4 de febrero de 2013

La vieja

     Una vieja, exhibiendo una expresión muy adusta, de enojo y arrogancia, caminaba ayudada de su bastón por el sendero de un parque. En todo momento, llevaba en su alma la añoranza de su perdida belleza, que había sido instrumento de tiranía sobre los hombres que llegaron a amarla. Toda su vida, se había entregado al egoísmo, a satisfacer su instinto de posesión, lo mismo de objetos que de voluntades, a las que necesitaba hacer sufrir para calmar su propio malestar por el vacío inmenso que había en su corazón. En su juventud, su bello cuerpo, vacío de un alma cálida capaz de sentir el amor, fue codiciado por muchos hombres y ella, a falta de corazón, había llenado su vida de sentido práctico y una lógica muy rudimentaria y convencional acerca de los asuntos humanos. Cuando hablaba con la gente, era de esas personas que pasan de un tópico a otro. Solía decir cosas como: "de los hombres me atrae la mirada", "no puedo soportar el sufrimiento de los demás", "el amor nos vuelve ciegos", "en el mundo siempre habrá injusticias", "estamos muy adelantados tecnológicamente pero moralmente estamos todavía en la edad de piedra"... En realidad, sus labios estaban muy lejos de su corazón y el canal que los unía estaba cortado por una muralla de indolencia. Si de verdad hubiera hablado su corazón, sus palabras ante los demás habrían sido una tempestad de iniquidad. 
     Su caminar era muy trabajoso, las rodillas apenas le permitían alzar los pies sobre el suelo y se sentó en el banco más próximo que encontró. En uno de sus extremos, estaban sentados una muchacha y un muchacho. Se miraban tiernamente, casi en silencio, solo interrumpido para decirse cosas cariñosas.
     -Eres más bonita que una rosa -dijo el joven.
     -¡Qué galante eres! -respondió la muchacha.
     El joven sonreía y miraba otra vez en silencio a su compañera cuando la vieja volvió su rostro a mirarlos, llena de fastidio ante aquella demostración intensa de afecto.
     -La primavera no es ni la mitad de bonita que tú -dijo un instante después el joven.
     Al oír aquello, la vieja carraspeó y dijo con un tono agrio: 
     -¡Qué pueril y qué cursi eres, mocito! Yo creo que tienes aburrida a tu novia y, si no lo está, será porque es tonta. ¡Vaya palabras más bobas! La primavera no es ni la mitad de bonita que tú... ¿Quién te crees tú, un poeta? 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Gracias por su comentario