30 de marzo de 2013

Almas gemelas

     La llamada de la sexualidad no había sido suficiente para que, a sus 47 años, Javier Izquierdo contara ya con la compañía de una persona que inundara sus sentimientos de la luz del amor. Su timidez sobrepujaba a su necesidad de hallar un alma afín para la que fuera realmente imprescindible su paso por el mundo. El sufrimiento que le pudiera provocar esa carencia quedaba oculto tras la molesta ansiedad que continuamente le asaltaba cuando estaba frente a un semejante o se lo representaba. Había una carga irresistible de culpabilidades y autorreproches en su ánimo que le hacían sentirse de inferior condición a las otras personas, circunstancia que le colocaba siempre en una postura de debilidad e insignificancia frente a ellas. Su soledad, por esto, dañaba su autoestima más que su corazón. Trabajaba en una gestoría pero no sentía que el trabajo de empleado que realizaba fuera lo suficientemente prestigioso como para enorgullecerse de él.
     Salía muy poco por las noches aunque, de vez en cuando, le gustaba pasear a la luz de las farolas mientras meditaba sobre los grandes temas de la Humanidad, que interesaban vivamente a su intelecto. Una de esas noches, caminaba con las manos cogidas a la espalda mientras su mente trataba de elucubrar sobre la posibilidad de abarcar los sentimientos con el entendimiento. Se daba perfecta cuenta de que los sentimientos pertenecían al reino de lo individual y concreto mientras que el entendimiento solo funcionaba al nivel de los conceptos; sin embargo, intuía que tenía que haber una forma de abordar los sentimientos con la ayuda de la inteligencia que no omitiera su carácter individual y, al mismo tiempo, que no decepcionara al corazón.
     A su lado, los vehículos rugían rodando sobre el asfalto y la gente paseaba a sus perros, cargaba con las bolsas del supermercado o caminaba apresuradamente en busca de nadie sabe qué cosa urgente pero él había aprendido a abstraerse de todo este ajetreo y a concentrar su pensamiento en las cuestiones eternas, al modo de un apéndice protector de su timidez que le permitía hacer inofensiva la presencia de sus temidos semejantes.
     Cuando llegó a la avenida que bordeaba el río, se sentó en un banco de piedra que había en la acera y se concentró todavía más en su tarea de búsqueda y razonamiento. Al rato, una chica delgada de pelo y ojos negros con una maleta en la mano se paró frente a él y le preguntó cómo se iba a la calle Cristóbal Colón.
     -Yo vivo allí -dijo Javier-. Te acompaño.
     -Gracias -dijo ella sonriendo-. ¡Qué amable!
     Cuando ya estaban en la calle, Javier se despidió de la chica para dirigirse a casa y prepararse la solitaria cena. Pero, antes de que cerrara la puerta de la calle, la chica se precipitó detrás de él y entró con él en el edificio.
     -¡Es aquí donde voy yo también, qué coincidencia más extraña! -dijo ella entre risas.
     -¿El número quince? -preguntó Izquierdo.
     -Sí -respondió ella.
     -¿Vas en el ascensor? -preguntó Javier.
     -Sí -respondió la chica.
     -A todo esto, ¿cómo te llamas? -dijo Javier.
     -Teresa -respondió la chica.
     -Yo soy Javier -dijo él mientras le besaba las mejillas.
     Cuando traspasaron ambos el umbral del ascensor, preguntó Javier el piso al que se dirigía porque quiso ser él quien se encargara de darle a los botones.
     -El quinto -respondió la chica.
     -Quinto izquierda. ¡Vamos allá! -dijo Javier con alegría.
     -¿Cómo sabes que es el quinto izquierda? -preguntó la chica después de reír.
     -Porque yo soy el quinto derecha y no hay más pisos en la quinta planta.
     -¡Wooo! ¡No me digas! -dijo Teresa.
     -Hace mucho tiempo que no vive nadie en ese piso -dijo Javier-. La verdad, ya echaba de menos la compañía de algún vecino.
     -Encantada de tenerte de vecino, Javier -dijo Teresa.
     Javier se olvidó de su timidez en medio de aquel suceso tan chocante. La inercia de aquel arranque de conversación con la chica le llevó a dar un paso más allá y dijo:
     -Si no has cenado todavía, te invito. Pensaba hacer una tortilla de atún. Es lo que más me gusta cenar aunque es peligroso por el colesterol.
     -No quiero molestarte, Javier, muchas gracias -dijo Teresa.
     -No me molestas, al contrario; así me acompañas -dijo Javier.
     -De acuerdo, Javier. Dejo la maleta, me ducho y me cambio y voy a cenar a tu casa -dijo Teresa.
     -Muy bien, Teresa, te espero -dijo Javier.
     A mitad de la cena, mientras masticaba un trozo de tortilla, Javier miró a Teresa con el mismo gesto que un jugador de pocker pone cuando le salen cuatro cartas iguales y va a destapar la quinta. No se le escapaba que la creencia en fuerzas sobrenaturales era un absurdo que no le podía aportar nada a su vida pero su corazón, castigado por la inseguridad, se vio impulsado de pronto a fantasear con la posibilidad de interrogar al destino para conseguir una respuesta que le permitiera comportarse con toda la determinación que hasta aquel momento le había faltado en su vida social. Todo dependería de la respuesta de Teresa a una pregunta que se había decidido a hacerle.
     -Teresa, me gustaría saber tu opinión sobre un tema en el que estaba ocupando mi mente cuando nos hemos encontrado en la calle -dijo-. Yo sospecho que hay un punto de unión entre el intelecto y los sentimientos pero no sé concretar qué tendría que hacer el intelecto para acercarse a los sentimientos.
     Teresa acabó de masticar el trozo de tortilla de atún con pan de molde que se acababa de echar a la boca y dijo:
     -Tendría que crear una obra de arte. Cuando el intelecto quiere acercarse a los sentimientos, se convierte en expresión artística.
     Javier se quedó estupefacto. La respuesta le resultaba totalmente satisfactoria y coherente con sus reflexiones de horas antes. Milagrosamente, una chica que se encontraba en la calle sin aparente relación con  su vida y que luego había descubierto que era su vecina más cercana, resolvía un enigma que le había llevado meses de reflexión. Eso solo podía querer decir que el destino le estaba brindando un alma gemela a la que amar.
     -¿Cómo estás tan segura de eso? -preguntó Javier.
     -Me dedico al arte, soy pintora -respondió Teresa- y llevo meses pensando en cuál es el verdadero papel del arte. En tu pregunta he descubierto todas las claves que necesitaba para desvelar este enigma.
     Javier se quedó mirando a Teresa con una sonrisa tierna y la cabeza apoyada entre las dos manos y dijo:
     -¿Eres tímida, Teresa?

