25 de febrero de 2013

Nuestro hijo

     -¿Qué otra cosa podría hacer con mi hijo? No quiere hablar, ni salir a la calle, ni ver la tele. A veces parece que quiere llorar pero, a medio puchero, carraspea y vuelve a poner su expresión de siempre, tan seria y tan fría. Si, por lo menos, se quedara en su cuarto... pero está siempre en el salón cuando llegan las visitas, que se quedan asustadas viéndole sentado con la cabeza agachada, sin hacer nada, sin decir nada, en silencio total, excepto cuando carraspea de esa manera tan brusca que nos sobresalta a todos. Mejor que estuviera muerto. 
     "Mi marido dice que tal vez se sienta dolido con nosotros porque, cuando era un niño, le llamábamos cabezón y tonto de capirote pero no es posible que se acuerde todavía de esas cosas, es ya mayor y seguro que ya no le da importancia a aquellas cosas que tanto le hacían llorar entonces. ¡Cómo lloraba de niño cuando le decíamos tonto de capirote! Mi marido y yo nos reíamos a carcajada limpia. "¿Será posible este niño lo mal que le sienta que le llamemos tonto?", decía mi marido. Pero ya hace muchos años que dejamos de llamarlo así. 
     "Mi marido decía, cuando dejó de ser un niño, que para que se hiciera un hombre había que tratarlo con mucha seriedad. Y fue entonces cuando pensamos que lo mejor era no dejarle que nos contara sus problemas, ni demostrarle cariño, ni permitirle que nos lo mostrara a nosotros. Mi marido quería que fuera técnico electricista, como su tío, el hermano de mi marido, que gana un dineral, pero a medio estudiar  el oficio, tuvo que dejarlo. Aún me da vergüenza cuando me acuerdo de aquella llamada del director del centro diciéndome que mi hijo había tenido un ataque de nervios en clase y había partido por la mitad un libro, volcado el pupitre y golpeado contra él, por lo menos veinte veces, la mochila gritando al mismo tiempo las mil palabrotas. 
     "Lo hemos llevado a muchos médicos, nos hemos gastado más dinero del que podemos pero no lo sacamos de su atontamiento. Mi marido está con él que hasta lo mataría de la angustia que le da verle hecho un inútil. "Tú querías una hija en lugar de un hijo", me dice, "pues ojalá hubiéramos tenido una hija que, a las chicas, por lo menos les gusta arreglarse y estar decentes y son sociables y dan mucho calor al hogar". Y yo le digo que ya no es hora de pensar en esas cosas, que el problema ya lo tenemos. 
     "Y la vergüenza que me da de verle ahí, delante de todos, con la cabeza agachada... Una madre es una madre pero hay veces que le pegaría un bofetón y le gritaría: "¡A tu cuarto, animal, que no sabes comportarte decentemente!" Pero mire usted, aún nos ha sonreído la fortuna. A mi suegro le tocó hace diez años la lotería y, como ha sabido invertir y administrar bien el dinero, nos acaba de dejar en herencia lo suficiente como para ingresar en esta residencia a mi hijo. 
     "Mi marido no lo quiere ver y yo casi que tampoco,  porque no es hombre para nada. Nosotros somos gente formal y las tonterías no nos caen bien. Ustedes no le vayan a hacer daño, mala persona no es, el único problema que tenemos con él es la aprensión y la rabia que nos da porque siempre está haciendo tonterías. Mi marido y yo somos personas discretas y modestas y la forma de comportarse de mi hijo nos escama una barbaridad.
     "Ahora por fin podremos tener amigos, como las personas normales. Esto ha sido un alivio. También él estará aquí mejor, con todos los amigos que va a tener, tan parecidos a él."

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