2 de febrero de 2013

Sábado

     Aquel sábado estaba siendo el más feliz de los vividos en muchos años. Sus amigos habían ido a su casa a celebrar su cumpleaños. Precisamente por eso, cuando terminó el día, la amargura atacó reciamente a su pecho. Juan y Pepe, sus amigos desde el instituto, le hicieron estremecer de risa con sus bromas pero fueron los primeros en marcharse, iban a pasárselo pipa en casa de un tercero con el que iban a cenar. Alicia y David, los compañeros del trabajo, le trajeron un regalo precioso pero, durante toda la tarde, habían estado lanzándose miradas de deseo y se marcharon juntos después de Juan y Pepe, y él supo, sin que se lo dijeran, a dónde iban. Gerardo, el de la librería del bajo, siempre tan amigo de lo ajeno, se fue después llevándose la botella de brandy tras pedirle permiso. Lidia y Fran, a los que había conocido en un club de lectura y que venían con un propósito caritativo y condescendiente, fueron los que más tardaron en irse pero lo desmoralizaron con sus comentarios tediosos sobre Delibes y, cuando se marcharon despidiéndose con un "hasta el viernes en la biblioteca", casi le dieron arcadas pensando en el aburrimiento mortal que le esperaba en aquella fría sala donde se reunía aquel club tan pedante y adusto al que pertenecían los tres.
     De modo que, cuando volvió a quedarse solo, como todos los sábados de su vida desde que se independizó de sus padres, casi sintió deseos de llorar mientras iba a sacar a su perro del trastero, en el que lo había metido para que no molestara a las visitas. El chucho, que se había pasado la tarde aullando y chillando por estar encerrado mientras sus amigos reían y se divertían, salió corriendo a lamerle la cara, olvidado el detalle de deslealtad de su dueño, que sintió derrumbarse su mundo de nuevo porque comprobaba una vez más que el único corazón que había ganado en su vida era el de un perro.
     Encendió el televisor y, arrellanado en el sofá, acabó una bolsa de patatas fritas mientras su perrito dormitaba con la cabeza apoyada en su pierna. Serían las doce y cuarto cuando se puso el pijama y se acostó. Pensando en lo que Alicia estaría haciendo a estas horas con David, le brotaron un par de lágrimas, era otro sueño que se venía abajo.

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