24 de marzo de 2013

En un café

     Una mañana de sábado a mediados de agosto, conversaba, en un café de Madrid, un reputado pero hosco cirujano con un sacerdote de avanzada edad, de una sombría afición a la ortodoxia. El médico se solazaba en mostrar su pesimismo ante el clérigo:
     -No hay razones para la esperanza -dijo, a propósito de la condición humana, justo antes de llevarse a los labios una copa de brandy. En su mirada triste podía percibirse un brillo de crueldad, esa crueldad que satisfacía en aquel momento con sus palabras duramente pesimistas.
     -Así es -dijo el sacerdote, a quien las mejillas, pálidas y reblandecidas, le colgaban en el rostro-. En este mundo, no hay esperanza, solo en el otro.
     El cirujano, a quien espoleaba la ambición de superar en dureza las observaciones del sacerdote en aquella especie de lance verbal, sórdido y degradado, sarcástico y culto, dijo a continuación:
     -Más valdría matar a los niños más débiles y sensibles cuando nacen; de la taras físicas y morales, jamás se puede recuperar a un ser humano.
     El cura, se echó al gaznate un trago de vino y respondió:
     -Después del bautismo, por supuesto.
     El cirujano no se quiso quedar atrás y replicó:
     -El Estado debería encargarse de suministrar la inyección letal y el padre de inyectarla al hijo, como prueba máxima de consentimiento.
     -¿Y por qué no la madre? -preguntó el cura.
     -Porque las mujeres son débiles y poco inteligentes -respondió el cirujano-. El amor por los niños pequeños las perturba.
     -¿Y en qué me beneficiaría a mí esta práctica? -preguntó el cura con sorprendente egoísmo.
     -Un mundo sin sensibilidad es más apto para instaurar el Reino de Dios; la desvergüenza y el pecado es cosa de los idiotas y delicados -dijo el cirujano y añadió poniendo su mano sobre la del sacerdote:- Volverían las prerrogativas y privilegios dedicados al clero. Los cargos religiosos serían económicamente opulentos. Usted sería tan rico como ahora lo es un empresario desaprensivo y audaz.
     -El dinero no da la felicidad -dijo el cura.
     -Es cierto -dijo el cirujano-. La felicidad no existe, pero tenemos que pensar en nosotros mismos y cuidarnos porque los demás no lo hacen.
     -Los enamorados sí se cuidan entre sí pero porque están atontados -dijo el cura mirando a dos jóvenes que se besaban.
     -El amor es una simple borrachera -dijo el cirujano, que tenía la nariz roja porque llevaba ya su segunda copa de brandy-. El amor es una tontería de adolescentes, lo más razonable es la prostitución asistida por el estado.
     -¡Virgen santa! No diga esas cosas -dijo el cura escandalizado-. Respete mi voto de castidad, que soy de carne y hueso...
     -Refrénese, padre; piense en un mocito -dijo el cirujano.
     -¡Señor mío...! -gritó el cura agriamente.
     -Perdóneme, padre, me dejo llevar por mi vasta cultura y mi formación estética -dijo el cirujano.
     -Nada, nada -dijo el clérigo-, un cristiano ha de ser viril, ha de ser un guerrero de la fe...
     -Dejemos estas elucubraciones tan encumbradas y nobles -dijo el cirujano-; son la causa de que se me haya ido el santo al cielo.
     -Sí, dejémoslas -dijo el cura-; hablemos de cosas caseras.
     -Padre, ayer estuve mirando en el laboratorio y tengo una noticia que darle -dijo el cirujano-: el tumor que le extirparon es maligno. Le quedan seis meses de vida como mucho.
     -¡Dios mío! ¡Se equivoca! Seguro que se equivoca -dijo el cura.
     -Por favor, padre -dijo el cirujano-, la ciencia médica es inapelable, es uno de los orgullos de nuestra civilización -y lanzó una risita indulgente.
     -¿Y qué hago ahora? ¿Dónde me agarro? -dijo el cura.
     -Pues rece, padre -dijo el cirujano-, rece por su alma, hombre de Dios. Así irá al Cielo.
     -¡Pero si no creo en Dios, maldita sea! -dijo el cura.
     -Yo le llevo a una casa de lenocinio -dijo el cirujano-. Ya que se va a morir, que sea después de eyacular unas cuantas veces.
     -¡No hay razones para la esperanza! -gritó el cura.
     -Eso es lo que le he dicho yo -dijo el cirujano, orgulloso de que se corroboraran sus teorías.
     -Es usted detestable -dijo el cura-. Es frío y cruel. Debería haberme dejado con la duda; necesito olvidarme de que voy a morir.
     -Le sugiero que lea revistas médicas -dijo el cirujano-. Entretienen mucho el pensamiento. A mí me funciona.

