27 de febrero de 2013

Los poemas de Raúl

     Bernardo estaba convencido de que tenía un hermano idiota. Bernardo tenía treinta años y su hermano Raúl, treinta y dos. Bernardo había superado cada una de las etapas que conducen de la niñez y la adolescencia a la madurez. Primero fue el primer beso a una chica. Un trámite que tan ansioso estaba de cumplir que por poco no le provocó la expulsión del colegio. Luego, la primera borrachera, la primera experiencia sexual, la primera novia, el primer trabajo, el primer coche, la licenciatura en la universidad, la boda con su actual esposa, su primer hijo y ahora, al fin, tenía un trabajo estable y de prestigio que le procuraba un alto nivel de vida, que él llamaba felicidad.
     Raúl, en cambio, aunque pueda parecer poco creíble en una persona normal, tuvo el primer beso ya en la época de la universidad, cuando una chica totalmente ebria besó su boca tan inesperadamente que se quedó inmóvil y alelado, como intentando averiguar qué le había ocurrido. Por lo demás, la mayoría de las cosas que, a su edad de treinta y dos años, había hecho no se distanciaban mucho de las que haría un niño sobreprotegido por los adultos en un país occidental. Pese a que había conseguido la licenciatura en la universidad, no había sido capaz de superar las oposiciones para conseguir un puesto de trabajo y había tenido que emplearlo su padre como contable mediocremente eficaz en su negocio. Nunca había tenido novia aunque se había enamorado de varias chicas a las que no se atrevía a abordar. Ni siquiera salía ya con amigos pues prefería hacer en sus ratos libres una vida de aislamiento y soledad leyendo y escribiendo poemas. Su hermano le había repetido tanto y de tantas maneras la idea de que era un inútil incapaz de valerse por sí mismo que, en su fuero interno, se torturaba incansablemente con ella pues los espíritus bondadosos, en materia de evaluación propia, tienden a dar más crédito a los juicios ajenos, aún los más hostiles, que a los propios.
     Con todo, soñaba que sus poemas le consagrarían como un gran poeta. "¡Poemas, poemas...!", le decía su hermano, "a una tía hay que agarrarla de las tetas y darle un morreo. Es de esa forma como no se te escapa ya, ¿A qué viene tanto poema? No tienes carácter, hermano". Pero él tenía la secreta intuición de que, tras la poesía, se escondía un tesoro de incalculable valor que daría significado a su vida, que, por lo demás, era un absoluto fracaso, según tenía ya asumido. El único oxígeno que entraba en su vida eran sus poemas. Si no fuera por ellos, la esperanza dejaría de iluminar su horizonte.
     Pero, un día, su hermano Bernardo anduvo por casa de sus padres acompañado de un hombre de edad avanzada y gran cultura y decidió mostrarle parte de los poemas de su hermano pese a que él no estaba presente. Cuando el anciano leyó algunos de esos poemas, los juzgó de escasa calidad y se lo comunicó a Bernardo.
     -Felicite a su hermano por la claridad de su expresión -le dijo- pero no los creo poemas de auténtica relevancia literaria... Se le entiende todo.
     Bernardo, al que, de pronto, le invadieron los más hondos escrúpulos literarios, pese a que no había leído un solo libro desde que salió de la universidad, quiso que su hermano escribiera poemas como había que escribirlos, al parecer, sin que se entendiera todo. Y, muy ufano, le dijo, cuando se encontró con él, que un señor muy culto y entendido le había comunicado que sus poemas no valían porque se entendía todo y que le hiciera caso y los escribiera de forma que no tuvieran pies ni cabeza.
     Raúl, demostrando ese carácter que su hermano le negaba, lejos de creer malos sus poemas, pese a la opinión del anciano culto, le contestó:
     -Escribo para una persona cuya inteligencia no me permitiría un solo gesto de falta de honradez.
     Y, al día siguiente, los metió todos en una carpeta y, apartando el miedo de su conciencia, se dirigió a casa de una muchacha de extremada belleza y bondad a la que, pese a ser la materia de todos sus poemas, no se había atrevido a expresarle su amor hasta aquel día. Cuando le abrió la puerta la madre de la joven, preguntó, con el corazón palpitando de horror, si podía verla. La madre llamó a su hija y esta apareció al poco y se asomó a la puerta.
     -Anita, soy el hijo del proveedor de muebles de tu padre, me conocerás de haberme visto en su almacén muchas veces. Estos poemas, desde el primero hasta el último, han sido escritos para ti. No te pido nada a cambio, me doy por pagado con que los leas.
     A continuación, después de sonreírle, le dio la espalda y se marchó.
     El martes siguiente, el padre de Anita y ella fueron al almacén del padre de Raúl. Él, al verla llegar, se levantó de su despacho, se paró detrás de su padre, que los salió a recibir, y la miró con alegría en los ojos, convencido de que ella le iba a abrir su corazón ante aquel despliegue de sensibilidad y delicadeza que había empleado al escribir los doscientos poemas de amor que le había entregado. Pero pronto las sombras de una terrible decepción se abatieron sobre su ánimo. La joven respondió a su mirada con una expresión claramente malhumorada, a su entender. Sin querer ver más, agachó su cabeza el resto del tiempo aunque permaneció de pie detrás de su padre. Anita, desentendiéndose de todos, comenzó a observar los muebles del almacén. En estos menesteres, acabó por ir a la zona que estaba a espaldas de Raúl pero este no intentó volverse para mirarla, totalmente avergonzado además de indignado. Estaba muy abstraído en sus sombríos pensamientos cuando notó en su mano, que colgaba a un lado, la presión de otra mano y, en su cara, un aliento perfumado. Se volvió hacia ese lado y vio el bellísimo rostro de Anita sonriéndole:
     -¡Qué bonitos son tus poemas! -le dijo entonces.

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