19 de febrero de 2013

Premonición

     Cuando dejó a su novia en el aeropuerto, una incontrolable e inexplicable sensación de pérdida le embargó el alma y, durante todo el trayecto en el coche hasta su casa en la montaña, un sombrío presentimiento de desgracias le llenó de frío el corazón. Esa noche, no cenó apenas y le costó quedarse dormido cuando se acostó, lleno de preocupación por su amada. Luego tuvo una pesadilla, un sueño lleno de realismo en el que un avión Boeing 747 caía en unas marismas caribeñas, a consecuencia de lo cual, perecía todo el pasaje. Vio claramente en un flash de ese extraño y espantoso sueño, aquella hora en un reloj parado: las ocho menos veintidós minutos. Despertó con un sudor frío por todo el cuerpo. Si era cierto lo que su novia le había dicho, no iba al Caribe sino a Finlandia pero algo en su corazón le decía que lo que había visto en el sueño había ocurrido de verdad. Se precipitó hacia el televisor y lo encendió. En efecto allí estaba, la imagen mostraba los restos de un avión accidentado aunque no en una marisma sino en terreno montañoso. En alguna parte, sonaba un teléfono, sin duda una vulgar llamada de un amigo pero él, entregado al llanto, ya no escuchaba nada más que la ansiedad y amargura de su corazón. No entendía cómo podía haberle engañado su querida Eva respecto al auténtico destino al que iba a dirigirse puesto que el accidente había ocurrido en Sudáfrica y, a su abatimiento por la muerte de su novia, se añadió el flagelo irritante de los celos. El teléfono paró y al minuto volvió a sonar. Se fijó en la pantalla del televisor y prestó algo más de atención. Aquel accidente no había ocurrido en realidad, las imágenes pertenecían a una película para televisión. Entonces cogió el teléfono. Era su novia:
     -Borja, ya he llegado -le dijo.
     -¿Eva, me puedes decir qué demonios has ido a hacer a Sudáfrica? -dijo, totalmente fuera de onda, Borja.

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