22 de marzo de 2013

El milagro

A Isabela Dávila

    La soledad y el aislamiento atormentaban el ánimo de Jorge Errante, que, con pesimista desencanto, escribía poemas que imaginaba impenetrables a cualquier otro espíritu. Su escepticismo frente a cualquier creencia religiosa se había extendido, con el tiempo, hacia todo aquello que podía alentar su esperanza. No existían los milagros pero tampoco salvación para el ser humano. El hombre, para Errante, era la más desdichada de las criaturas naturales y su vida era un camino gris jamás iluminado por la verdadera luz de la felicidad.
     El arte, en la imaginación de Errante, era un eterno fracaso pues buscaba la representación de lo individual, nada más paradójico pues las representaciones, por definición, se alejan de la realidad concreta, más, de hecho, cuanto más pretendan abarcar y comprender lo representado. Sentía que entre él y el mundo real había un abismo que solo era imaginable salvar por un milagro y él ya no creía en ellos. Por otra parte, su sed de amor, que le desesperaba y hacía zozobrar muchas veces, estaba condenada a no ser satisfecha jamás pues su timidez era tan profunda e incapacitante que eludía cualquier contacto social fuera de los que eran vitalmente necesarios. En resumen pasaba sus días en una perpetua agonía en la que incubaba un amargo resentimiento hacia sus semejantes y un sombrío desengaño de la vida.
     A su espíritu, noble y bondadoso, le era demasiado insoportable tanto desaliento y buscaba rabiosamente la forma de escapar de él. Sin embargo, solo era capaz de ver una muralla infranqueable más allá de las frustraciones que dominaban su existencia. Solo un milagro podía transportarle al otro lado de la muralla, como solo un milagro explica que la Virgen María siguiera siendo virgen después de dar a luz. Pero los milagros eran algo fuera de la realidad, de esa realidad, por otra parte, tan inaccesible a sus sentidos y a sus palabras. Ni siquiera creía en el mañana. A sus cuarenta años, se sentía acabado.
     Sus poemas estaban llenos de crípticas metáforas, tan oscuras y enigmáticas como la voz de una esfinge y sus versos se leían con la inquietante sensación de proceder de una mente perturbada por la más desconcertante, inefable y opaca de las locuras. Su corazón hambriento de afecto desconocía la necesidad que en el amor existe de anticiparse siempre y ser el primero en dar, sin pensar en el posible beneficio. Su alma estaba cerrada a la entrega a sus semejantes e interpretaba su soledad como el producto de la crueldad e insensibilidad humanas. Su destino parecía ser una sórdida y paulatina decadencia mental y física que le condujeran a una vejez y una muerte prematuras en medio del dolor de existir sin promesa ni ilusión alguna hasta el último día, en que sería ya solo un ser vacío y degradado.
     Pero los milagros sí existen, todo lo real es milagroso y la luz de esos milagros aprovecha las grietas de nuestros prejuicios para irrumpir resplandeciente y anunciarnos un amanecer, sin importar el tiempo en que hayamos permanecido en la oscuridad. Jorge Errante era dueño de una librería y cierto día entró en ella una nueva clienta, una muchacha cuyo aspecto, en el que se destacaba ante todo una dulcísima y bondadosa mirada, trajo, instantáneamente, una serenidad tan completa a su alma que un atisbo de esperanza le hizo brotar el anhelo de hacerse dueño de tanta belleza y beatitud y de, a su vez, convertir lo más íntimo de su ser  en hacienda de aquella mujer tan especial. Nada le decía que volvería a verla jamás pero su corazón le exigió soñar con ella por más imposible que fuera su repentino deseo.
     Pasada una semana, cuando aquellas sensaciones gozosas ya se habían disipado entre las brumas de su vida corriente, volvió a aparecer la muchacha y, esta vez, sintiéndose incapaz ya de renunciar a tan intenso alivio para su atribulado espíritu, venciendo todos sus temores y su pudor malsano, para dejar constancia de la afinidad que sentía hacia ella, cogió su mano antes de que se marchara y la acarició mientras le sonreía y le preguntó su nombre.
     -Isabella -respondió ella.
     Por la noche, cuando, como frecuentemente hacía, se sentó para escribir sus misteriosos versos, un impulso de rebeldía contra su rutina de miedo y falsa racionalidad, le tentó a escribir sencillamente estas palabras:

Te quiero, Isabella.

     Y tras ellas escribió el poema más transparente y claro que jamás había escrito. Sabía que a todo el mundo le sería accesible el significado de aquellos versos, incluso a los niños más pequeños, pero había en aquel poema un aliento de realidad, una inequívoca representación de su individualidad más pura y palpitante. En los días sucesivos, llenó decenas de hojas con sus poemas, poemas que ya no le hablaban solo a él mismo sino a toda la Humanidad y nunca sintió que representaba más diáfanamente su alma como ahora. El alma no habla con palabras pero ahí estaba el milagro, el milagro de unos versos en los que hablaba su alma, con la claridad con que hablan los besos y los abrazos y los sollozos y las lágrimas.
     Isabella volvió a la semana siguiente. Jorge Errante le entregó todos los poemas que acababa de escribir inspirado por ella y le confesó el afecto súbito que le había hecho brotar la misteriosa afinidad que había entre ambos. Ella le prometió su amistad, lo que representó el más esplendoroso destello de felicidad de cuantos recordaba en su vida. Cuando ella salió de la librería, volvió a quedarse solo en el establecimiento pero la soledad ya no lo abrumaba: era otro milagro, había encontrado la única persona en el mundo capaz de abrir su insólito corazón. 

