13 de febrero de 2013

Isi y Rafita

     Rafita jugueteaba tristemente con el agua de un charco en el patio del colegio mientras contemplaba con no poca melancolía los alegres juegos de los otros niños. No es que fuera un niño insociable o rencoroso. Él deseaba vivamente ser uno más entre todos. Incluso era consciente de sus defectos hasta el punto de que le hacían sentirse mal. No, no estaba solo por sus propios merecimientos. Ese es el argumento que emplean los que justifican el hambre y las injusticias en el mundo argumentando que cada uno es responsable único de su suerte. Bastan unos pocos años de experiencia en el mundo real, menos incluso de los que tenía Rafita,  para convencerse de que no es esa la realidad a no ser que se esté bajo el influjo de los prejuicios y los intereses sesgados. Hay un no sé qué de inevitable en la suerte de los seres humanos y aquella mañana nublada y, a rachas, lluviosa, Rafita lamentaba la suya con gran amargura.
     El motivo por el que él estaba solo aquella y tantas otras mañanas en el patio del colegio era que se aburría si jugaba a la comba o al fútbol o a la peonza o a los cromos o a cualquier otro juego que captaba el interés de los otros niños. No es que no hubiera jugado nunca y disfrutado con esos juegos pero, al día siguiente, ya le aburrían. Él prefería usar su propia imaginación; las reglas que obliga a seguir todo juego le agobiaban y le parecía que le restaban gran parte de la libertad que él necesitaba para disfrutar de la plenitud de sus facultades y habilidades.
     Sabía que no había nadie como él en aquel lugar ni en ninguna otra parte, que a la gente le encantaban los pasatiempos llenos de dificultosas reglas, las pruebas de destreza extraordinaria, los juegos en los que cualquier distracción condenaba al fracaso. Él solo disfrutaba de verdad si conseguía levantar los pies del duro suelo y saltar hasta algún mundo de ensueño que cautivara su corazón, alejado de la realidad circundante. Pero aquella mañana se sentía realmente solo y chapoteaba con sus botas de agua en un charquito que había dejado un chaparrón caído durante las clases de Matemáticas e Historia.
     No habría podido salir de aquel humor brumoso por su propio pie hasta que se encontrara en casa viendo el serial sobre extraterrestres de la cadena infantil de no ser porque una niña muy bella de pelo moreno, ojos negros con borde de miel y piel muy blanca se le acercó y le dijo:
     -No juegues con el charco. Si te mojas los pantalones, te resfriarás.
     Rafita la miró y le dijo:
     -No, lo hago con cuidado.
     La niña entró en el charco y comenzó también a chapotear y luego dijo:
     -Esto no divierte mucho pero es mejor que jugar a lo que juegan todos.
     -Sí -dijo Rafita tristemente-. Es cierto.
     -Vamos a pasear -dijo la niña. 
     Una vez que comenzaron a caminar, la niña le preguntó:
     -¿Cómo te llamas?
     -Rafael pero me dicen Rafita. ¿Y tú?
     -Isabela -dijo ella-. Pero me llaman Isi.
     -Pareces francesa en la forma de hablar -dijo Rafita.
     -Es que soy medio suiza -dijo Isi.
     Rafita echo a volar su imaginación y sintió que estaba hablando con Heidi, la de los dibujos animados que tanto le gustaban, con aquellas montañas nevadas donde estaba la cabaña del abuelo, siempre con la chimenea encendida, en la que se fundía el queso del desayuno.
     -¿Cuantos años tienes? -preguntó Rafita.
     -Seis -respondió Isi.
     -¡Qué lastima, Isi! -dijo Rafita-. Yo tengo nueve, no podemos ser novios.
     -¿Por qué no? -dijo Isi-. A mí no me importa que seas tan mayor. 
     A Rafita le brillaron los ojos al oír aquello.
     -¿Y quieres ser mi novia? -dijo.
     Isi, elevó la cabeza afectando dignidad y entornó los ojos y, negando con la cabeza, chasqueó la lengua. Luego dijo:
     -Solo seré tu amiga.
     -Isi, ¿y estarás conmigo cada vez que salgamos al recreo? -dijo el niño.
     -Sí -dijo la niña-. Cuenta con eso.
     -Isi, ¿te puedo coger de la mano? -dijo Rafita.
     -Sí, pero solo una vez -respondió Isi.
     Cuando Rafita sintió en sus manos la delicada manecita de Isi, miró a los ojos a la niña y sintió tal felicidad y arrobamiento que, al sonar la sirena anunciando el final del recreo, asustado, dio una sacudida que se transmitió al cuerpecito de Isi, quien estuvo a punto de perder el equilibrio. 
     -Hasta mañana, Rafita -dijo Isi.
     -Hasta mañana, Isi -dijo Rafita.
     Rafita siempre acababa el recreo triste pues le fastidiaba volver a las clases pero, aquella mañana, pensando que, al día siguiente y al otro y al otro, le acompañaría Isabela, que nunca más volvería a estar solo, ni tendría que jugar a la comba, el fútbol, los cromos o la peonza, sino que pasaría el recreo expresándole su amor a aquella niñita tan hermosa, su corazón se llenó de felicidad. Y, mientras un rayo de sol que asomaba al fin entre las nubes iluminaba el patio, él lo abandonaba con alegría desbordante pensando en lo bien que se lo iba a pasar en clase y lo fácil que eran todas las asignaturas.

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