6 de febrero de 2013

El último habitante de la Tierra

     Aquel domingo de principios de la primavera, después de comer en casa con la sola compañía de las noticias de televisión, hubiera preferido que el mundo hubiera desaparecido para mí mientras yo me evadía a un espacio donde mis sentidos y mi pensamiento entraran en un letargo eterno. Experimenté inconmensurable amargura al contemplar, a través de la pantalla, aquel panorama de pobreza, espiritual más aún que física, en el que estaba sumergido el país y sentí una intensísima náusea ante la sobreabundancia desmesurada del dinero que manejaba el poder, que consumía en un derroche inútil o con el que privilegiaba a unos pocos, cuando no permitía que cayera en manos privadas que sentían menos aprensión contra el exceso que contra las heces sienten los puercos cuando en ellas se revuelcan. 
     Honda tristeza me causó ver la preeminencia de que gozaba el dinero en nuestros días, por encima de la honestidad y del amor o el respeto a nuestros semejantes e incluso, más aún que el dinero, la arrogancia y la exhibición de cinismo. Nada de lo que escuché, en realidad, me produjo esa desolación profunda, pues ya lo conocía de días, meses e incluso años anteriores. Fue más bien algo que, dentro de mí, se rebeló contra el vacío, buscó un apoyo para desprenderse del tedio que habitaba mi alma y, al no hallarlo en nada de lo que veía, sintió que se encontraba ante un abismo completamente imposible de sortear.
     Salí a la calle. Recuerdo el calor que me producían los rayos del sol pero lo que quedó más grabado en mis recuerdos fue el frío que, por contra, sentía en el alma. No había nada a lo que volviera la mirada que no me despertara tedio o malestar, las terrazas de los bares, los ruidosos automóviles, los altos edificios, orgullosos y sombríos... La acera, con su tráfico incesante de seres sin nombre, me castigaba como con puñales a cada nuevo rostro que aparecía ante mí. Había dejado de creer en la gente. Estaba definitivamente solo. Tenía la seguridad casi absoluta de que no quedaba nadie en el mundo que pudiera despertarme interés.
     La belleza de alguna mujer que encontraba por el camino apenas me decía nada. Solo ahondaba mi soledad al sentir que, detrás de aquella máscara angelical, se escondía, sin duda, el egoísmo y el interés más vulgares y que jamás sería yo, para esa persona, otra cosa que un instrumento impersonal para conseguir sus triviales ambiciones. 
     El peso de una inmensa abulia hacía imposible encontrar placer alguno en mi existencia. Nada de lo que pudiera hacer aquella tarde con mi tiempo libre cambiaría en algo este estado de ánimo. Las únicas cosas que estaban al alcance de mis posibilidades despertaban mi más hondo desinterés y, lo que es peor, ninguna de las que pudieran estarlo siquiera alguna vez inspiraba mi ambición en el más mínimo grado.
     Volví a casa, víctima de la melancolía y el dolor. Y, una vez allí, solo encontré un medio de calmar en mi corazón la llaga de la soledad y el desánimo y fue escribir un poema, que brotó de mí con el desgarro de un clamor de angustia lanzado por el último habitante de la Tierra:


Honda sed tengo en el pecho
y un río de horror me anega
porque la vil soledad
mi corazón envenena.
Soy un hombre y no he nacido
para este puñal que hiela,
para este peso que aplasta,
para esta sombra siniestra.
No quiero quedarme solo
con una máscara a cuestas
entre fantasmas sin alma
en esta noche tan negra,
ni ver crecer la amargura
que en mi espíritu se alberga
de estar fuera de los otros,
que su corazón me cierran.
Honda sed tengo en el pecho
y una vastísima pena
porque de mis semejantes
negros abismos me alejan.

     Pero pronto volví a sentirme atrapado en la sensación de futilidad y vacío y veía la vida como un árido caminar sin sentido. Me acosté pronto, no quería seguir expuesto al influjo de tan oscuros pensamientos y, cuando desperté al día siguiente, algo como un alambre de espino sentía que me atenazaba el alma. En las horas de trabajo de la mañana, el hecho de que las tareas que me ocupaban distrajeran mi atención de las tribulaciones de mi espíritu, alivió un tanto mi malestar pero a la hora de comer volví a encontrarme abatido y temeroso y, por no darme oportunidad de encontrarme de nuevo cara a cara con los abismos del día anterior en la soledad de mi hogar, decidí tomar el almuerzo en una taberna.
     Comprobé que la gente que ocupaba las mesas y la barra hablaba de temas corrientes a juzgar por lo elevado de las voces. Resulta descorazonador para un hombre sumido en la melancolía comprobar que el resto del mundo se preocupa por cosas tan razonables y prácticas como el precio de la gasolina o los resultados de la liga de fútbol porque él ha dejado de creer en el sentido de todo eso y su más profundo anhelo es confesar su soledad.
     Vi en una mesa a una muchacha sola, bellísima y cuyo rostro transmitía una bondad que me conmovió. Al verla, sentí el deseo irreprimible de acercarme a ella y pedirle permiso para sentarme en su mesa poniéndola en antecedentes de mi especial situación anímica para persuadirla a que accediera a mi solicitud.
     -Por supuesto, puedes sentarte -me dijo.
     No oculté mi estado de debilidad; de hecho, todo lo que quería hacer era hablarle a aquella chica de la insatisfacción que me provocaba la soledad y el hastío de mi vida, que, desde el día anterior, se me habían vuelto insoportables hasta el punto de que me sentía el último habitante de la Tierra.
     Mi temor era que aquella chica tan hermosa, contrariamente a lo que su rostro me había parecido decír, al responder a mis lamentos, descubriera un corazón arrogante y vanidoso, egoísta y trivial. Pero, para mi alivio, lo que hizo fue poner su mano sobre la mía y decirme:
     -No se preocupe. Seré su amiga. Su alma es muy profunda; me gustará tener un amigo como usted.
     Lo que me unió a aquella chica de entonces en adelante contenía un género de belleza tan excepcional e intenso que dio a mi vida toda aquella plenitud que yo echaba en falta y anhelaba.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Gracias por su comentario