19 de marzo de 2013

Éxito

     Gloria Cánovas estaba en la cima de su carrera. Acababa de conseguir, con tan solo 29 años, su segundo disco de platino. Pero esa mañana de domingo no preparaba ningún concierto, no estaba de reunión con su manager, no estaba firmando autógrafos a los fans: estaba a solas consigo misma y eso, para ella, era lo peor que le podía pasar.
     Las Coca-Colas con ginebra eran su forma favorita de borrar su imagen del espejo. Llevaba ya la tercera y estaba dispuesta a seguir hasta estar lo suficientemente desinhibida como para burlarse de su vecina y decirle por teléfono a su padre que la había hecho infeliz. Ese tipo de cosas le permitían compensar su paradójica sensación de insignificancia pues la dos veces disco de platino no se había desprendido todavía del terrible sentimiento de inferioridad que arrastraba desde la adolescencia. A su manera de verlo, el hecho de que su vecina o su padre no se sintieran derrotados por ella en ocasiones como la de aquella escaramuza que pensaba hacer y que tal esfuerzo de valor requería de su ánimo sería una prueba de su propia inferioridad y fracaso. Pero este tipo de acciones solo le conducían a sentir más humillación y culpabilidad todavía y si, aun así, las llevaba a cabo cada vez que estaba bebida, era en medio de una espiral cada vez más pronunciada de castigo y odio a sí misma que ocultaba su carácter dañino bajo un disfraz lúdico y liberador. Todos sus novios la habían dejado porque, en rigor, su comportamiento era el de una maltratadora psicológica y ese era un motivo más que tenía para beber esa mañana de primavera.
     Se sentía conmovida consigo misma cuando marcó el número de teléfono de sus padres, que vivían a más de cien kilómetros de allí.
     -Dile a mi padre que se ponga -dijo Gloria cuando escuchó la voz de su madre.
     -¡Hija, te estaba intentando localizar! Llamaba a tu teléfono pero me contestaban que tu número ya no estaba activo.
     -Es que un fan me estaba jodiendo mucho y he cambiado el número. Dile a mi padre que quiero hablar con él.
     -Tu padre está en el hospital. Ha tenido un infarto cerebral. ¡Hija, lo más probable es que no se recupere!
     Gloria, sorprendida y conmocionada, solo dijo antes de colgar:
     -Voy para allá...
     Por la tarde, viajando hacia la ciudad de sus padres en el coche de un compañero del grupo, dormitaba, a ratos, en el asiento de atrás. Cuando despertaba, le venía muchas veces a la mente la idea de que debía haber perdonado a su padre y que no haberlo hecho antes de su infarto volvía irreversible y definitiva su propia culpa. Le caían lágrimas a menudo, conmovida consigo misma y pensaba con la vaguedad de las intuiciones que aquella culpabilidad suya, que la educación de su padre había imprimido en su espíritu, acababa de ser consolidada para siempre gracias, una vez más, a la influencia paterna.
     El conductor la oyó una vez sollozar y dijo:
     -Gloria, no te puedo entender. Tu padre era la persona a la que más odiabas en el mundo y, de pronto, lloras porque se va a morir. ¿No estarás ensayando para el entierro?
     -¡Cállate, idiota! -dijo ella-. Lloro porque le debía un perdón. Es mi padre, si no lo perdono a él, nunca me reconciliaré con el resto de la humanidad.
     En el otro asiento delantero iba un amigo del conductor, que sería el que tomaría el relevo ante el volante durante el retorno. Era un acuarelista de edad madura y gran sensibilidad. Aquella era la primera vez que veía a Gloria en persona y, al oír esas palabras, dijo:
     -Eso tiene mucho sentido. Si los perjuicios de los otros que más nos dañan se salen de nuestra comprensión y no somos capaces de encasillarlos y justificarlos en una mínima medida, ya no podremos ver a la especie a la que pertenecemos con la suficiente condescendencia y es importante que se haga, sobre todo porque tanta indulgencia tendremos con nosotros mismos como tengamos con los demás.
     -Yo no es conmigo con quien no tengo indulgencia -dijo Gloria sin saber que no era cierto, solo por una reacción de miedo a la verdad-. Tengo dos discos de platino, no es como para encontrarme insatisfecha de mí misma precisamente.
     -Lo importante no es tener éxito sino permitírselo a sí mismo -dijo el acuarelista-. En un mundo donde ser lo que en realidad somos, aun sin aspirar a más, está vetado y marcado por el sentimiento de culpa, el éxito se usa para sustituir la propia aceptación. Pero, cuando sucede esto, el éxito no aleja nuestros remordimientos e incluso, a veces, los aumenta.
     Gloria calló pero aquellas palabras la impresionaron profundamente y,en silencio, reflexionó sobre ellas durante el resto del viaje.
     Cuando llegó a la ciudad de sus padres, fue directamente al hospital. Su padre estaba en la unidad de cuidados intensivos. Su madre estaba en la sala de espera y, al verla, le dio un abrazo mientras sollozaba con amargura.
     -Mamá, sabes que papá y yo no estábamos de acuerdo en muchas cosas -dijo Gloria una vez que las dos se sentaron- pero no quiero que muera. Hoy me he dado cuenta de que a quien de verdad le guardo rencor es a mí misma, mi padre no significa ya nada para mi vida.
     -Pero, hija, es tu padre, ¿no lo quieres? -dijo su madre.
     -Bueno, mamá, simplemente no lo odio, con eso te debe bastar -dijo Gloria.
     Un par de horas después, un hombre con una bata blanca se presentó en la sala y dijo a la madre de Gloria:
     -Traigo una buenísima noticia para usted. Su marido da síntomas claros de mejoría. Si no temiera darle falsas expectativas, le diría que creemos que se va a recuperar pero comprenderá que yo eso no se lo voy a decir todavía. Pueden pasar a verle, sigue inconsciente pero bien.
     -¡Vamos, hija, ven conmigo! -dijo la madre de Gloria, llena de emocionada alegría.
     -No, mamá, yo te espero aquí, que me da muchísima aprensión verle así -dijo Gloria, quien, en realidad, temía que la claridad actual de sus ideas se quedara en nada otra vez al contemplar el rostro de su padre.
     Cuando su madre volvió de la uvi, eran las diez de la mañana. Le dijo, emocionada, que su padre había abierto los ojos y le había dicho unas palabras. Gloria decidió irse sin verle, recordaba el desapego que mostraba ante todos sus intentos de complicidad con él cuando era una niña y, sobre todo, su desaprobación hacia cuanto ella era. Ahora al fin comprendía que no debía echarle en cara a su padre que no la hubiera querido nunca, que eso formaba parte de los sentimientos de otra persona y no pertenecía al campo de la voluntad de nadie. Solo podía exigirle respeto y eso lo había tenido de él. Aceptando de este modo los sentimientos de su padre, aceptaba su propia indiferencia hacia él y la del resto del mundo hacia ella.
     De vuelta a Madrid, Gloria viajó en el asiento de delante con el acuarelista de piloto. Habló mucho con él y se dio cuenta de que congeniaban de manera asombrosa. El afecto que le comenzó a inspirar aquel hombre le resultaba extraño en su vida por su naturaleza e intensidad. Llegaba a su alma sin proponérselo, inevitable e involuntariamente, de la misma forma como la indiferencia que le inspiraba el resto del mundo se imponía a su corazón más allá de su voluntad. Algo le decía que aquel hallazgo era algo de un inmenso valor y sintió un movimiento de bienestar en su alma, sanador y portador de una felicidad luminosa. La satisfacción que sentía imaginándose la perspectiva de esta nueva amistad en su vida era inmensamente superior a la que le producían los dos discos de platino. De hecho sentía que podría haber prescindido de ellos pero no de aquella amistad que comenzaba a llenar su corazón y a iluminarlo poderosamente. Aceptar a aquella persona como parte de su vida equivalía a aceptarse a sí misma pues la sentía como un reflejo perfecto de ella. Aquel iba a ser el verdadero éxito de su vida.

