dejo la maleta, me ducho y me cambio y voy a cenar a tu casa -dijo Teresa.
     -Muy bien, Teresa, te espero -dijo Javier.
     A mitad de la cena, mientras masticaba un trozo de tortilla, Javier miró a Teresa con el mismo gesto que un jugador de pocker pone cuando le salen cuatro cartas iguales y va a destapar la quinta. No se le escapaba que la creencia en fuerzas sobrenaturales era un absurdo que no le podía aportar nada a su vida pero su corazón, castigado por la inseguridad, se vio impulsado de pronto a fantasear con la posibilidad de interrogar al destino para conseguir una respuesta que le permitiera comportarse con toda la determinación que hasta aquel momento le había faltado en su vida social. Todo dependería de la respuesta de Teresa a una pregunta que se había decidido a hacerle.
     -Teresa, me gustaría saber tu opinión sobre un tema en el que estaba ocupando mi mente cuando nos hemos encontrado en la calle -dijo-. Yo sospecho que hay un punto de unión entre el intelecto y los sentimientos pero no sé concretar qué tendría que hacer el intelecto para acercarse a los sentimientos.
     Teresa acabó de masticar el trozo de tortilla de atún con pan de molde que se acababa de echar a la boca y dijo:
     -Tendría que crear una obra de arte. Cuando el intelecto quiere acercarse a los sentimientos, se convierte en expresión artística.
     Javier se quedó estupefacto. La respuesta le resultaba totalmente satisfactoria y coherente con sus reflexiones de horas antes. Milagrosamente, una chica que se encontraba en la calle sin aparente relación con  su vida y que luego había descubierto que era su vecina más cercana, resolvía un enigma que le había llevado meses de reflexión. Eso solo podía querer decir que el destino le estaba brindando un alma gemela a la que amar.
     -¿Cómo estás tan segura de eso? -preguntó Javier.
     -Me dedico al arte, soy pintora -respondió Teresa- y llevo meses pensando en cuál es el verdadero papel del arte. En tu pregunta he descubierto todas las claves que necesitaba para desvelar este enigma.
     Javier se quedó mirando a Teresa con una sonrisa tierna y la cabeza apoyada entre las dos manos y dijo:
     -¿Eres tímida, Teresa?

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