22 de febrero de 2013

Odette

Foto: José Portela
     Odette siempre había vivido en medio de la opulencia de la clase alta. Su padre había sido un emprendedor empresario francés. Vivió en España desde muy joven y se acabó casando con el propietario de un banco. Tenía la impresión desoladora de que, desde ese instante, había dejado de importarle al resto del mundo. Su marido la trató durante toda su vida como un objeto, muy bello, es verdad pero sin que por ello perdiera la condición de objeto. Sus hijos, como veían que su padre había elegido definitivamente el lugar del hogar en el que colocar a su madre-objeto, acabaron también por dejar de ser conscientes de su presencia y, solo cuando necesitaban algo de ella, acudían a mostrarle sus convencionales muestras de afecto. Sus ocupaciones siempre fueron las propias del puro ocio. La literatura, el arte y los espectáculos la consolaban un tanto de su abandono pero apenas tuvo amigas fuera del círculo de amistades de su marido, lo que aumentó su sentimiento de insignificancia pues estas personas acudían a casa exclusivamente por los negocios de su esposo y jamás tomaban partido por ella.
     A sus setenta y cinco años, recién enviudada, sus hijos quisieron vender su casa y enviarla a una residencia de lujo. No podía ser menos en una persona perteneciente a tan opulenta clase social. El día antes de ser trasladada, cuando ya estaba al corriente del destino final de su vida, paseando por una calle de la ciudad, encontró a una anciana, envuelta en andrajos negros, sentada en el suelo, que con la palma de la mano vuelta hacia arriba, le rogaba que la obsequiara con algo de dinero. 
     Odette le preguntó si no tenía compañía. La mendiga le respondió que no. Entonces, se desembarazó de su collar de perlas y de su reloj de plata y brillantes y se los ofreció con lágrimas en los ojos. Lloraba no por aquella mujer sino por sí misma, porque sentía que iba a irse de este mundo sin haberle importado nada a nadie, sin haber sido esencial para ningún corazón. Era un sentimiento que había destilado amargura para ella muchas veces en su vida pero ahora tenía que soportar la abrumadora evidencia de que realmente no existía para nadie, de que había estado siempre muerta.
     -Véndaselo a un prestamista -dijo Odette-. No deje que le den a cambio menos de quince mil euros. Vale tres veces más que eso.
     -¡Dios te lo pague, alma buena, guapa, más que guapa! -dijo la mendiga con gran énfasis, tratando de cogerle la mano a Odette para besársela.
     Odette sintió cierta repugnancia y no permitió la zalema pero puso su mano sobre el hombro de la mendiga y le dijo:
     -Usted es como yo. Pero yo siempre he estado sola y usted seguro que ha tenido un marido que la ha querido mucho. Me voy a ir del mundo sin que nadie me haya querido de verdad pero sin pasar hambre ni privaciones ni un solo día. Soy tan rica que puedo mantener una casa llena de sirvientes pero la soledad de mi alma es aún mayor que la suya. Créame si le digo que el dolor que siento en estos momentos es tan insoportable que no me importaría quedarme en la calle y dedicarme a pedir limosna como usted ha hecho.
     Odette volvió el rostro hacia adelante y siguió caminando... 
     Hay algo de horror espantoso en el destino de soledad de todas esas mujeres educadas para aceptar con resignada pasividad los abusos de una sociedad para hombres.

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