16 de marzo de 2013

Sueños irrealizables

     El pianista se estaba cansando de aquella chica que se había tomado más vermuts de lo debido y, muy pasadas las horas de cerrar el bar, le pedía canciones románticas para llorar a gusto.
     -Toca otra vez la del unicornio azul -le dijo la chica estremecida de emoción-. Yo quiero un unicornio azul, un bello sueño irrealizable -y por apoyar su cabeza en su mano, puso el codo sobre el piano tan torpemente que se lo clavó en la mano al pianista.
     -¡Uff! Oye, muchacha, ¿por qué no te vas a la cama, que es donde mejor se ven los sueños irrealizables? -dijo el pianista tristemente.
     -¿Pero me vas a decir tú a mí que no tengo derecho a soñar? -dijo la chica sacando pecho y poniéndose  muy erguida aunque tambaleándose.
     -Yo no he dicho nada de eso, muchacha -dijo el pianista poniendo la palma de la mano ante ella para pedirle calma-. Pero es muy tarde ya y mañana tengo que madrugar y tus padres se estarán preocupando y el bar hay que cerrarlo y... estás bebida y donde mejor estás es en la cama.
     En la mirada de la chica, había una lánguida y tristísima expresión cuando dijo con la vacilante y torpe articulación que le imponía la carga de alcohol que llevaba su cerebro:
     -Es tarde para soñar... ¡Qué triste suena eso! -luego dio un golpe con su puñito sobre el piano y gritó:- ¡Pues no, yo quiero soñar y soñaré!
     El puñetazo de la chica hizo caer la tapadera del teclado que golpeó las manos del pianista.
     -¡Ahh! Pero, muchacha, ¿de qué te sirve soñar si estás mal? Llevas llorando toda la noche por ese novio que te ha dejado, dices que has perdido el trabajo, tu madre tiene depresión... ¿Sabes qué deberías hacer? Creer en ti. Tómate en serio la tarea de solucionar tus problemas. Puesta a soñar, ¿por qué no sueñas con arreglar tu vida de forma sensata?
     -¡Yo quiero volar! ¡Volar! ¡Subir a las estrellas! ¡No me importa el mañana...! -exclamó la chica haciendo caer la tapadera del piano al golpear inadvertidamente con su mano la varilla que la sostenía en alto.
     -Creo que no te importa ni siquiera el presente -dijo el pianista-. Si me dices dónde vives, te llevo en mi coche.
     -Vivo en las nubes, como los pájaros azules... -dijo la chica levantando los brazos hacia arriba.
     -¿Y, cuando se te acaba el combustible, dónde sueles aterrizar? -dijo el pianista.
     -¿Eh? -dijo la chica, que no comprendió la irónica alusión.
     -Dime dónde vives -insistió el pianista.
     -En el diez de la calle Ramón y Cajal -dijo la chica-. Pero ojo con las manos, que soy una señorita.
     -Señorita, mis manos han tocado la Hammerklavier de Beethoven, están tan educadas que sabrán resistirse a tus encantos.
     Cuando el padre de la chica la vio llegando a casa agarrada al pianista y con pasos vacilantes, se asustó y preguntó qué le pasaba.
     -No le riña -dijo el pianista-. Ha bebido más de la cuenta porque su novio se la ha dejado.
     -Eva, mañana hablaremos yo y tú -dijo el padre-. Vete a la cama a descansar.
     -Buenas noches, muchacha -dijo el pianista mientras la chica entraba en casa- ha sido un placer conocerte.
     -¿Cómo ha sido traer usted a mi hija? -dijo el padre.
     Y el pianista respondió:
     -Soy un idealista pero de los que quieren tocar.

15 de marzo de 2013

El martirio

     Juan Márquez, maestro de obras, terminado un trabajo, fue a pagar a su peón Lázaro Fernández, el muchacho que ponía las losetas.
     -No me va a contratar ya más, ¿verdad? -dijo Lázaro con tristeza a Juan.
     -¿Por qué dices eso, muchacho? -dijo Juan, sorprendido.
     -Lo hago muy mal; Marcos me lo dijo -respondió Lázaro.
     -¡Que lo haces muy mal! Trabajas tan bien como el mejor de los que tengo, chaval. Marcos te envidia. Es un idiota y una mala persona pero, por no echarlo, porque tiene hijos a los que mantener, lo tengo que aguantar...
     El muchacho era inocente y sin malicia y preguntó a Juan por qué el hecho de que Marcos le tuviera envidia restaba valor a su opinión.
     -No seas simple, hombre -dijo Juan-. Él sabe que pones losetas mejor que él pero, una vez que siente perdida su batalla por superarte, la única satisfacción que le queda es impedir que te enorgullezcas por la ventaja que le sacas. Por lo menos, ha conseguido que te martirices, como si no fuera real lo que le martiriza a él.
     -Pues, si le digo la verdad -dijo Lázaro-, tan martirizado acabé por lo que me dijo Marcos que las últimas losetas que he puesto, para mí, que no están tan bien puestas como las otras. Está claro, Juan, una de dos: o estás en el martirio o en el tajo.

13 de marzo de 2013

Desgraciado

      José abrió su buzón de correo y encontró un email de un conocido con el que había tenido una relación comercial a través de internet. Era un sujeto algo arrogante, en opinión de José, porque, cuando le había preguntado acerca de la calidad de su producto, había contestado que era libre de comprarle a otro y que no tenía tiempo que perder. No obstante, como José era de buen carácter y pensaba que las personas, en esencia, no son malas, había acabado manteniendo, gracias a su forma afable de tratarlo, un contacto prolongado con él a lo largo de varias semanas. El mensaje hablaba de las cosas de su comunidad de vecinos. En su parte central, decía lo siguiente:

     "La gente aquí es insoportable. Apenas te dejan respirar. No toleran que alguien tenga ideas propias y haga de su vida lo que le venga en gana. Se pasan el tiempo inmiscuyéndose en las vidas de los demás. Estos paranoicos, como no me gusta inclinarme ante nadie, han orquestado una campaña contra mí. Yo, porque soy buena gente, que si no, llamaba a la policía y que les metieran un buen paquete. De verdad, de verdad te digo que, si pudiera, me iba de esta ciudad."

     José, a quien el tema le traía sin cuidado, respondió por compromiso lo que sigue:

     "Es asombroso el grado de inhumanidad a que llegan la personas cuando las ciega la ofuscación de sus mentes. Hay muchos casos como el tuyo, ciertamente. En cuanto a mí, te puedo decir que vivo en un bloque donde la gente es maravillosa, extraordinaria, con una simpatía que me conmueve muchas veces. Tan tolerantes son que a mí, que soy de los primeros gays que se casaron amparados por la legalización del matrimonio homosexual, me saludan todos con muy buenas caras y hasta me felicitan el santo si me ven ese día. Hasta tengo una viejecita que me trae arroz con leche los sábados por la noche. Claro que en mi ciudad la gente es muy buena. En tu ciudad, las personas deben ser mucho más cerradas, por lo que veo."

     Al otro día, José recibió un nuevo email:

     "¿En Arganda del Rey? Aquí son todos unos reptiles. Tienen sus mentes permanentemente ocupadas en descubrir la manera de amargarte el día."

     José desconocía que aquel hombre fuera de Arganda del Rey y le escribió al instante este mensaje:

     "¡Hombre, pero si somos paisanos! ¿Y en qué bloque vives? ¿Dónde está metida toda esa gentuza?"

     El otro hombre, no tardó mucho en contestar tampoco y lo que dijo fue esto:

     "En el 7 de la calle Velazquez."

     José contestó:

     "Ah, que eres tú... ¡Desgraciado...!"

12 de marzo de 2013

La diferencia

     Gerardo Nieto, un nuevo rico cuya empresa quebró dejándole en muy mala situación económica, tenía dos grandes deudas que saldar y dudaba a cuál de los acreedores dejaría sin abonarle la suma adeudada pues materialmente le faltaban fondos para cumplir con ambos. Gerardo era un hombre honrado, no dado a actitudes desaprensivas, pero no le quedaba más remedio que quedar mal con uno de los dos. El dilema le hizo cavilar mucho y no se acababa de decidir por uno. Por eso decidió consultar esta grave decisión con su amigo íntimo Fernando Cayuelas. Fue de visita a su casa y, cuando, después de tomar un café en la cocina, se dirigieron los dos al despacho de Fernando a fumar un puro y conversar sobre negocios y economía, Gerardo le confesó su preocupación.
     -Vamos a ver, Gerardo -dijo Fernando-, ¿de qué deudas se trata?
     -Pues una es un busto mío que encargué a un escultor y otra, una multa de tráfico -dijo Gerardo-. Yo creo que debería pagar la multa porque, de esa manera, no me embargarán el coche. Yo soy un hombre honrado y me duele que el artista no cobre su trabajo pero tengo que pensar también en mí. A un artista, como persona generosa que es, le puedo convencer de que me perdone una deuda, en cambio el Estado es inflexible y actúa sin sentimiento alguno.
     Fernando Cayuelas se paró unos segundos a meditar y, al final, dijo:
     -Harás muy mal en pagar esa multa, amigo Gerardo. No sabes tú aún el terreno en que te has metido. La indignación de un artista es la más espantosa perspectiva que se le abre a quien es objeto de ella. Para un artista, no hay tema más relevante en el mundo que su ego. Si se lo hieres, hará caer sobre tu conciencia tal carga de remordimientos y te hará sentirte tan sucio e insignificante, aun sin emplear la acusación directa, que vivirás el resto de tu vida pensando que eres una piltrafa. No hay piedad en un artista mancillado. Subirá a la categoría de delito cósmico e infamia universal la más insignificante muestra de desapego hacia él. Créeme que hay serpientes menos venenosas y letales que un artista humillado. La generosidad del artista termina donde empieza a sentirse minusvalorado. Si lo consigues en uno de ellos, estás perdido. No hay hoyo en la tierra lo bastante profundo para esconderse de su inquina devastadora.
     Gerardo se quedó helado al oír estas palabras que le sumieron en una honda preocupación. No obstante, no quería que le embargaran su coche y fue a rogarle al escultor, con mucho apuro, que le perdonara la deuda. El escultor, que era una persona de bien y de gran sencillez cedió al instante dejando la advertencia de su amigo Fernando por falsa, al menos en aquel caso concreto.

11 de marzo de 2013

Traición

     A veinte metros bajo tierra, Pedro Rodríguez detuvo unos segundos su pico para decir, al hilo de la conversación:
     -¡Sin Dios, la vida no es nada! Mi fe es lo que me tiene en pie. Yo puedo amar a mis semejantes como a mí mismo pero, a Dios, lo pongo por encima de todo. Con Dios, no hay medias tintas que valgan.
     -Sí, siendo religioso como tú, veo explicable que le des tanta relevancia a Dios -dijo Judas José Carmona, que ya llevaba diez minutos sin clavar el pico en la roca por discutir con más desembarazo con los demás-. Pero quienes no tenemos que rendir culto a ningún dios ni religión podemos valorar nuestra propia satisfacción por encima de todo lo demás y vivir simplemente para nosotros mismos porque, si no nos cuidamos y queremos nosotros mismos ante cualquier otra cosa, ¿quién lo va a hacer? Yo, que no tengo Dios ni amo, me sirvo a mí y todos los demás, que vayan detrás...
     -Yo no tengo Dios ni amo, ni me engatusa nadie, ni me dejo engañar por cuentos chinos -dijo Jesús Ramírez- pero, si solo vives la vida para ti mismo, es como si hubieras venido al mundo para nada. Cada vez que vengo aquí, me traigo la foto de mi mujer para que, si ocurriera lo que todos tememos que pueda ocurrir, al menos unos instantes antes de morir pudiera ver la cara al ser que hace que mi vida merezca la pena.
     -Eso son sentimentalismos -dijo Judas José-. Nadie vale tanto como para justificar la vida de uno.
     -Es la vida la que no vale nada por sí misma -dijo Jesús-. Es tan breve como un suspiro y está llena de dolor que solo puede calmar el amor. El que no tenga a quién querer, por muy indolente que sea, vive una existencia miserable envuelta en amargura y desolación.
     -Palabras bonitas... -dijo Judas José.
     -¡Venga Judas! ¡Echa una mano, no estés tan parado! -dijo otro de los mineros.
     Un instante después, una enorme mole cayó sobre diez de los mineros. Seguían cayendo piedras amenazando con un derrumbe del techo cuando Judas Jesús se abalanzó hacia el ascensor y, sin esperar a los demás, se dirigió a la superficie.
     Al poco, el techo cedió y cayó otra gran roca, que aplastó a Jesús mientras que Pedro Rodríguez logró esquivarla. Cuando el ascensor regresó, Pedro se montó en él y subió solo pues no había ningún otro superviviente.
     Pedro Rodríguez no ocultó a nadie cuanto sucedió en la mina. La esposa de Jesús, mucho tiempo después, aún decía cuando hablaba de Judas José:
     -Ojalá tuviera conciencia y se ahorcara.
     Judas José, cuyo corazón era depósito de la más vil cobardía, quiso convencerse durante muchos años de que su comportamiento en aquel incidente había estado dentro de lo más normal. Pero sus noches eran amargas, la soledad absoluta que había acabado granjeándose no le era indiferente. Acabó por percibir la gravedad de su acción, miró un día a los ojos de la esposa de Jesús y tan sombrío fue lo que vio en ellos que se arrojó al río.

10 de marzo de 2013

Juliette

     Alejandro Romero había llegado a la cúspide de su especialidad. Era considerado uno de los científicos más relevantes en el campo de la Física de partículas. Se podía decir que, gracias a él, se estaba a punto de conquistar el secreto de la materia, siempre contando, lógicamente, con los límites a esa conquista que imponía el principio de incertidumbre. No habría nunca manera de calcular la velocidad de las partículas al mismo tiempo que su masa, eso ya era una batalla que se daba por perdida.
     Alejandro pasaba su tiempo sumergido en la elaboración de larguísimas y complejísimas fórmulas, metido en las instalaciones del CERN día y noche, dirigiendo su imaginación a un mundo casi infinitamente pequeño, totalmente ajeno a la realidad de tamaño normal que percibían sus ojos humanos. Casi nada le importaban sus compañeros de trabajo, a los que consideraba no más que como los ayudantes que precisaba en esa indagación en unos dominios cada vez más escondidos y abstractos. Ni siquiera la belleza de la doctora Anne Guggiari conseguía distraerle de la atención que prestaba a los muy competentes informes técnicos de esta ingeniera formada en la más prestigiosa universidad de Europa. 
     Sin embargo, cada vez que salía del laboratorio y llegaba a su apartamento para encontrarse con la soledad y la sensación de vacío, una zozobra interior le poseía y se le hacía un nudo en la garganta. Alguna vez, había llegado a dejar caer unas lágrimas en su butaca mientras escuchaba la Hammerklavier de Beethoven pensando en su estancamiento emotivo y en su alejamiento de la vida, que se imaginaba definitivo y una condición inevitable de la clase de trabajo que tenía.
     Por todo esto y dado su escaso tiempo libre, intentó saciar su sed de compañía humana introduciéndose en una red social de internet. Todas las noches, al llegar a su casa, en lugar de dedicar su tiempo a ver la televisión, conectaba su ordenador una hora u hora y media e intentaba comunicarse con alguien. Cuando la persona que contestaba a su demanda de comunicación le hablaba de política, deportes, literatura o cualquier otro tema intelectual, con mucha amabilidad, se despedía de ella definitivamente. Por esto, estuvo casi a punto de renunciar a aquella vía de escape a su soledad pues se daba cuenta de que todo el mundo consideraba lo más conveniente charlar sobre los temas más corrientes y comunes. Nadie, en principio, quería hablar del sentido de la vida o mostrar su alma desnuda hablando de sus sentimientos.
     Pero, un día, llegó Juliette. Era una muchacha sensible e inteligente y, cuando le mostró una imagen suya, pudo comprobar que también bellísima. Todos los días hablaba con ella. Congeniaban de una manera extraña. Sus personalidades eran semejantes a pesar de los distintos ambientes en los que habían crecido. Y muy pronto, Alejandro albergó el deseo de convertirse en habitante prioritario de aquel corazón tan dulce. Ella le daba un afecto puro, sin insinuaciones, sin intereses, sin condiciones y él vio su alma saturada de amor por aquella hermosa mujer de tal forma que, de la manera más sencilla e inocente posible, día a día le declaraba hasta qué punto la quería y de qué forma tan rotunda y absoluta le gustaba ella. 
     Sin ser capaz de resistirse al cerco de la pasión que le expresaba Alejandro, Juliette, después de unos meses, accedió a la demanda de su amigo de que le abriera su corazón. En ese momento, su vida parecía haber cambiado de signo. En el CERN, se distraía su atención muchas veces pensando en su maravillosa Juliette y, no le daba tanta importancia a que dos partículas chocaran dentro del gigantesco circuito del laboratorio como a la forma en la que la noche anterior había respondido su amada cuando había elogiado, por ejemplo, el color de sus ojos o a la cantidad de amor que expresaba una frase de ella al hablar, a lo mejor, de su corte de pelo.
     Cuando se daba cuenta de lo absorbente que era el sentimiento que experimentaba, capaz de hacerle equivocarse haciendo un cálculo sencillo o perder el hilo de lo que le decía Anne Guggiari, pensaba que el amor era un campo tan complejo y necesitado de intensiva dedicación como la Física de partículas y que había razones para considerarlo materia de gran impenetrabilidad al conocimiento.
     Un día concertaron él y Juliette una cita para verse en persona. El lugar elegido fue la estación de tren en París. Alejandro bajó del tren y, tras otear en distintas direcciones, encontró a su amada confundida entre la multitud, vestida con sencillez y hermosa como un hada. Se acercó a ella y sus ojos se encontraron. Se abrazaron y se besaron muchas veces. El le acariciaba su pelo negro, cogía sus manos, besaba sus mejillas y su frente, volvía a abrazarla... 
     -Juliette, eres la mujer más guapa del mundo -dijo Alejandro cuando caminaban hacia fuera de la estación-. Siento una emoción que no soy capaz de definir. Eres la persona más parecida a mí que conozco y, sin embargo, me asombras tanto y me causas tanta admiración como si vinieras del más lejano de los planetas. 
     Alejandro veía su vida alcanzar al fin la plenitud. Su sensación de formar parte de la realidad, de estar en comunión con el mundo, de estar vivo por primera vez en mucho tiempo, la debía a Juliette. Ella era la realidad, el mundo, la vida, combinada con lo más íntimo de él mismo.
     Juliette era una desconocida, representaba algo extraño y arcano. Su realidad íntima y esencial era un enigma para él. Sin embargo, nada había en ella que requiriera formular un principio de incertidumbre. Sencillamente, era hermosa por completo y eso era lo único que merecía la pena saber.

8 de marzo de 2013

El hablador

     Fuera del escenario, esperaban cuatro personas a que les dieran el turno para demostrar ante un director de escena sus habilidades como actores. Uno de ellos era un sujeto algo perturbado que empleaba el tiempo de espera en mostrar su verborrea, muy desagradable por el alto volumen de su voz, aguda y poco armoniosa, y por la índole desalmada de las ideas que expresaba.
     -Yo no digo que la gente que no es inteligente sea mala gente -decía este personaje- pero deberían estar bajo la tutela de alguien. Y en la política debería ocurrir igual: los políticos, como personas de gran inteligencia que son, no nos deberían permitir que nos condujéramos libremente, deberían guiarnos, someternos como buenos padres, impedir que cometiéramos errores por vivir a nuestro propio arbitrio. Yo me sentiría más seguro si encima de mí hubiera alguien que tomara las decisiones más importantes de mi vida y también si a los que hay por debajo de mí pudiera obligarles a que no hicieran cosas que perjudicaran a la sociedad ni a ellos mismos. La inteligencia determinando el destino de la Humanidad... ¡Así me gustaría a mí que funcionara el mundo!
     Otro de los aspirantes a actor, por no seguir oyendo estas cosas, dijo entonces:
     -Ha venido también público a ver el casting. Al que aplaudan lo tendrá más fácil, creo yo.
     -No es por vanidad -dijo el individuo hablador- pero yo tengo cierta habilidad para despertar ovaciones.
     -¿En serio? -dijo el otro actor-. ¿Y cómo lo consigues? Muy buen actor hay que ser para que te den una ovación.
     -En realidad, solo hace falta tener pasión por el oficio -dijo el hablador-. Y, sobre todo, hacer una escena de llanto. Eso los vuelve locos. Yo he llegado a meterme cebolla en el ojo para llorar de verdad aunque escueza. La chusma, cuando ve derrumbarse a un hombre superior, experimenta un entusiasmo que no puede reprimir.
     -Eso es muy discutible -dijo el otro-. No hay hombres superiores.
     -Yo creo que sí los hay -dijo el de la verbosidad desproporcionada-. De hecho yo me considero inferior a muchas personas. Para mí la mayor prueba de superioridad es la capacidad lógica. Yo disfruto con las partidas largas de ajedrez. No hay placer más etéreo en este mundo que las emociones del ajedrez...
     Otro de los actores se estaba cansando seriamente de las tonterías del hablador e intervino diciendo:
     -Yo no he jugado en mi vida al ajedrez y no veo que tenga nada de emocionante a juzgar por lo parados que están los jugadores.
     -Es una emoción muy semejante a la del actor -dijo el de la lengua kilométrica-. Tus facultades se ponen en marcha con el fin de lograr ponerte en la piel del otro para poder derrotarlo. Eres tú pero como viviendo en otra conciencia.
     -Ya lo he comprendido... pero a la perfección -dijo el desconocedor del ajedrez-: es justamente la emoción de un microbio.

7 de marzo de 2013

Un sentido en el vacío

     El divorcio había traído la desolación a su alma. No se ama en balde ni se abandona la costumbre de un cuerpo, de una mirada, de una boca buscada mil veces con la indolencia con que el pie abate un castillo de arena. Se había quedado solo, buscándose en la muerte porque, una vez derrumbado todo, no le quedaba otro sabor que el del fracaso. El nuevo rumbo de su vida se le representaba como un declive definitivo, el poso final, sombrío y lleno de hiel. No hay una edad, por muy corta que sea, en la que estemos exentos del peligro de tropezarnos con esa sensación de que todo se acaba. Él todavía no era un anciano pero su corazón percibía el corto tiempo que pensaba le quedaba por vivir como envuelto en sombra y derrota.
     Lo que a otros estimula y causa placer y amor por la vida a él le parecía la urdimbre con que el teatro del mundo estafaba al género humano. Ya no quedaban en su existencia más que ilusiones perdidas, sueños que el paso del tiempo había hecho fútiles, como un montón de hojas que arrastra el viento en un desapacible día de otoño.
     Aquel viernes, después de la comida, el agrio rumiar de sus pensamientos le mantenía clavado a la silla junto a la mesa. La persiana, a medio agachar, dejaba en penumbra la estancia; el cendal de las ventanas oscilaba lánguidamente empujado por la brisa veraniega.  Su alma estaba despojada y sedienta. Reprochaba al mundo y a sí mismo la inconsistencia de las cosas que le habían proporcionado la felicidad en su vida. Desde su adolescencia, había buscado la plenitud, llenar de sentido y sustancia su existencia. Pero, de pronto se había rasgado el velo de la realidad y había quedado al descubierto el fraude que era todo aquello que un corazón se obstina en perseguir. Mientras entretenía su mirada fijándola en las cortinas de la ventana, a las que el viento transmitía aquel movimiento lúgubre y perezoso de siesta estival, su imaginación le representó el último día, la partida del mundo sin un alma a la que decir adiós, sintiendo que había pasado por la vida como un ser invisible que desaparece sin dejar más rastro que el aire cuando se retiraba de aquellos cendales.
     De súbito, su mente, en un salto convulsivo, le mostró otra orilla, otra posibilidad, otro destino. Aquella mañana, como tantas otras, se había negado a sí mismo el derecho a soñar cuando vio la sonrisa y la dulce mirada de la hermosa muchacha que le acompañaba en el lugar de trabajo. Veinte años de diferencia en la edad eran demasiados para un hombre cuya actividad laboral tanto tenía que ver con los números y las matemáticas. Pero, en aquel momento, la añoranza de amar, le mostró bajo una luz más favorable la racionalidad de aquel sentimiento que tantas veces había reprimido. ¿Y si a ella no le importara?, pensó. ¿Y si, después de todo, esa chica pudiera abrirle su corazón? ¿Por qué no ver ahí lo que le liberaba de vivir el resto de sus días amarrado a la sombría sensación de haber nacido muerto?
     Y entonces, se abrió la puerta y apareció la muchacha.
     -¿Javier, otra vez comiendo en la oficina? -dijo alegremente al entrar-. Tu divorcio te va a matar. Tienes que encontrar una mujer que te cuide.
     -¿Patricia, qué vas a hacer esta noche? ¿Salir con tu novio? -dijo él.
     -Quizá no. Nos hemos peleado -dijo ella- pero no creo que sea algo definitivo.
     -Ese novio tuyo no me parece que sea precisamente tu alma gemela -dijo él.
     -Bueno, menos da una piedra -dijo ella irónicamente mientras conectaba el ordenador y ponía debajo de la mesa unas cajas que estorbaban el paso.
     -Patricia, si le das una escusa a tu novio esta noche, te invito al cine y vemos los dos la de Russell Crowe...  

2 de marzo de 2013

El padrastro

     Morgan Smith, alto miembro de la Mafia, discutía aquella noche con su madre su decisión de volverse a casar. Su prometido y ella habían disfrutado esa noche de una velada muy agradable y ella estaba eufórica.
     -Mamá, ese señor es posible que trabaje para nuestros rivales -decía Morgan-. Su hermano menor está casado con una Bergson...
     -¡Hijo, hijo, paz y amor, esta es la oportunidad de hacer una alianza indestructible! -respondió su madre.
     -No tiene un cochino dólar, va a ser una carga para nosotros, no nos aporta nada -dijo Morgan.
     -Pero es un cielo de hombre. ¿No quieres tener un papaíto sensible y adorable? -dijo su madre.
     -Mamá, es bizco, una de sus orejas es distinta de la otra, tiene la nariz de gancho, tartamudea, come haciendo ruido como los cerdos, tiene más pelo en el entrecejo que en toda su cabeza, tiene las piernas torcidas y el otro día le sorprendí leyendo el periódico al revés. Es posible que no sepa leer y que estuviera fingiendo.
     -¡Oh, Morgan, qué enumeración más dulce me has hecho de sus tiernos donaires! ¿Verdad que no hay un hombre más lindo que él?
     -Los hay mejores hasta debajo de las piedras y no solo hago referencia a una colocada en el cementerio de la ciudad que has dejado de visitar hace meses -dijo Morgan, dolido-. Has de saber que ese sujeto sufrió un disparo en la guerra y su entrepierna no salió del todo ilesa...
     -Lo sé, lo sé, hijo mío -dijo su madre-, pero nuestro amor es puro como el de los ángeles. No necesitamos sexo para querernos y siempre cabe la posibilidad de... métodos alternativos.
     -Mamá, me vas a obligar a decir algo que he averiguado esta misma tarde: es judío -dijo Morgan-. ¿Quieres entrar en una familia implicada en la muerte de Jesucristo?
     -En ese caso, es familia de Jesucristo por parte de madre -dijo ella-. ¡Qué buenísima recomendación!
     Morgan dio un berrido y se dejó caer en el sillón con más exasperación que cansancio.
     -Mamá -dijo finalmente volviendo a levantarse-, se me olvidaba. He averiguado otra cosa: no es del todo humano. Un médico que le ha hecho una radiografía dice que tiene tres estómagos como los rumiantes. ¿No te da aprensión casarte con un hombre que es medio caballo?
     Su madre sabía que aquello era un embuste de su hijo pero, aún así, le respondió:
     -Ya sabía yo que mi Charlie era distinto a todos los demás...